LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN ¿CONSTRUYEN O PERVIERTEN?

 LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN ¿CONSTRUYEN O PERVIERTEN?
Por: Pavlusha K. Luyando Joo

Los medios de comunicación son instrumentos utilizados para masificar y comunicar información a la población.

El ser humano es un ser social y tiene necesidad de relacionarse con otras personas a través de la comunicación. Su existencia, adaptación y supervivencia a lo largo de la historia ha dependido (depende) de la socialización que la permite acumular información de experiencias vividas por otros seres humanos, para procesarla racionalmente para definir que le es útil o no, y luego transmitirlas a sus pares.
El ser humano a través de la comunicación expresa sus vivencias y deja evidencias a otras generaciones a través del arte como la música, poesía, danzas, escritos, artesanía, o a través de relatos tradicionales como es típico en los pueblos de todas las culturas.

Uno de los hitos fundamentales en la comunicación en la historia de la humanidad fue la creación de la escritura en la antigua civilización de Mesopotamia entre el 3500 y el 3000 a.C. , otros hitos importantes fue la creación de la imprenta por Gutenberg en el siglo XV, así como la invención de la fotografía por Niepce, el cine por los hermanos Lumiere y el telégrafo por Morse todos ellos en el siglo XIX.
Todos estos inventos tuvieron una influencia positiva; masificaron la información y en la perpetuaron en escritos e imágenes. La biblia, escritos de los filósofos griegos, textos científicos pudieron estar al alcance de la población en general.
De otro lado la influencia del contenido de algunos libros hizo tambalear la fe  de las personas creyentes del siglo XIX, como lo que sucedió con el libro “El origen de las especies”, que al plantear que el hombre no es creación de Dios, sino más bien de un proceso evolutivo incluso con repercusiones actuales.
Otro aspecto de la influencia de los medios de comunicación se pudo ver en el gobierno nazi de Adolfo Hitler y en la Segunda guerra mundial. Goebbels, ministro de propaganda del dictador utilizó como herramienta de información, carteles, discursos por radio, prensa escrita y hasta cine para influenciar y hacer convencer a las masas del oscuro ideal nazi de una forma contundente y económica.

En el mundo hoy, a  los medios de comunicación tradicionales como la televisión, cine, radio o la prensa se han sumado los espacios digitales, como el WhatsApp, Facebook, Instagram, entre otras numerosas plataformas instaladas cómodamente en el celular y al alcance de un “click”. 
Estas plataformas llamadas redes sociales solo en un par de décadas han revolucionado la forma de comunicar y socializar de toda la población mundial, debido a que la velocidad de la información se puede transmitir en tiempo real, y desde cualquier lugar del mundo que cuente con internet, además de tener la ventaja de transferir imágenes en fotos y videos digitales que tienen un efecto que atrapa e impresiona profundamente los sentidos de la persona.

Como habíamos mencionado el éxito de los medios de comunicación se debe a que impactan los sentidos. Los sentidos son la puerta de entrada al conocimiento e influye en la percepción de la persona en todo lo que le rodea.
Los Medios de comunicación se pueden cargar de sentido ideológico, y lo ideológico suele ser invisible, no es explícito, es más bien implícito porque no se ve.

Para responder a la pregunta de que, si los medios de comunicación construyen o pervierten, debemos de tener como punto de referencia el grado de aporte que estos hacen al auténtico desarrollo humano y si es que ayudan realmente a encontrar su destino trascendente.
Si la respuesta es positiva, entonces los medios masivos de comunicación se convierten en preciosas herramientas para enriquecer la cultura, la actividad comercial, diálogo, comprensión y tolerancia entre culturas distintas, promover la esperanza y la fe.  Pero si sucede todo lo contrario y los medios de comunicación se convierten en instrumentos de degradación, confusión, perversión de valores, egoísmo, manipulación del individuo y corrompimiento, podemos estar seguros de que no aportan nada bueno para la persona ni para la sociedad.

El uso correcto o incorrecto, depende de la elección del sujeto. Esto es importante tenerlo presente, porque según el tipo de información que recibamos y asimilemos, va a repercutir en la percepción de lo que nos rodea y va a influir en los actos humanos. 

Hoy en día se libra una batalla cultural en donde la principal herramienta de combate son los medios de comunicación digitales, en donde el futuro de la humanidad depende del tipo de información que el ser humano acumule e interiorice, el futuro depende de la elección que se tome..

SANTIFICACIÓN DEL TRABAJO Y CRISTIANIZACIÓN DE LA SOCIEDAD

 SANTIFICACIÓN DEL TRABAJO Y CRISTIANIZACIÓN DE LA SOCIEDAD


Aunque todos estamos llamados a transformar la sociedad según el querer de Dios, muchos no saben cómo hacerlo. Piensan que esa tarea depende casi exclusivamente de quienes gobiernan o tienen capacidad de influir por su posición social o económica y que ellos sólo pueden hacer de espectadores: aplaudir o silbar, pero sin entrar en el terreno de juego, sin intervenir en el partido. No ha de ser esa la actitud del cristiano, porque no responde a la realidad de su vocación. 

«Quiere el Señor que seamos nosotros, los cristianos —porque tenemos la responsabilidad sobrenatural de cooperar con el poder de Dios, ya que El así lo ha dispuesto en su misericordia infinita—, quienes procuremos restablecer el orden quebrantado y devolver a las estructuras temporales, en todas las naciones, su función natural de instrumento para el progreso de la humanidad, y su función sobrenatural de medio para llegar a Dios, para la Redención». 

No somos espectadores. Al contrario, es misión específica de los laicos santificar el mundo «desde dentro»: «orientar con sentido cristiano las profesiones, las instituciones y las estructuras humanas». Como enseña el Concilio Vaticano II, los laicos han de «iluminar y ordenar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen constantemente según Cristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y del Redentor». 

En una palabra: «cristianizar desde dentro el mundo entero, mostrando que Jesucristo ha redimido a toda la humanidad: ésa es la misión del cristiano». Y para esto los cristianos tenemos el poder necesario, aunque no tengamos poder humano. 

Nuestra fuerza es la oración y las obras convertidas en oración.  «La oración es el arma más poderosa del cristiano. La oración nos hace eficaces. La oración nos hace felices. La oración nos da toda la fuerza necesaria, para cumplir los mandatos de Dios». Concretamente, el arma específica que poseen la mayoría de cristianos para transformar la sociedad es el trabajo convertido en oración. No simplemente el trabajo, sino el trabajo santificado.

Cristianizar la sociedad no es otra cosa que liberarla de, por una parte, de las estructuras de pecado —por ejemplo, de las leyes injustas y de las costumbres contrarias a la ley moral—, y por otra, más a fondo, procurar que las relaciones humanas estén presididas por el amor de Cristo, y no viciadas por el egoísmo de la concupiscencia, la violencia y la injusticia. «Esta es tu tarea de ciudadano cristiano: contribuir a que el amor y la libertad de Cristo presidan todas las manifestaciones de la vida moderna: la cultura y la economía, el trabajo y el descanso, la vida de familia y la convivencia social».

«Esfuérzate para que las instituciones y las estructuras humanas, en las que trabajas y te mueves con pleno derecho de ciudadano, se conformen con los principios que rigen una concepción cristiana de la vida. Así, no lo dudes, aseguras a los hombres los medios para vivir de acuerdo con su dignidad, y facilitarás a muchas almas que, con la gracia de Dios, puedan responder personalmente a la vocación cristiana». Se trata de «sanear las estructuras y los ambientes del mundo (…) de modo que favorezcan la práctica de las virtudes en vez de impedirla» (San J. María Escrivá)

Preguntas de reflexión

1. ¿Qué haces de forma concreta para cristianizar la sociedad?

2. ¿De que forma podrías contribuir a cristianizarla más la sociedad?

Bibliografía

Díaz Javier López, TRABAJAR BIEN, TRABAJAR POR AMOR, EDUSC, Oficina de Información 

del Opus Dei, 2016


UNIDAD DE VIDA EN LA PROFESIÓN

UNIDAD DE VIDA EN LA PROFESIÓN

«Todo trabajo honrado puede ser oración; y todo trabajo, que es oración, es apostolado. De este modo el alma se enrecia en una unidad de vida sencilla y fuerte»

. Trabajo, oración, apostolado: tres términos que, para quien se sabe hijo de Dios no resultan ámbitos diversos, porque se van fundiendo en la vida como notas de un acorde hasta componer una partitura armónica.

En la actividad profesional hay tres aspectos que conviene examinar con atención para alcanzar la armonía de la unidad de vida: la intención, el criterio y la conducta coherente con ambos.

Rectitud de intención: La unidad de vida en el trabajo profesional depende, en primer lugar, de la rectitud de intención: de la clara y firme decisión de trabajar por amor a Dios, no por ambición u otra forma de egoísmo; de cara a Dios y buscando su gloria, no de cara a los hombres y buscando la propia gloria, la satisfacción personal o la admiración de los demás.

«Nadie puede servir a dos señores». No podemos admitir componendas, no pueden convivir en el corazón «una vela encendida a San Miguel, y otra al diablo». La intención debe ser transparente. Sin embargo, es posible experimentar que, aun queriendo vivir para la gloria de Dios, la rectitud de la voluntad fácilmente se tuerce en las acciones concretas, en las que junto a motivos santos se pueden encontrar muchas veces aspiraciones menos claras.

Por eso, se aconseja purificar la voluntad, rectificando constantemente la intención. «Rectificar. —Cada día un poco. —Esta es tu labor constante si de veras quieres hacerte santo» (San J. María Escrivá)

Quien trabaja con rectitud de intención procura realizar bien su tarea siempre. No trabaja de un modo cuando los demás le ven y de otro cuando nadie le ve. Sabe que le mira Dios y por eso trata de cumplir su deber con perfección, como a Él le agrada.

Cuida detalles de orden, de laboriosidad, de espíritu de pobreza…, también si nadie lo advierte o si se encuentra sin ganas. En los días grises de labor corriente, cuando la monotonía amenaza, un hijo de Dios se esfuerza en poner las últimas piedras por amor, y su trabajo se convierte así en oración.

Los momentos de éxito o de fracaso ponen a prueba la calidad de nuestra intención, ante la tentación del envanecimiento o ante el desánimo. San Josemaría enseña a prepararse para esas circunstancias, que podrían conducir al repliegue sobre uno mismo, torciendo el querer de la voluntad. «Has de permanecer vigilante, para que tus éxitos profesionales o tus fracasos —¡que vendrán!— no te hagan olvidar, aunque sólo sea momentáneamente, cuál es el verdadero fin de tu trabajo: ¡la gloria de Dios!

Para fortalecer la rectitud de intención, verdadero pilar de la unidad de vida, es necesario buscar la presencia de Dios en el trabajo —ofrecerlo al comenzar, renovar ese ofrecimiento cuando sea posible, dar gracias al terminar…— y procurar que las prácticas de piedad, sobre todo la Santa Misa si nos es posible asistir, se dilaten a lo largo de la jornada en un trato continuo con el Señor. Olvidarse de Dios en la profesión indica poca unidad de vida y no simplemente un carácter distraído: quien ama de veras no se olvida del amado.

Cuando hay unidad de vida es lógico que se note, con naturalidad, a nuestro alrededor. Quien ocultase su condición de cristiano por miedo a que le encasillen, o por timidez o por vergüenza, quebraría la unidad de vida, no podría ser sal y luz, sus obras serían estériles en orden a la vida sobrenatural.

Es natural que los demás, en el ambiente en que se mueve un cristiano, conozcan su fe viva y operante. Con mayor razón ha de resultar fácilmente reconocible, por contraste, en una sociedad en la que predominan el materialismo y el hedonismo. Si pasara largo tiempo inadvertida, no sería por naturalidad sino por doble vida. Esto es lo que sucede tristemente en quienes relegan la fe a la vida “privada”. Esta actitud, si no es simple cobardía, si responde a la idea de que la fe no debe influir en la conducta profesional, refleja una mentalidad no laical sino laicista, que pretende arrojar a Dios de la vida social, y muchas veces prescindir también de la ley moral.

Es justamente lo opuesto al ideal de poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas. A esto estamos llamados los cristianos, y es bueno que muchos a nuestro alrededor lo sepan. Más aún, ciertamente el apostolado del cristiano que vive en medio del mundo debe ser de «amistad y confidencia» con los colegas de profesión, uno a uno, pero esto no excluye que a veces sea conveniente o necesario —exigencia de la unidad de vida— hablar en público y explicar las razones de una conducta moral, humana y cristiana. Las dificultades pueden ser muchas, pero la fe asiste al cristiano y le da la fortaleza que necesita para defender la verdad y ayudar a todos a descubrirla.

Preguntas de reflexión

1.       ¿Eres coherente en la unidad de vida en tu oficio o profesión?

       ¿Qué
aspectos de verías mejorar para una mejor unidad de vida

 Bibliografía

Díaz Javier López, TRABAJAR BIEN, TRABAJAR POR AMOR, EDUSC, Oficina de Información del Opus Dei, 2016

 

 

 

SANTIFICAR EL TRABAJO

 SANTIFICAR EL TRABAJO

Desde el comienzo de la Sagrada Escritura, en el libro del Génesis, se nos revela el sentido del trabajo. Dios, que hizo buenas todas las cosas, «quiso libremente crear un mundo “en estado de vía” hacia su perfección última», y creó al hombre ut operaretur, para que con su trabajo «prolongase en cierto modo la obra creadora y alcanzase su propia perfección». El trabajo es vocación del hombre. «Estamos llamados al trabajo desde nuestra creación»

Benedicto XVI ha hecho notar que «el mundo greco-romano no conocía ningún Dios Creador;, según su manera de pensar, no podía, por así decir, ensuciarse las manos con la creación de la materia. “Construir” el mundo quedaba reservado al demiurgo, una deidad subordinada. Muy distinto es el Dios cristiano: Él, el Uno, el verdadero y único Dios, es también el Creador. Dios trabaja; continúa trabajando en y sobre la historia de los hombres.

Así el trabajo de los hombres tenía que aparecer como una expresión especial de su semejanza con Dios y el hombre, de esta manera, tiene capacidad y puede participar en la obra de Dios en la creación del mundo».

Como consecuencia del pecado, el trabajo está ahora acompañado de fatiga y muchas veces de dolor. Pero al asumir nuestra naturaleza para salvarnos, Jesucristo ha transformado el cansancio y las dificultades en medios para manifestar el amor y la obediencia a la Voluntad divina y reparar la desobediencia del pecado.

Santificar la actividad de trabajar

San Josemaría Escrivá, nos adentra en el espléndido panorama de la santidad y del apostolado en el ejercicio de un trabajo profesional: «para la gran mayoría de los hombres, ser santo supone santificar el propio trabajo, santificarse en su trabajo, y santificar a los demás con el trabajo»

Son tres aspectos de una misma realidad, inseparables y ordenados entre sí. Lo primero es santificar —hacer santo— el trabajo, la actividad de trabajar. Santificar el trabajo es hacer santa esa actividad, hacer santo el acto de la persona que trabaja. De esto dependen los otros dos aspectos, porque el trabajo santificado es también santificador: nos santifica a nosotros mismos, y es medio para la santificación de los demás y para empapar la sociedad con el espíritu cristiano. Conviene, por tanto, que nos detengamos a considerar el primer punto: qué significa hacer santo el trabajo profesional.

En el caso del trabajo profesional, hay que tener en cuenta que la actividad de trabajar tiene por objeto las realidades de este mundo —cultivar un campo, investigar una ciencia, proporcionar unos servicios…— y que, para ser humanamente buena y santificable, ha de ser ejercicio de las virtudes humanas. Pero esto no basta para que la actividad sea santa.

El trabajo se santifica cuando se realiza por amor a Dios, para darle gloria —y, en consecuencia, como Dios quiere, cumpliendo su Voluntad: practicando las virtudes cristianas informadas por la caridad—, para ofrecerlo a Dios en unión con Cristo, ya que «por Él, con Él y en Él, a Ti, Dios Padre Omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria»

«Pon un motivo sobrenatural a tu ordinaria labor profesional, y habrás santificado el trabajo». Con estas breves San José María muestra la clave de la santificación del trabajo.

La actividad humana de trabajar se santifica cuando se lleva a cabo por un motivo sobrenatural: por amor a Dios Lo decisivo no es, por tanto, que salga bien, sino que trabajemos por amor a Dios, ya que esto es lo que busca en nosotros: Dios mira el corazón.

Lo definitivo es el motivo sobrenatural, la finalidad última, la rectitud de intención , el realizar el trabajo por amor a Dios y para servir a los demás por Dios. «Se eleva así el trabajo al orden de la gracia, se santifica, se convierte en obra de Dios.

Cualidades del motivo sobrenatural

El motivo sobrenatural es sincero si influye eficaz y radicalmente en el modo de trabajar, llevando a cumplir nuestra tarea con perfección, como Dios quiere, dentro de las limitaciones personales con las que Él cuenta.

El motivo sobrenatural que hace santo el trabajo, no es algo que simplemente se yuxtapone a la actividad profesional, sino un amor a Dios y a los demás por Dios que influye radicalmente en la misma actividad, impulsando a realizarla bien, con competencia y perfección porque «no podemos ofrecer al Señor algo que, dentro de las pobres limitaciones humanas, no sea perfecto, sin tacha, efectuado atentamente también en los mínimos detalles: Dios no acepta cualquier cosa.

No presentes nada defectuoso, nos amonesta la Santa Escritura, pues no sería digno de El (Lv 22, 20). Por eso, el trabajo de cada uno, esa labor que ocupa nuestras jornadas y energías, ha de ser una ofrenda digna para el Creador, trabajo de Dios y para Dios: en una palabra, un quehacer cumplido, impecable»

Una “buena intención” que no impulsara a trabajar bien, no sería una intención buena, no sería amor a Dios. Sería una intención ineficaz y hueca, un débil deseo, que no alcanza a superar el obstáculo de la pereza o de la comodidad.

El verdadero amor se plasma en el trabajo bien hecho. Poner un motivo sobrenatural no es tampoco añadir algo santo a una actividad de trabajar bien hecha. Para santificar el trabajo no es suficiente rezar mientras se trabaja, aunque —cuando es posible hacerlo— es una señal de que se trabaja por amor a Dios, y un medio para crecer en ese amor.

Más aún, para santificar el trabajo poniendo un motivo sobrenatural, es imprescindible buscar la presencia de Dios, y muchas veces esto se concreta en actos de amor, en oraciones y en jaculatorias, ya sea con ocasión de una pausa.

La dignidad del trabajo depende de quién lo realiza

Otra consecuencia importante de que la raíz de la santificación del trabajo se encuentra en el motivo sobrenatural, es que todo trabajo profesional es santificable, desde el más brillante ante los ojos humanos hasta el más humilde, pues la santificación no depende del tipo de trabajo sino del amor a Dios con que se realiza. Basta pensar en los trabajos de Jesús, María y José en Nazaret: tareas corrientes, ordinarias, semejantes a las de millones de personas, pero realizadas con el amor más pleno y más grande.

El amor a Dios hace grandes las cosas pequeñas: los detalles de orden, de puntualidad, de servicio o de amabilidad, que contribuyen a la perfección del trabajo. «Hacedlo todo por Amor. —Así no hay cosas pequeñas: todo es grande. —La perseverancia en las cosas pequeñas, por Amor, es heroísmo».

Quien comprenda que el valor santificador del trabajo depende esencialmente del amor a Dios con que se lleva a cabo, y no de su relieve social y humano, apreciará en mucho esos detalles, especialmente los que pasan inadvertidos a los ojos de los demás, porque sólo los ve Dios.

PREGUNTAS DE REFLEXION

1.       ¿Ofreces tu trabajo a Dios y lo haces con diligencia, procurando hacerlo bien?

2.       ¿Qué harías para hacer mejor tu trabajo y ofrecerlo a Dios adecuadamente?

3.       ¿En qué momentos de tu trabajo puedes estar en presencia de Dios?

Bibliografía

TRABAJAR BIEN, TRABAJAR POR AMOR (Enseñanzas de san Josemaría Escrivá de Balaguer), Javier López Díaz

¿QUÉ OCURRE CUANDO DESCUIDAS LA ORACIÓN?

Por: Claudio de Castro - publicado el 26/08/22, Aleteia

La presencia de Dios en nuestras vidas es un misterio en el que a menudo reflexiono. Las Sagradas Escrituras, a las que acudo últimamente, nos aseguran que: «en Dios vivimos, nos movemos y existimos« (Hechos 17, 28) Esto significa que Él está siempre pendiente de nosotros, nos conoce bien, escucha nuestras oraciones. Pero lo olvidamos y nos alejamos de Dios, fuente de todo bien. Y las cosas empiezan a ir de mal en peor.


No es algo común en mí. El buen Dios, mi Dios, nuestro Dios, suele ser un gran consentidor y sentía que algo me estaba diciendo y no le escuchaba.

Había leído tiempo atrás estas palabras que se quedaron clavadas en mi corazón y me advierten cuando trabajo demasiado y comienzo a alejarme de Dios. «A veces olvidamos a Jesús por hacer las cosas de Jesús». Inmediatamente comprendí. Debía orar.

Si descuidas tu oración pierdes tu cercanía con Dios y eso es terrible, de espanto.

Me tomé un tiempo para retomar mi oración diaria. Volví a visitar a Jesús en el Sagrario y a rezar el Rosario en el patio interior de mi casa. Y todo volvió a ser como antes, retornó la normalidad, la presencia amorosa de Dios, la serenidad, esa paz interior que sabes que no es de este mundo.

Suelo decirte en mis escritos esta frase que una vez escuché a un sacerdote: «Sin la oración estamos perdidos».  Es fundamental para nuestra salud espiritual y nuestra cercanía con Dios «orar siempre sin desfallecer», como nos pedía Jesús.

El demonio sabe que si no rezas podrás caer con facilidad en sus múltiples tentaciones de la carne, los malos deseos, la pornografía, los vicios, el robo, el orgullo, la codicia; por eso hace todo lo que puede para desanimarte y que no reces.


 ¿Qué es la oración?

¿Te has preguntado alguna vez por qué es tan importante rezar y fortalecer con los sacramentos nuestras almas? Primero veamos lo que es la oración. Debes saberlo y estar consciente de ello para comprender su urgente necesidad.

Decía santa Teresita del Niño Jesús en su maravillosa obra Historia de un Alma: «Para mí, la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como en la alegría».

 Y, ¿qué nos indica el Catecismo de la Iglesia Católica?

2559 «La oración es la elevación del alma a Dios o la petición a Dios de bienes convenientes» (San Juan Damasceno) ¿Desde dónde hablamos cuando oramos? ¿Desde la altura de nuestro orgullo y de nuestra propia voluntad, o desde «lo más profundo» (Sal 130, 1) de un corazón humilde y contrito? El que se humilla es ensalzado (cf Lc 18, 9-14)».

La humildad es la base de la oración. «Nosotros no sabemos pedir como conviene» (Rm 8, 26). La humildad es una disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración: el hombre es un mendigo de Dios (San Agustín).

El Papa Francisco en uno de sus tuits )oct 30, 2021) ha dicho sabiamente: «Cuando rezamos, nunca lo hacemos solos: aunque no lo pensemos, estamos inmersos en un majestuoso río de invocaciones que nos precede y continúa después de nosotros».

¿Cómo va tu oración cotidiana? Tal vez descuidaste la oración o no rezas como debes o piensas que no vale la pena porque Dios no te escucha.

Haz la prueba retorna a la oración fervorosa, esa que te permite experimentar la presencia de Dios y luego me cuentas. He visto cómo la oración nos ayuda a salir adelante y a encontrar respuestas a muchas inquietudes.

LAS PRÁCTICAS DE DEVOCIÓN EXTERIOR DE NADA SIRVEN SI NO SE ARROJA DEL ALMA EL PECADO

      LAS PRÁCTICAS DE DEVOCIÓN EXTERIOR DE NADA SIRVEN SI NO SE ARROJA DEL ALMA EL PECADO


Dios manda a Jonás que vaya a predicar a Nínive; el profeta desobedece al Señor, y se embarca para ir a Tarsis. Se levanta súbitamente una furiosa tormenta, que amenaza sumergir el navío. Advirtiendo Jonás que la tempestad no había sobrevenido sino para castigarle, dice a los marineros: arrojadme al mar. Los marineros echaron al profeta al mar, y se calmó la tempestad.

 Si Jonás no hubiese sido arrojado al mar, la tempestad no hubiera cesado. Induzcamos con este ejemplo que, si no expulsamos el pecado de nuestros corazones, no cesará la tormenta, esto es, la calamidad. Nuestros pecados son los vientos funestos que excitan las tempestades, y que nos hacen naufragar (Is 64, 6).

Mientras nos afligen las calamidades hacemos penitencias exteriores, novenas, procesiones, exposiciones del Santísimo Sacramento; más, si no nos corregimos, todo esto ¿de qué sirve? Todas vuestras devociones son poco menos que inútiles cuando no abandonamos el pecado, porque estas devociones no aplacan a Dios. Si queremos aplacar al Señor, preciso es que alejemos la causa de su cólera; debernos alejar el pecado.

El paralítico pedía a Jesucristo la salud; más el Salvador, antes de curarle de la enfermedad del cuerpo, le curó de la del alma: le concedió el dolor de sus pecados, y le dijo en seguida que ya estaban perdonados. El Señor aleja ante todo la causa de la enfermedad, dice Santo Tomás; es decir, los pecados, y luego después cura la enfermedad. La raíz del mal es el pecado: así el Señor, después que hubo curado aquel paralítico, le dijo: Guárdate, hijo mío, de pecar de nuevo; porque, si pecas, volverás a caer enfermo más de lo que estabas. Esta es la advertencia que da el Eclesiástico (Eccl 39, 9).

Es menester primeramente dirigirse al médico del alma a fin de que os libre del pecado, y en seguida recurrir al médico del cuerpo a fin de que os libre de la enfermedad. En una palabra, el pecado, o mejor nuestra obstinación en el pecado, es el origen de todos nuestros castigos, dice San Basilio (In c. IX, Is.) Nosotros hemos ofendido al Señor, y no queremos de ello arrepentirnos. Preciso es escucharle cuando nos llama con la voz de las calamidades, pues de lo contrario se verá precisado a lanzar contra nosotros sus castigos (Deut 28, 15).

Cuando ofendemos a Dios, provocamos a todas las criaturas a que se vuelvan contra nosotros. Cuando un esclavo se rebela contra su amo, dice San Anselmo, excita contra sí no solamente la cólera de su amo, sino también la de toda su familia; así, cuando ofendemos a Dios, llamamos a todas las criaturas para que nos aflijan. Irritamos sobre todo contra nosotros —dice San Gregorio- las criaturas de que nos servimos para ofender a Dios.

La misericordia de Dios impide que estas criaturas no nos destruyan; más, cuando ve que despreciamos sus amenazas y que continuamos pecando, se sirve de estas criaturas para que cesen los insultos que le hacemos (Sab 5,20). Si no aplacamos al Señor corrigiéndonos, no podremos substraernos del castigo. ¿Hay locura mayor, dice San Gregorio, que figurarse que Dios cesará de castigarnos en tanto que no queremos cesar de ofenderte?

Se asiste a la iglesia, se va al sermón; mas no nos acercamos a la confesión, no queremos mudar de vida. ¿Cómo queremos ser librados de las calamidades, si no alejamos la causa de ellas? No cesando de irritar al Señor, ¿a qué admirarse de que el Señor no cese de afligiros? ¿Creéis que el Señor se aplaca viéndoos practicar alguna obra exterior de piedad, sin pensar por otra parte en arrepentiros de vuestras faltas, sin restablecer el honor que habéis mancillado, sin restituir lo que habéis robado, sin alejaros, en fin, de estas ocasiones que os alejan del Señor? No os burléis del Señor, dice el profeta Isaías (Is 28, 27), pues esto sería redoblar las cadenas que os arrastran al Infierno.

Preciso es cambiar el odio en dulzura, y la intemperancia en sobriedad: menester es observar los ayunos mandados por la Iglesia; menester es abstenerse de esta cantidad de vino que abate al hombre hasta el nivel del bruto; menester es huir las ocasiones. Si queréis producir frutos dignos de penitencia, debéis aplicaros a servir a Dios con tanto mayor fervor, cuanto más le habréis ofendido (Rom 6, 19) Esto es lo que hicieron Santa María Magdalena, San Agustín, y otros Santos.

Se dice normalmente: María nos ayudará, nuestros santos patronos nos librarán; imposible es que los santos nos ayuden cuando no queremos librarnos del pecado. Los santos son los amigos de Dios, y por esto mismo están muy distantes de inclinarse a proteger los pecadores obstinados.

Temblemos, pues: el Señor ha publicado ya la sentencia que condena al fuego todos los árboles sin fruto. ¿Cuántos años hace que estáis en el mundo? ¿Qué frutos de buenas obras habéis producido hasta ahora? ¿Qué honor habéis dado a Dios con vuestra conducta? Vos no habéis cesado de amontonar pecados a pecados, desprecios a desprecios, insultos a insultos; éste es todo el fruto que habéis dado; éste es todo el honor que habéis tributado al Señor. A pesar de todo, Dios quiere concederos aún el tiempo para corregiros, para llorar vuestros pecados, para amarle durante el resto de vuestra vida.

TAREA A REALIZAR

1.   Haz un examen de conciencia

      Pide perdón de corazón por los pecados cometidos


Bibliografía

Avisos de la providencia en las calamidades públicas (San Alfonso María de Ligorio)


DIOS NOS AMENAZA PARA SUBSTRAERNOS DEL CASTIGO

 DIOS NOS AMENAZA PARA SUBSTRAERNOS DEL CASTIGO

Así se explica Dios cuando habla de castigos y de venganzas; dice que su justicia le obliga a responder a sus enemigos. Mas observadlo atentamente y repararéis que, aun amenazándonos, parece dar muestras de su dolor en verse forzado a castigar criaturas que Él ha amado hasta rescatarlas al precio de su vida.
Este Dios, que es el Padre de las misericordias y que tanto nos ama, lejos de complacerse en atormentarnos, está, muy al contrario, mucho más dispuesto a perdonarnos y a consolarnos (Jerem 29, 11).

Si así es, se dirá, ¿por qué nos castiga Dios? O, a lo menos, ¿por qué parece que quiere castigarnos? ¿Por qué, decís? No por otra razón, sino porque quiere usar de misericordia con nosotros. Su cólera actual no es sino paciencia y misericordia.
Si el Señor se muestra irritado, no es para castigarnos, sino para que renunciemos al pecado y pueda El entonces perdonarnos: Dios amenaza castigarnos para substraernos del castigo.

No nos amenaza ciertamente porque se halle en la impotencia de castigarnos, pues puede todo lo que quiere, sino que tiene paciencia para que nos arrepintamos y evitemos el castigo (Sab 9, 11).
No nos amenaza por odio que nos tenga, ni para que nos atormente el temor. Dios amenaza por amor, a fin de que nos convirtamos y escapemos del castigo; amenaza porque no nos quiere perdidos; en una palabra, porque ama nuestras almas (II Pedro 3, 9).

Dios amenaza, es verdad; pero, sin embargo, espera, suspende el castigo, porque no quiere que nos condenemos, pero sí que nos corrijamos (Sab 9, 27)

Las amenazas del Señor, pues, no son sino efecto de la bondad y de la ternura; hácenos percibir la voz de su amor para librarnos de las penas que hemos merecido. Cuarenta días pasarán aún, exclamó Jonás, y Nínive será destruida (Juan 5, 4) ¡Desventurada Nínive! Llegó ya el tiempo de tu castigo, yo te lo anuncio de parte del Señor. Dentro de cuarenta días, tu ciudad quedará aniquilada y no existirá ya más en el mundo. Nínive hizo penitencia, y no fue castigada (Juan III, 10).

La desgracia que el Señor hacía anunciar a Nínive no era, según San Basilio, una profecía, sino una simple amenaza, por cuyo medio quería convertir aquella ciudad. Dios se manifiesta con frecuencia irritado, porque quiere ser misericordioso con nosotros; nos amenaza, no para castigarnos, sino para hacernos evitar el castigo. Cuando alguno nos clama ¡guardaos!, añade San Agustín, no tiene intención de dañarnos. Así es precisamente como Dios se porta con nosotros.

Él amenaza, dice San Jerónimo, no para infligirnos la pena, sino para librarnos de ella si el aviso basta para corregirnos. ¡Oh Dios mío! Cuanto más dispuesto estáis a salvarnos, entonces es cuando parece que os enconáis contra nosotros; más vuestras amenazas no tienen otro objeto que hacernos arrepentirnos de nuestros pecados. Podría el Señor castigarnos de improviso, haciéndonos morir súbitamente, sin concedernos el tiempo de hacer penitencia; pero nos muestra anticipadamente su enojo, para que nos arrepintamos y evitemos el castigo.

Observa San Jerónimo que Dios no aborrece el hombre, sino su pecado; y añade San Crisóstomo que Dios llega hasta olvidar nuestros pecados, cuando nosotros nos acordamos de ellos; es decir, que cuando, después de habernos humillado, nos corregimos y le pedimos perdón, nos lo concede según su promesa. Mas, para corregirnos, es menester que temamos el castigo; pues sin esto no mudaremos de vida.

Verdad es que Dios protege al que espera en su misericordia (Salmo 17, 51); más esta esperanza no debe ser destituida de temor; porque la esperanza que no va acompañada de temor degenera en presunción y en temeridad (Salmo 113, 19).

Se halla muy a menudo en la Escritura que el Señor habla de la severidad de los juicios, del Infierno y del gran número de desgraciados que se precipitan en él (Lc 12, 4; Mat 7, 13) Y ¿por qué? Porque quiere que el temor nos arranque a los vicios, a las pasiones y a las ocasiones peligrosas, y que podamos por este medio esperar la salud.

Un piadoso temor de Dios santifica al hombre; así David pedía al Señor la gracia de temer, a fin de que el temor destruyese en él las afecciones de la carne (Salmo 108, 120) Debemos temer, pues, con motivo de nuestras faltas; más este temor, en vez de abatirnos, debe excitarnos a la confianza en la misericordia de Dios.

David decía a Dios: «Socorredme en mis tribulaciones»; así es cómo debemos rogar también nosotros. Señor, haced que la calamidad que actualmente nos aflige nos abra los ojos, para que abandonemos el pecado; pues, si no lo dejamos, el pecado nos arrastrará a un castigo sin fin, a una eterna condenación.
 
PREGUNTA DE REFLEXIÓN
1.       ¿Percibes que Dios te esta llamando la atención por alguna conducta anticristiana?
2.       ¿Algo te impide cambiar? ¿Qué?
 
10 MINUTOS DE MEDITACIÓN
 
Bibliografía
Avisos de la providencia en las calamidades públicas (San Alfonso María de Ligorio)
 
 
 

EL PECADO COLECTIVO Y LAS CATÁSTROFES NATURALES

       EL PECADO COLECTIVO Y LAS CATÁSTROFES NATURALES
  Desde un tiempo a esta parte, vivimos sobresaltados por el creciente número de catástrofes naturales -huracanes, terremotos, inundaciones, sequías, etc.- que rondan el mundo de hoy, y que en cualquier momento pueden golpearnos más de cerca. El hombre moderno que conquistó la luna, inventó la bomba atómica y progresó tanto del punto de vista material, se siente impotente ante aquellos hechos y se pregunta: ¿cuál es la raíz de fondo de todo ello?

El espectáculo de la desolación de los desastres naturales y la confrontación con la muerte a gran escala puede generar en el ser humano reacciones muy diferentes, dependiendo del punto de vista que se adopte. Tres son las actitudes más corrientes al abordar la cuestión: la impía, la naturalista y la sobrenatural.

Muestra típica de la primera (la impía) fue la que adoptó Voltaire, filósofo francés en su novela Cándido, escrita después del terremoto de Lisboa de 1755, en la cual satiriza la Fe católica, presentando impíamente una falsa alternativa: Si Dios existe, cuando ocurre una nueva catástrofe causando treinta mil muertos, o Dios no es bueno (porque lo quiso) o no es todopoderoso (porque no consiguió impedirla) o no existe.

¿Cuántos imitadores de Voltaire no hemos visto aparecer en la prensa, radio televisión, internet, tras el lamentable terremoto que asoló la ciudad de Pisco en el 2007?
En cuanto a la actitud naturalista de las catástrofes, lo han dado casi todos los medios de comunicación social, los organismos asistenciales, muchas personalidades de la política e incluso algunos eclesiásticos a raíz de este mismo terremoto que asolo Piso, Chincha y Cañete, y a numerosos poblados del interior.

En cuanto a la actitud sobrenatural fue, por ejemplo, la reacción del arzobispo emérito de Nueva Orleans (EEUU), Monseñor Philip Hannan quien a propósito de la catástrofe inédita que sufrió su ciudad por el paso del huracán Katrina, no dudó en declarar: “Hemos llegado a tal grado de inmoralidad nunca visto, y el castigo fue Katrina. Debemos contar a nuestra posteridad lo terrible que fue, para que ella entienda que se trató de un castigo, el cual debe mejorar nuestra moralidad.

“Como ciudadanos, somos responsables por la actitud de la nación en cuestiones sexuales, por la falta de respeto a los derechos de la familia, por el uso de drogas, por la muerte de 45 millones de niños abortados, por el comportamiento escandaloso de algunos sacerdotes. Por lo tanto, debemos comprender que ciertamente Dios tiene el derecho de castigar.

“SI me preguntasen si Dios tenía conocimiento de esto, que fue la mayor tempestad en nuestro país, diere que ciertamente. El lo permitió. Negarlo, sería una necedad tan grande como afirmar que Henry Ford no conocía el automóvil”.

Las palabras del Valeroso Arzobispo norteamericano coinciden por lo demás con las advertencias hechas por la Santísima Virgen María a los tres pastorcitos en Fátima, a respecto de los terribles castigos que vendrían sobre el mundo en caso de que la humanidad continuara ofendiendo a Dios y no atendiera sus avisos.

“Cuando veías una noche iluminada por una luz desconocida -dijo la Madre de Dios en la tercera aparición-, sabed que es la señal que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes, por medio de la guerra, el hambre y de persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre. Para impedirlo, vendrá a pedir la consagración de Rusia a mi inmaculado Corazón y la Comunión reparadora de los primeros sábados” (13-VII-1917).

En la última aparición, poco antes de producirse el milagro del sol, ella insistió una vez más: “No ofendan más a Dios Nuestro Señor ya está muy ofendido”.
Y la pequeña Jacinta Marto, en su lecho de muerte, declaró “Nuestra Señora ya no puede sostener el brazo de su amado hijo sobre el mundo. Es preciso hacer penitencia. Si la gente se enmienda, nuestro Señor perdonará al mundo; pero si no se enmienda, vendrá el castigo”.

Una explicación para este divino proceder nos lo explica San Agustín en su celebre Ciudad de Dios. El gran Doctor de Hipona afirma que, en los individuos, la felicidad en esta vida no está necesariamente vinculada a la virtud. Y esto por dos razones: primero, para que las personas no sean “virtuosas” por mero interés; y segundo, porque siendo el premio y castigo eternos en la otra vida, Dios retribuye a los buenos y a los malos el poco bien que obraron, y hace pagar a los buenos el mal que hicieron, para no tener que pagarlo en el purgatorio.

Pero, prosigue San Agustín, eso no vale para los pueblos, por que ellos no existirán en la eternidad. Entonces, las naciones solo pueden ser premiadas o castigadas aquí en la tierra por sus actos de virtud o sus actos colectivos. Y muestra cómo, tanto en la historia Sagrada como en la historia profana, la paz y la prosperidad fueron el premio de las naciones en sus periodos virtuosos; mientras que la discordia, la guerra y la miseria fueron la suerte de los pueblos en sus facetas de decadencia moral.
De ahí los Katrinas, terremotos, tsunamis y otras calamidades públicas como afirma el lúcido arzobispo emérito de Nueva Orleans.

¿Cuál es el mejor antídoto contra los pecados colectivos? La conversión de los corazones, la penitencia y la devoción sal Sagrado Corazón de María. Precisamente lo que la Santísima Virgen vino a pedir en Fátima.

PREGUNTAS DE REFLEXIÓN
1.       Analiza que pecados colectivos se cometen en nuestra nación
2.       ¿Cuál crees que es la ofensa a Dios más frecuente en los tiempos modernos?
3.       ¿Qué propones en tu comunidad para reparar las ofensas colectivas
 
Bibliografía
Del prefacio de “Sermones de esperanza para tiempos de calamidad” (San Alfonso María de Ligorio)

CONSECUENCIAS DE LA FALTA DE PERSEVERANCIA EN LOS CATÓLICOS

CONSECUENCIAS DE LA FALTA DE PERSEVERANCIA EN LOS CATÓLICOS

Por Paulo Tarsis

Para sostener la Fe es necesaria la constante perseverancia y procurar la presencia de Dios en los quehaceres cotidianos. Muchos católicos por algún motivo específico se quedan con los conocimientos básicos del catecismo escolar, no profundizan su fe, y no buscan un encuentro personal con Dios a través de los sacramentos, la oración y de las obras, lo que conlleva a estar expuestos a adquirir una fe raquítica, a caer en las tentaciones, a la confusión moral propiciada por el mundo, a la apostasía de la Fe u optar vivir sin sentido trascendente por la vida.

Sin católicos perseverantes y débiles en la Fe es imposible impregnar la tierra con la sal de Cristo. Sin la presencia del ideal católico en los distintos estamentos influyentes en la sociedad como la familia, educación, política, medios de comunicación, arte o simplemente en las relaciones humanas, esta se pervierte por la decadencia moral a todo nivel.

Sin católicos perseverantes y débiles en la Fe no se produce el trasvase de la Fe a las nuevas generaciones, las cuales quedan expuestas a la falacia de la felicidad si Dios, con las consecuencias que acarrea tener una generación sin valores, sin fundamentos sólidos ni puntos de referencia claros para poder construir un mundo mejor.

HONRA A TUS PADRES


HONRA A TUS PADRES

Sirácides Cap 3, 

Biblia Católica Latinoamericana

El Señor quiso que los hijos respetaran a su padre, estableció la autoridad de la madre sobre sus hijos. El que respeta a su padre obtiene el perdón de sus pecados; el que honra a su madre se prepara un tesoro. Sus propios hijos serán la alegría del que respeta a su padre; el día en que le implore, el Señor lo atenderá.

El que respeta a su padre tendrá larga vida; el que obedece al Señor será el consuelo de su madre. Servirá a los que le dieron la vida como si sirviera al Señor. Actúa así, honra a tu padre de palabra y de hecho, y su bendición se hará realidad para bien tuyo.

La bendición de un padre afirma la casa de sus hijos, pero la maldición de una madre la destruye hasta los cimientos. No te alegres de la deshonra de tu padre: su vergüenza nunca será motivo de gloria para ti.

El honor de un hombre depende de la reputación de su padre; cuando una madre mereció el desprecio, salieron deshonrados sus hijos. Hijo mío, cuida de tu padre cuando llegue a viejo; mientras viva, no le causes tristeza. Si se debilita su espíritu, aguántalo; no lo desprecies porque tú te sientes en la plenitud de tus fuerzas.

El bien que hayas hecho a tu padre no será olvidado; se te tomará en cuenta como una reparación de tus pecados. En el momento de la adversidad será un punto a tu favor, y tus pecados se derretirán como hielo al sol.

Abandonar a su padre es como insultar al Señor; el Señor maldice al que ha sido la desgracia de su madre. Hijo mío, actúa con tacto en todo, y serás amado por los amigos de Dios. Mientras más grande seas, más debes humillarte; así obtendrás la benevolencia del Señor. Porque si hay alguien realmente poderoso, ese es el Señor, y los humildes son los que lo honran.


LA VOLUNTAD DE DIOS

 LA VOLUNTAD DE DIOS

«La perfección de la vida cristiana consiste en la conformidad de nuestra voluntad con la de Dios, que es la soberana regla y ley de todas las acciones»

«La virtud de la devoción no es más que una general inclinación y prontitud del alma para hacer lo que se sabe agradable a Dios”

Cumplir los mandamientos es el primer deber de un alma deseosa de hacer la voluntad de Dios. Escribe san Francisco de Sales: «Antes que nada, es necesario observar los mandamientos generales de la ley de Dios y de la Iglesia, que obligan a todo fiel cristiano; y sin ello -añade- no puede haber ninguna devoción.

'«Por eso, siempre debemos procurar cumplir lo que Dios manda a todos los cristianos... y quien esto no observe cuidadosamente, sólo tendrá una devoción falsa». Y aún hay más: quien aspire a una vida fervorosa, tiene que observar los mandamientos «con prontitud y con gusto»

«Muchos cumplen los mandamientos como quien traga una medicina, más por miedo a condenarse que por el placer de vivir según la voluntad del Salvador”. Y es ésa una peculiaridad de la condición humana, que siente horror a todo lo que le es impuesto. «Y así como hay personas que, por agradable que sea un medicamento, lo toman de mala gana, sólo porque es medicamento, así hay almas que tienen horror a lo que se les manda por el hecho mismo de ser mandado.

«Eva, de cien mil frutos deliciosos, escogió el que se le había prohibido, y seguro que, si se le hubiera permitido probarlo, no se lo habría comido». "Gusto por la independencia, ciertamente, pero también debilidad de nuestra naturaleza, que se asusta a veces de las exigencias de los mandamientos. Si tuviéramos verdadero amor de Dios, las dificultades, en vez de echarnos para atrás, aumentarían nuestro ánimo y convertirían en dulce y agradable lo que nos parece áspero y molesto.

«Además de los mandamientos generales -escribe san Francisco de Sales-, hay que cumplir exactamente los mandamientos particulares que nuestra vocación nos impone», porque también ellos son expresión de la voluntad divina.

Si yo permaneciera toda la semana en oración, si ayunara toda mi vida, pero no visitase a las mías, me perdería. Si una persona casada hiciera milagros, pero no cumpliese sus deberes matrimoniales para con su cónyuge, o no cuidase de sus hijos, sería peor que un infiel, dice san Pablo».

Esta es una verdad que es necesario profundizar: nuestra vocación y sus deberes son queridos por Dios. Pero ¿nos consagramos verdaderamente a los deberes de nuestro estado de vida para agradar a Dios?

«Todos los días pedimos a Dios que se haga su voluntad, y, cuando llega el momento de cumplirla, ¡cuánto trabajo nos cuesta!

Nos ofrecemos al Señor, le repetimos: Señor, soy todo vuestro, aquí tenéis mi corazón. Pero cuando quiere servirse de él, ¡somos tan cobardes! ¿Cómo podemos decirle que somos suyos, si no queremos acomodar nuestra voluntad a la de Él?»

''Tengamos en cuenta, además, que esos «mandamientos particulares de nuestra vocación», son, al igual que los generales, «dulces, agradables y suaves». «¿Qué es, pues, lo que nos los hace molestos? En realidad, solamente nuestra propia voluntad, que quiere reinar en nosotros al precio que sea... Queremos servir a Dios, pero haciendo nuestra voluntad y no la suya. No nos corresponde a nosotros escoger a nuestro gusto; tenemos que ver lo que Dios quiere, y si Él quiere que yo le sirva en una cosa, no debo servirle en otra». Pero eso no hasta. Una persona fervorosa, «devota», como dice San Francisco de Sales, debe cumplir sus deberes, todos sus deberes, con amor y con gozo.

«Esto no es todo -continúa san Francisco de Sales-, sino que, para ser devoto, no sólo hay que querer cumplir la voluntad de Dios, sino hacerlo con alegría. Si yo no fuera obispo, quizá no querría serlo, por saber lo que sé; pero, puesto que lo soy, no solamente estoy obligado a hacer todo lo que esa penosa vocación exige, sino que debo hacerlo con gozo, y complacerme en ello y sentir agrado.

Es lo que dice san Pablo: que cada uno permanezca en su vocación ante Dios. No tenemos que llevar la cruz de los demás, sino la nuestra, y para poderla llevar, quiere nuestro Señor que cada uno se renuncie a sí mismo, es decir, a su propia voluntad. Es una tentación decir: Yo quisiera esto y lo otro, yo preferiría estar aquí o allá. Nuestro Señor sabe bien lo que hace; hagamos lo que Él quiere y quedémonos donde Él nos ha puesto»."

Y es que, efectivamente, nos sucede que no queremos aceptar nuestra vocación e intentamos huir de ella. ¿Es quizá la prosaica monotonía de la vida cotidiana, para la que tanta paciencia necesitamos; o el gris descolorido de nuestras jornadas, que exaspera nuestros nervios y nos hace soñar con otra situación más fácil que podría darnos la sensación de que estábamos en nuestro lugar y, libres de irritantes servidumbres, podríamos, por fin, ¿lograr la felicidad?

Todo eso es un vano sueño que corre el riesgo de ser peligroso, porque nos hace imaginar un estado de vida que no es el que Dios ha querido para nosotros. «Es cierto -escribía san Francisco de Sales- que nada nos impide tanto perfeccionarnos en nuestra vocación como aspirar a otra; porque, en vez de trabajar en el campo propio, enviamos nuestros bueyes y nuestro arado al campo del vecino, donde ciertamente no cosecharemos este año. Y todo eso es una pérdida de tiempo, pues es imposible que, teniendo puestos nuestros pensamientos y esperanzas en otra parte, podamos aplicarnos a conseguir las virtudes requeridas para el lugar en que nos encontramos».

La dispersión del corazón es siempre peligrosa: tener el corazón en un lugar y el deber en otro»

“Os ruego encarecidamente que seáis fiel en practicar la aceptación y dependencia de vuestro estado”

PREGUNTAS PARA COMPARTIR Y REFLEXIONAR:

1.     ¿Haces la voluntad de Dios en tu vida cotidiana?

¿Cómo Dios te hace saber su voluntad

LA EDUCACIÓN ES UNA OPERACIÓN SOBRE EL ALMA

 LA EDUCACIÓN ES UNA OPERACIÓN SOBRE EL ALMA


El hombre a comparación de los animales está prácticamente desnudo en la naturaleza: sin pelaje que lo abrigue, sin garras que lo defiendan de sus enemigos, sin alas que le hagan volar, el hombre no tiene nada de eso. Pero Se le ha concedido la inteligencia para fabricarse con sus propias manos, un abrigo, una lanza o unas alas para defenderse, conseguir alimento y escapar de sus enemigos.

El hombre depende del conocimiento para construir y fabricar sus herramientas para modificar su entorno. El hombre depende del conocimiento para poder conocer lo que lo rodea. No basta la sola experiencia, lo debe aprender de alguien que tiene más experiencia y conocimiento de la realidad; por ello el conocimiento es un legado que debe transmitirse entre seres humanos.

El ser humano solo no pudo haber sobrevivido hasta nuestros días. El ser humano sin la ayuda del grupo es una de las creaturas más indefensas sobre la tierra, no hubiera podido adaptarse a todos los cambios en nuestro planeta.

Al llegar a un grupo social que ya posee conocimientos puede convertirse en la creatura más poderosa de todas, sin embargo, para ella deberá aprender.

La educación separa al hombre de la bestia. “Educar” en latín de forma literal significa “conducir fuera de uno mismo”. La educación es una apertura a lo que está más allá de uno mismo, a todas aquellas cosas que parecen automáticamente ante nosotros.

Para conducir a otro hace falta que otro le facilite dicha conducción.

La educación es una operación sobre el alma. Condiciona la vida entera de la persona. Las dimensiones morales y políticas que la educación involucra repercuten sobre el alma. Pero hace tiempo hemos perdido esto de vista. Redijimos la educación a una pobrísima instrucción técnica, concebida exclusivamente para satisfacer la necesidades y deseos del cuerpo.

El filósofo Sócrates decía que era un peligro exponer el alma a cualquiera, es decir que tiene un riesgo tremendo que cualquiera tome las riendas de la enseñanza.

Santo Tomas decía que la educación era la conducción y promoción de la persona al estado perfecto del hombre. Decía también que “está claro que Dios es quien interior y principalmente enseña”, sin embargo, la aplicación de esos principios debe ser enseñada por alguien.

La virtud es la única cosa difícil y esencial en la enseñanza, y no una atrevida petulancia, o una habilidad para desenvolverse. El bien sólido y substancial el preceptor debe convertir en objetivo de sus lecturas y de sus conversaciones. La labor y el arte de enseñar debe llenar el espíritu y consagrarse a conseguirlo, para transmitir al que está aprendiendo su fuerza y su alegría.

Con la educación se enseñan los principios morales, se enseña a confiar en los padres y en Dios. Con la educación se aprende a rezar, a dominar las pasiones y pedir la gracia a Dios para poder vencer la tentación y levantarse de las caídas.

Hoy en día hablar de Dios y de moral, suena poco menos que a represión. Bueno es negar el sentido moral concreto. Malo es decir que el valor moral en concreto resulta perjudicial para el hombre.

La enajenación moral en la actualidad plantea que “todo vale lo mismo”. La moral que permitía mantener unido al grupo y dando estabilidad a las expectativas sociales ha sido despojada de la dimensión del deber. El actual hundimiento de las sociedades es, en gran medida, efecto de la desaparición de la moral. Las morales tradicionales de raigambre teológica, se articularon en torno a un sentido fuerte del deber. Los derechos son acompañados de obligaciones que constituyen la contracara de la misma moneda.

No hay progreso sino se educan los deberes del hombre. El estado se ha convertido en un apañador cuya única obligación es la exaltación del deseo. Solo gozar y divertirse en el objetivo de la masa.

Si no hay sentido del deber la sociedad no se articula ni se estabiliza, surge fricción entre sus miembros carentes de valores. Sin un sentido moral de la existencia al quitar a Dios de su perspectiva; la sociedad entra en conflicto: corrupción, delincuencia, políticos egoístas, padres e hijos indiferentes, violencia, individualismo… la sociedad se deshumaniza.

La transmisión de conocimientos y valores requiere que el transmisor procure virtudes en su persona y tener a Dios como punto de referencia tanto de obra como en la contemplación.

La crisis de valores en la actualidad aleja al hombre de la verdad y lo deja solo para que actúe y juzgue según le parezca a través de un Like.

 PREGUNTAS DE REFLEXION

1.    ¿Cuál es la función de la parroquia ante la crisis de valores en la actualidad?

2.   ¿Los Católicos estamos dando alternativas concretas para hacer frente a la confusión reinante en la sociedad?

3.    ¿Qué más crees que se puede hacer para hacer frente a esta realidad?

Bibliografía

Manuel Tamayo. “Educación en Ciernes”

Agustín Laje.  “Generación Idiota”

 

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