La eutanasia, plano inclinado: el caso una la madre tras perder a su hijo en accidente

 

La eutanasia, plano inclinado: el caso de una madre tras perder a su hijo en accidente

Wendy Duffy ha puesto de nuevo de manifiesto que, si se asume socialmente el derecho a matarse, no hay límite posible. 


Wendy Duffy, una mujer británica de 56 años, falleció recientemente en Suiza por suicidio asistido. Una decisión que tomó tras perder a su hijo en un accidente y que suscita consternación.

Pero si se acepta el criterio erróneo de que es lícito quitarse la vida, el resto es una consecuencia y lo empuja a más y más. Tommaso Scandroglio cuenta el caso, la valoración que merece y cómo luchar contra él en La Nuova Bussola Quotidiana:

El plano inclinado de la eutanasia

Cada uno debe decidir cuándo su vida ya no merece la pena ser vivida. Es el manido eslogan que en el mundo occidental se repite desde hace años, si no décadas, para difundir el veneno de la eutanasia. La historia de Wendy Duffy, una mujer inglesa de 56 años, encarna a la perfección este eslogan. Hace cuatro años, la señora Duffy perdió a su hijo de veintitrés años por un accidente trivial: murió asfixiado por un tomate cherry que estaba comiendo.

Nunca se recuperó de ese duelo. "Ya no siento ninguna alegría, no tengo ningún deseo de seguir viviendo", declaró al Daily Mail: "No cambiaré de opinión. Alégrense por mí. Sé que moriré con una sonrisa en los labios". Infeliz de vivir, pero feliz de morir. Y así, dado que en el Reino Unido la ley sobre el suicidio asistido está estancada en la Cámara de los Lores, la señora Duffy decidió volar a Suiza, donde el 24 de abril encontró la muerte. 

Cerró los ojos para siempre en la clínica Pegasos, tras algunas evaluaciones psiquiátricas -porque ya no es cierto que todo suicidio sea un acto de locura- y, sobre todo, tras haber desembolsado diez mil libras

"La clínica es muy bonita, desde la habitación hay unas vistas espléndidas al jardín", comentó la señora Duffy. Pidió que la puerta de su habitación permaneciera abierta para evitar que su espíritu quedara atrapado entre esas cuatro paredes.

Antes de viajar a Suiza, esperó a que murieran sus dos perros y, cuando supo el día y la hora en que fallecería, puso en marcha una cuenta atrás en su teléfono. Ya había intentado quitarse la vida, pero corrió el riesgo de quedar inválida, por lo que se decantó por este método más científico, más organizado y menos improvisado: "Me parece una forma más tranquila y ordenada de proceder". Además, la señora Duffy demostró tener un gran tacto: "Podría tirarme desde un paso elevado o desde un edificio, pero eso dejaría a quienquiera que me encontrara lidiando con esa escena para el resto de su vida".

Sorprende, aunque solo sea una sorpresa relativa, que en los medios de comunicación se siga repitiendo que este caso ha reabierto el debate sobre la eutanasia y el suicidio asistido en el Reino Unido. Sorprende porque, en realidad, la plebe inglesa, al igual que la europea, hace tiempo que ha aceptado la idea de que uno tiene derecho a quitarse la vida cuando y como quiera. El debate, en realidad, ya concluyó hace tiempo. El debate existe, pero no tendría razón de ser, solo sobre los motivos para acceder al suicidio asistido y a la eutanasia. 

En resumen, la consternación de la gente se refiere únicamente al motivo que llevó a la señora Duffy a quitarse la vida: quiso morir no porque estuviera enferma físicamente, sino porque estaba enferma del alma. Pero, dadas las premisas, esta reacción emocional es injustificada. Partiendo de la base de que, socialmente, la mayoría de la gente piensa que es justo quitarse la vida o dejar que te la quiten cuando la propia vida pierde sentido, no se entiende la razón para excluir algunos motivos para morir frente a otros. Si le corresponde a la persona decidir el motivo para dejar de ser una carga, cualquier motivo es legítimo. Así lo expresó de manera elocuente la propia señora Duffy: "Es mi vida, es mi elección".

Y así, mi vida -desde esta perspectiva distorsionada- podría dejar de tener sentido si padezco una enfermedad terminal, si tengo ELA, si estoy en coma. Y del mismo modo, podría perder valor si mi novia me ha dejado, si saco una mala nota en el colegio, si mi empresa quiebra, si tengo un hijo drogadicto y si, como en el caso inglés, no consigo superar una pérdida. El motivo fundamental para decir "sí" a la eutanasia es el sufrimiento. La naturaleza de este sufrimiento es irrelevante: puede ser, por tanto, físico o psicológico, sensible o moral. Excluir algunos dolores de la lista de aquellos que justifican el gesto extremo sería discriminatorio, irracional y contradictorio. En resumen: o bien cada elección es incuestionable, o bien todas las elecciones pueden ser criticables. No se puede estar a medio camino.

Esta conclusión cobra sentido, además, si pensamos que, al fin y al cabo, incluso los dolores físicos, las discapacidades, las enfermedades graves y aquellas que tienen un desenlace fatal se traducen siempre en un sufrimiento psicológico, en un sufrimiento moral. Cuando un enfermo terminal decide poner fin a su vida, lo hace porque es infeliz. Esto significa que el criterio definitivo es el estado de ánimo de la persona, su condición interior. Y, por lo tanto, entre un paciente con ELA que quiere morir y una madre que ha perdido a un hijo y quiere morir no hay diferencia, porque el paradigma de referencia, el criterio de elección a favor de la eutanasia, es el mismo: el sufrimiento interior. Solo que en un caso se debe a la condición patológica y en el otro a la condición de duelo. Pero, en la perspectiva individualista en la que vivimos, nadie puede juzgar la calidad de los sufrimientos, afirmando que, objetivamente, el sufrimiento moral derivado de la ELA tiene mayor peso y, por tanto, mayor dignidad que el sufrimiento moral derivado de la pérdida de un hijo. 

La incidencia del sufrimiento depende de muchísimos factores. Un niño de seis años, al levantar diez kilos, realiza el mismo esfuerzo que un adulto al levantar cincuenta. Y así, el sufrimiento psicológico causado por un tumor incurable puede ser subjetivamente igual al que se padece por la muerte de un hijo, o incluso menor. Pero, aunque resulte trivial añadirlo, sea cual sea el sufrimiento padecido, nunca es lícito suicidarse o pedir que se le mate. El dolor padecido no legitima el mal moral.

Por lo tanto, incluso las polémicas en torno al proyecto de ley que está examinando el Parlamento británico -que excluiría casos similares al de la señora Duffy por no tratarse de una paciente terminal- parecen inútiles, ya que carecen de fundamento. De hecho, una vez aprobada una norma de este tipo, dentro de unos años incluso las personas fisiológicamente sanas pero infelices podrán morir de la mano del Estado

Es la historia de Bélgica y de los Países Bajos, que inicialmente no permitían el acceso a la eutanasia a los enfermos psiquiátricos y ahora sí lo permiten. 

Es la historia de España, donde recientemente la joven Noelia murió por eutanasia estatal porque estaba deprimida, pero en otro tiempo no se habría permitido. 

Es la historia de Canadá, donde se está debatiendo si ampliar el grupo de candidatos a la muerte para incluir también a quienes sufren el mal de vivir. 

Es, en definitiva, la historia del plano inclinado, que no deja de ser una regla universal sin excepciones. O mejor dicho, no. Gracias a la fe, ese plano inclinado puede volver a alcanzar el equilibrio perfecto. Esta es la única salida: señalar la muerte en la cruz de Cristo sufriente para impedir la muerte por eutanasia de quien está crucificado por sus propios sufrimientos.



Prisionero en un horno: la fuga de un joven cristiano, un símbolo de resistencia

 

Prisionero en un horno: la fuga de un joven cristiano, un símbolo de resistencia

Fuente: Religión en Libertad

«Perdono a quienes me hicieron daño», asegura el joven Adil Masih, de Pakistán. 



Durante ocho meses, la familia Masih vivió una angustia insoportable. No sabían si Adil, un joven cristiano de 22 años, seguía con vida, si había logrado escapar o si permanecía retenido en algún lugar sin que nadie pudiera ayudarle. Asianews cuenta su testimonio.

Su desaparición coincidió con el trabajo que había aceptado en un horno de ladrillos de Raiwind, en la región de Lahore (Pakistán), donde buscaba un salario con el que mantener a su esposa y a sus dos hijos —el menor nacido mientras él seguía cautivo—. Lo que encontró allí fue un sistema de explotación que organizaciones locales describen como una forma de esclavitud moderna.

Sin luz ni ventilación

Adil había pasado seis meses cargando ladrillos para el propietario del horno, Khalid Gujjar. Nunca recibió el sueldo prometido. Cuando reclamó el dinero para poder alimentar a su familia, fue citado por el dueño con la excusa de resolver el pago. En lugar de ello, lo encerraron. "Me llevaron a una habitación sin luz, sin ventilación, sin nada", relató tras su liberación. "Allí me tuvieron cuatro meses".

El joven asegura que apenas recibía una comida al día: un trozo de pan, chile triturado y agua. En ocasiones, ni siquiera eso. Cuando pedía beber, le arrojaban el agua al suelo. Por las noches, él y otros trabajadores retenidos eran encadenados de manos y pies. Las marcas aún son visibles en su cuerpo. Durante el día, los obligaban a trabajar bajo vigilancia para evitar cualquier intento de fuga. Nadie podía hablar con nadie. Nadie podía pedir ayuda.

Su situación era aún más delicada debido a su salud: Adil solo tiene un riñón funcional. Sin atención médica, sin descanso y con una alimentación mínima, cada jornada suponía un riesgo real para su vida. A ello se sumaba la humillación constante. Según su testimonio, cuando intentaba rezar o hacer la señal de la cruz, era golpeado. Su fe cristiana se convirtió en motivo de burla y agresión.

Mientras tanto, su familia, de origen humilde y sin recursos, intentaba desesperadamente encontrarlo. Viven en una casa alquilada y dependen de trabajos precarios. El propietario del horno llegó a exigir 350.000 rupias —unos 1.070 euros— para liberarlo, una cantidad imposible para ellos. La desesperación aumentó cuando nació el segundo hijo de Adil, sin que él pudiera conocerlo.

La situación cambió cuando la familia acudió a la Fundación The Edge, que activó un equipo legal para localizar al joven. Tras varias gestiones y la intervención de la policía, Adil fue encontrado y llevado ante un tribunal, que ordenó su inmediata entrega a su padre. La escena, según los presentes, fue un momento de alivio y conmoción.

Lejos de mostrar rencor, Adil expresó un mensaje sorprendente: "Perdono a quienes me hicieron daño. Rezo para que nadie vuelva a pasar por algo así". También aseguró que jamás volverá a trabajar en un horno de ladrillos: "Es una esclavitud disfrazada".

Ahora, su objetivo es reconstruir su vida. Tiene conocimientos básicos de mecánica de motocicletas y espera poder trabajar en ese ámbito para mantener a su familia con dignidad.

Desde The Edge Foundation, su copresidente, Malik Azhar Saeed, advierte que el caso de Adil no es aislado. "Detrás de muchos hornos de ladrillos hay historias de hambre, cadenas y miedo", denuncia. La mayoría de las víctimas, recuerda, pertenecen a comunidades cristianas pobres, especialmente vulnerables a este sistema de explotación.

La liberación de Adil es una buena noticia, pero también una llamada de atención: en Pakistán, miles de trabajadores siguen atrapados en un modelo laboral que convierte la pobreza en cautiverio.


Predicaba contra los católicos a la salida de misa… un libro le hizo cambiar


Predicaba contra los católicos a la salida de misa… un libro le hizo cambiar

Sergio Gil Nebro predicó contra la Iglesia durante años, pero un libro desmontó sus prejuicios; cuenta por qué dejó el protestantismo y es católico.

Fuente: Religión en Libertad

Sergio Gil Nebro y Evelien Louws.

Sergio Gil Nebro y Evelien Louws. 


Sergio Gil Nebro nunca imaginó que acabaría siendo católico. Educado en el protestantismo y con fuerte rechazo hacia Roma, llegó a predicar contra la Iglesia católica durante años en Cuenca. 

Sin embargo, la lectura de un libro y un proceso interior profundo desmontaron sus certezas, provocando una conversión que le costó amistades, estabilidad económica y su propia identidad profesional.

Todo ello lo cuenta en Tocados por Dios (Edibesa), escrito junto con su mujer Evelien Louws.

Religión en Libertad le entrevista:

- Dices en el libro que lo último que hubieras deseado en esta vida era hacerte católico…

- Antes de nada, agradezco esta oportunidad de poder dar testimonio de Cristo y de su Iglesia a través de esta entrevista, y contar un poco lo que el Señor ha hecho en nuestras vidas, y continúa haciendo.

Sí, es cierto lo que dices. El hacerme católico, no sólo es lo último que yo hubiera deseado, sino que jamás lo habría esperado. Es más, creía que mi deber moral era combatir el catolicismo, y esto pensaba además que lo hacía porque el Señor me lo había pedido.

Ahora bien, para que se pueda entender mejor lo que trato de explicar, no es que yo considerara que lo que debía hacer en mi vida en primer lugar era combatir la fe católica, sino predicar el evangelio, ya que mi esposa Evelien y yo, además de ser cristianos protestantes, éramos misioneros dentro de la llamada Iglesia Reformada. 

Y puesto que yo fui educado en la fe protestante y en cierto grado de anticatolicismo, pensé que mi deber a la hora de predicar el evangelio, era no sólo predicar lo que consideraba que eran las verdades de la Reforma Protestante (Sola Fide, Sola Scriptura), sino denunciar lo que yo creía que eran los errores de Roma: idolatría, supersticiones, y un paganismo disfrazado de cristianismo, o cristianismo paganizado, creía yo. Por lo tanto, haber yo deseado en un pasado hacerme católico, ¡jamás!

- Y que el inicio de la conversión, tanto tuya como la de tu esposa, fue la lectura de un libro con título “Roma dulce Hogar” que escribieron Scott Hahn (quien fue pastor presbiteriano) y su esposa Kimberly.

- Ciertamente, el testimonio de este matrimonio católico que fueron también protestantes como nosotros, y además él pastor, nos cautivó desde el principio, o al menos, nos quitó la venda del prejuicio; ya que, como dijo el venerable arzobispo Fulton Sheen: "No hay más de 100 personas en el mundo que odien a la Iglesia Católica, pero sí hay millones que odian lo que ellos creen que es la Iglesia Católica". 

Es decir, lo que yo conocía de la Iglesia Católica no era lo que realmente es ni lo que verdaderamente cree y proclama como revelado por Dios, sino lo que lamentablemente los “maestros” protestantes me habían enseñado de ella. 

Es cierto que Evelien no fue educada en ese anticatolicismo, pues en Holanda, la Iglesia Reformada, conserva al menos cierto grado de tradición, e incluso citan a menudo a san Agustín, y a otros.

Pero lo que es en España, el mundo protestante parece ser que sólo se pone de acuerdo en que la Iglesia Católica está equivocada. Así que, contestando a la pregunta, nos sorprendió mucho cómo Scott Hahn y su esposa Kimberly, pudieron encontrar en la Iglesia Católica y en sus dogmas tanta belleza, especialmente en la Sagrada Eucaristía, y en la devoción a nuestra Madre, la Santísima Virgen María.

- Entonces, eras predicador protestante en Cuenca, y querías enseñar a esos “pobres católicos romanos” que estaban tan equivocados...

- A menudo los misioneros protestantes en España se centran más en la conversión de los católicos al protestantismo, que en la conversión de los ateos al cristianismo. Y en esto, yo no era una excepción. De hecho, estuve unos diez años predicando al aire libre en una plaza, junto a una Parroquia en Cuenca, esperando a que los feligreses salieran de la Misa para darles el sermón. 

Nos habían enseñado que la Misa Papista (así la llaman muchos protestantes), era un sacrilegio, un verdadero acto de idolatría, que pretendía sacrificar una y otra vez a Cristo, quien murió en la cruz, de una vez y para siempre. 

Estas falsas enseñanzas protestantes acerca de la Misa y la Sagrada Eucaristía yo las creía precisamente por causa de mi ignorancia, de mi orgullo, y de ese anticatolicismo que me habían inyectado como un veneno. Pero lo que verdaderamente significa la Misa de la Santa Madre Iglesia, es el Cielo en la tierra, una actualización del único y suficiente sacrificio de Cristo en la cruz, y no una repetición del mismo. 

Pero ahí me encontraba yo, en aquella plaza, fuera de la Iglesia católica, luchando como Don Quijote de la Mancha, contra aquellos molinos de viento, pensando que eran gigantes.

Tocados por Dios (Edibesa) el libro de Sergio Gil Nebro y Evelien Louws

Tocados por Dios (Edibesa) el libro de Sergio Gil Nebro y Evelien Louws

- ¿Qué era lo que más os separaba doctrinalmente de la Iglesia Católica?

- Como indiqué anteriormente, la Sola Fide y la Sola Scriptura. Es decir, el dogma protestante de la Sola Fe y Solo la Escritura. Y digo dogma protestante, porque eso es lo que es, ni más ni menos, una creencia que no tiene precedentes, que nunca se había creído antes; es decir, un “novum teológico”, una novedad.

Si tuviéramos que resumir como católicos, por qué dejamos de creer en esas doctrinas protestantes, diríamos sencillamente, porque no son bíblicas, ni las creyeron los Padres de la Iglesia

En las Sagradas Escrituras encontramos algo muy diferente: “Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe” (Santiago 2:24). Y si tuviéramos que hablar de Sólo las Escrituras como máxima autoridad, aunque todas estas cosas puedan sonar muy bien, nuevamente, no es bíblico creer tal cosa. Los católicos creemos, como enseña la Biblia, en las Sagradas Escrituras, la Tradición Apostólica, y el Magisterio. Y esto es muy fácil de probar. 

Para muestra, un botón. Yo daré en esta ocasión, tres botones.

  • 2 Timoteo 3:16 nos habla de las Escrituras: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia”.
  • 2 Tesalonicenses 2:15, nos habla de la Tradición Apostólica: “Así que, hermanos, estad firmes, y retened la doctrina que habéis aprendido, sea por palabra, o por carta nuestra”.
  • Efesios 4:11-12 nos habla del Magisterio: “Y él mismo (Cristo), constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo”.

Mucho más se podría decir. Esto es un resumen de algunas de las diferencias principales entre catolicismo y protestantismo.

- En el libro mencionáis que “cuando todos sus argumentos (de Scott y Kimberly Hahn) fueron puestos delante de nosotros, ya no había razón para seguir siendo protestantes”. Pero tú eras predicador y vivíais, en parte, del apoyo económico de alguna organización protestante. ¿Cómo planteasteis a los responsables de vuestra misión que ibais a haceros católicos?

- Estamos hablando de principios del 2022. Fue una etapa muy difícil para nosotros, sobre todo para mí, a nivel emocional, pues estaba sufriendo una crisis de identidad, y a punto de cometer “suicidio profesional”, como también indicaba Scott Hahn

¿Era verdaderamente cristiano? ¿Cómo Dios pudo haberme tenido “engañado” durante tantos años en el protestantismo? ¿No será que estoy a punto de arrojarme a un pozo, y sin darme cuenta? Vivimos unos dos años muy complicados, a nivel espiritual y emocional. Pero no sólo eso. Aunque es cierto que Evelien es profesora de inglés, parte del apoyo económico que recibíamos, era por mi labor como predicador y evangelizador en la ciudad de Cuenca. 

Así que no sólo estábamos a punto de perder amigos, y de que hubiese serias tensiones a nivel de familiares cercanos, sino que nos retiraron la ayuda económica, y esto porque nosotros mismo lo pedimos por causa de nuestra conciencia, a pesar de necesitar dicho sustento. 

Aún conservo aquella carta, y a pesar de todo lo que acarreó, no nos podemos arrepentir, pues leemos en la Palabra de Dios: “Yo honraré a los que me honran” (1 Samuel 2:30).

- ¿Qué supuso ese paso desde el punto de vista familiar y laboral?

- Pues como indiqué anteriormente, supuso que perderíamos amigos, que otros familiares desconfiaran de nosotros creándose cierto distanciamiento, que algunos pensaran que habíamos perdido la razón, y que yo perdiera tanto mi trabajo como el sustento que recibíamos

Pero me quedaba la esperanza de que pronto encontraría trabajo. No fue así, de hecho, mientras escribo, han pasado ya cuatro años desde aquel “suicidio profesional”, y parece ser que mi currículum como predicador evangélico, (ya que dediqué muchos años a ello) no es valorado por las empresas. 

Así que hoy me dedico principalmente a las labores del hogar, al cuidado de nuestros hijos, a la evangelización y apologética católica a través de mi canal de YouTube, donde realizo entrevistas, hay testimonios, y otros temas de interés general. 

  • El canal YouTube de Sergio está abierto a quien desee colaborar voluntariamente para su continuidad y la de este apostolado. 
- ¿Con qué argumentos convencerías a un protestante de que la Iglesia católica es la verdadera?

- Si fuera tan sencillo como eso, cualquier debate que un protestante viera en YouTube entre un católico y un protestante, sería suficiente. El problema, como indiqué en un vídeo en mi canal, es mucho más complejo. Me atrevería a decir que el principal problema que tienen los evangélicos para no poder aceptar el catolicismo, podría ser emocional, así como espiritual

Y claro está, el prejuicio es también uno de los principales obstáculos.

En nuestro libro traté de resumirlo de esta forma, usando la lógica, pero nuevamente, no por ello se van a hacer católicos. “Si Cristo fundó muchas iglesias y creyendo todas doctrinas opuestas, esas iglesias son necesariamente falsas y Cristo no podría ser Dios. Si Cristo no fundó ninguna iglesia, todas serían igualmente falsas, sea Cristo Dios, o no lo sea. Pero si verdaderamente Cristo es Dios, y fundó una sola Iglesia, esa Iglesia es verdadera y todo verdadero cristiano debería querer pertenecer a ella, sea cuál esta sea, te guste más o te guste menos. Y puesto que Cristo es Dios, y sólo hay una Iglesia que ha perdurado por dos mil años, el asunto está más que resuelto. Yo soy católico, porque Dios mismo así lo quiere”.

No obstante, como decía, cualquier hermano protestante puede leer esta frase y quedarse tan pancho. No por ello va a correr hacia la Iglesia católica. En definitiva, sólo Dios puede obrar en nuestra mente y corazón para que aceptemos la plenitud de la verdad que se encuentra solamente en la Iglesia que Cristo fundó. Y de esta forma lo hizo con nosotros, y con tantos otros.

- Ya estáis en casa, pero ahora os queda sentiros como en casa…

- Y después de dos años ya como católicos, esto va ocurriendo poco a poco. Es cierto que como comentamos en nuestro libro, una cosa es aceptar y creer todo lo que la Iglesia declara como revelación divina, y otra muy distinta es que cada dogma, práctica y devoción vaya bajando cada vez más a nuestro corazón, hasta que este comience a arder con mayores certezas y con una experiencia más viva y verdadera. 

Hay que tener en cuenta que, después de toda nuestra vida como protestantes y con cierto grado de anticatolicismo, no todo puede cambiar en un solo día, ni siquiera en dos años. Pero creo que vamos avanzando, por lo que agradecemos vuestras oraciones.

Las plagas en la Biblia: ¿qué significado tienen?

 

Las plagas en la Biblia: ¿qué significado tienen?

Fuente: Aleteia
EPIDEMIA W RZYMIE

La Biblia presentan pasajes de plagas en el Antiguo Testamento donde Dios da valiosas lecciones al pueblo de Israel y a sus gobernantes. Y también a nosotros.

Cuando suceden calamidades surgen todo tipo de opiniones en relación con Dios y la religión. Desde quienes se preguntan cómo puede un Dios misericordioso permitir esto, hasta quienes aseguran que nos lo teníamos merecido por haber abandonado a Dios. Y surgen también preguntas: ¿estaba anunciado en la Biblia? ¿Qué dice la Biblia sobre las plagas? ¿Hay algún paralelismo entre la situación actual y algún pasaje bíblico?

E incluso hay quien, sobre todo cuando a la epidemia se agrega alguna otra catástrofe, se pregunta si estamos ante los signos del fin del mundo.

La doctrina no responde

Aquí vamos a intentar dar una respuesta, sobre todo en lo concerniente a la Biblia. Pero antes conviene hacer una aclaración: no es el juicio “oficial” de la Iglesia, que en caso de existir –no sucede aquí- tendría que estar declarado por el Papa, no por cualquier autor.

Y menos todavía sobre la posible proximidad del fin del mundo, algo que Jesucristo no quiso revelar, y que por otra parte no parece inminente porque no se han cumplido todavía algunos precedentes anunciados (salvo para los testigos de Jehová, que aprovechan cualquier catástrofe que surja para ver en ello la inminencia del fin del mundo).

Las 10 plagas de Egipto y otras del Antiguo Testamento

LOCUSTS

Se mencionan plagas (para aclararnos, utilizamos “plaga” según el segundo significado que le otorga el diccionario de la Real Academia: “calamidad grande que aflige a un pueblo”), tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento.

Hay una gran diferencia entre los dos: en el Nuevo se anuncian, mientras que en el Antiguo se anuncian y se cumplen.

Las más conocidas son las llamadas diez plagas de Egipto, que se encuentran en los capítulos 7 a 12 del Éxodo, porque son nada menos que diez, y seguidas.

Con ellas, como es patente en el texto, Dios quería forzar al Faraón –que no atendía a razones, ni siquiera a prodigios que hizo Moisés- a que dejara al pueblo de Israel libre de la esclavitud a que lo sometía.

Pero no son las únicas plagas.

El pueblo elegido las sufrió también cuando se apartaba de Dios, y constituían una advertencia para que volvieran a Él. Venían precedidas por el anuncio de algún profeta, de forma que si le hubieran hecho caso se hubiera evitado la plaga.

¿En qué consistían? Había de todo: desde la plaga de serpientes venenosas en el desierto de Sinaí (Números 21, 4-9), hasta periodos de hambruna, o la plaga de la langosta. Solían tener el efecto deseado: el pueblo dejaba los ídolos y las inmoralidades y volvía a Dios.

Las plagas en los Evangelios

En el Nuevo Testamento, la mención de las plagas se concentra en dos lugares. Uno es el llamado “discurso escatológico” del Señor, donde, poco antes de la Pasión, anuncia el futuro destino de Jerusalén y las circunstancia del fin del mundo. Aluden a él san Mateo, san Marcos y san Lucas. Escogemos al respecto dos versículos de san Lucas (21, 10-11):

“Entonces les decía: Se alzará pueblo contra pueblo, y reino contra reino; habrá grandes terremotos y hambre y peste en diversos lugares; habrá cosas aterradoras y grandes señales en el cielo”.

Son demasiadas cosas juntas como para concluir que hemos llegado a ese momento.

El otro lugar es el libro del Apocalipsis (o “Revelación”). Está lleno de referencias a plagas: las encontramos en los capítulos 6, 8, 9, 16 y 18 (y alguna referencia aislada más). ¿Qué significan?

Se trata de un lenguaje simbólico, que, por ejemplo, en alguna ocasión evoca las antiguas plagas de Egipto. Pero se pueden sacar enseñanzas.

En parte, se vuelven a anunciar las circunstancias del fin del mundo. Pero también se puede concluir que no faltarán plagas a lo largo de la historia humana, que desde el designio divino constituyen llamadas a la conversión.

Dios esperaba la oración de Moisés (y la tuya)

SEVENTH PLAGUE

Entre todo esto, y teniendo en cuenta la situación actual, puede venir bien citar dos episodios del Antiguo Testamento.

El primero se refiere a una plaga que no llegó a ocurrir, relatada en el libro de los Números. La ira del Señor se enciende contra su pueblo, y habla así a Moisés:

“¿Hasta cuándo me injuriará este pueblo, y hasta cuándo no creerán en Mí a pesar de todos los signos que he obrado entre ellos? Los castigaré con la peste y los rechazaré, y te daré una nación más grande y fuerte que ellos” (14, 11-12).

Lo que sigue es la hermosa y larga oración de Moisés en defensa de su pueblo, que consigue el perdón de Dios, aunque no sin un castigo: serán sus descendientes los que vean y ocupen la tierra prometida, no ellos.

En realidad, es esa oración de Moisés lo que Dios esperaba. Como también, ahora, espera la nuestra.

El rey David: ¿Quién tiene la culpa?

El segundo se relata por duplicado, tanto en el capítulo 24 del segundo libro de Samuel, como en el capítulo 21 del primer libro de las Crónicas.

Al rey David se le ocurre hacer un censo de población, y se lo encarga a Joab, jefe del ejército. Este protesta la decisión, incluyendo una frase que nos puede resultar extraña:

“¿Para qué cargar esta culpa sobre Israel?” (I Cro 21, 3).

A pesar de ello, el censo se realiza. Y entonces entró en escena un profeta, Gad, que acudió a David de parte de Dios (I Cro 21, 7-14).

David oró con humildad y penitencia, diciendo al Señor que era él el culpable, y que por tanto le castigase a él y no al pueblo. El Señor escuchó su oración, y detuvo la plaga antes del plazo señalado, cuando estaba a punto de arrasar Jerusalén.

La perspectiva de la eternidad

En la mencionada oración de Moisés pedía a Dios el perdón, y decía:

“Perdona, te lo ruego, la culpa de este pueblo como corresponde a tu gran piedad” (Num 14, 19).

Pero en el episodio de David, a primera vista, no parece mostrar tanta misericordia. Y esto requiere una explicación.

La misericordia divina no puede entenderse sin la perspectiva de eternidad.

Sí, en esta vida hay plagas, catástrofes y todo tipo de sufrimientos. Y, para alguien que solo mira a esta vida, la misericordia divina tiene difícil cabida en ella. Al final, está la catástrofe final, para todos: la muerte.

Hay quien sostiene que la ciencia está cerca de descubrir la clave de la inmortalidad, pero no es cierto. Más tarde o más temprano, todos nos iremos de aquí.

Pero hay algo que Dios sabe muy bien, y quiere que también nosotros sepamos. Y es que la catástrofe, el dolor definitivo e irremisible es el rechazo final de Dios para caer en el infierno.

Todo lo de esta vida, por dolorosa que sea, comparado con ese trágico final es poca cosa. Por eso, el objetivo primario de la misericordia divina es ayudarnos a evitarlo -por los medios más oportunos en cada caso, que solo su providencia conoce en su totalidad- y llevarnos a donde ya no habrá más catástrofes ni sufrimientos.

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