LA ORACIÓN Y COMO SACAR FRUTO DE ELLA

LA ORACIÓN Y COMO SACAR FRUTO DE ELLA


Por. Pavlusha K. Luyando Joo

Para aprovechar mejor la oración debemos recordar este fundamento: La oración no es un fin, sino un medio para nuestro aprovechamiento y perfección.

No está la perfección en sentir consolaciones o sensaciones agradables cuando estemos orando, sino en lograr la perfecta mortificación y victoria sobre nosotros mismos, que tengamos dominio sobre nuestras pasiones y apetitos. 

Cuando se nos es difícil quebrar nuestra propia voluntad y no podemos dominar nuestras malas inclinaciones es menester acudir a la oración. El fruto de la oración es que corramos con mayor prontitud por el camino de la virtud y la perfección.

Dice la Sagrada escritura en Éxodo 34,29 dice: “Cuando bajó Moisés de la montaña el Sinaí, traía en sus manos las tablas el testimonio y no sabía que su rostro se había hecho radiante desde que había estado hablando con Yahvé”, para darnos a entender que de la oración habemos de sacar esfuerzo y fortaleza para bien obrar.

En Lucas 22, 43-45 dice “Entonces se le apareció un ángel del cielo que lo reconfortaba. En medio de la angustia, él oraba más intensamente, y su sudor era como gotas de sangre que corrían hasta el suelo. Después de orar se levantó, fue hacia donde estaban sus discípulos.” Para indicarnos que la oración es un medio para vencer las dificultades que se nos presentan en el camino de la virtud.

Nuestra oración debe ser “práctica” es decir debe estar conforme a nuestras obras y debe servir para allanar nuestras dificultades y las tentaciones en el camino espiritual.

La oración es un remedio eficacísimo para todas las necesidades, y para resistir a todas las tentaciones del enemigo, porque se funda en Dios, por ello llaman a la oración omnipotente, porque puede todas las cosas. “Velad y orad para que no entrés en tentación no dice el Señor” (Mateo 24, 41).

Es importante que a la oración llevemos los puntos que debemos meditar, así como también el fruto que esperamos sacar de ella. Es decir, antes de entrar a la oración debemos identificar lo que más me impide el aprovechamiento espiritual, lo que hace más guerra a mi alma. En ello debemos insistir en la oración y sacar el remedio de lo que nos impide llegar a la virtud.

Es decir, si la inclinación a la ira es la que con mayor frecuencia es lo que más guerra me hace en el avance espiritual haciéndome caer en mayores faltas, entonces el remedio será desarraigar esa reacción llevándolo a la oración insistiendo en ello para obtener el remedio.

Ninguna pasión se puede desterrar sin la oración, eso tengámoslo bien presente. Las prácticas de control mental que frecuentemente el mundo ofrece, lo que hacen es sacar de a Dios del medio, haciendo pensar que el ser humano puede dominar sus malas inclinaciones solo. Esa idea hace que faltemos al primer mandamiento.

Ir a la oración sin preparación es como si un enfermo vaya a una farmacia a comprar medicamentos sin saber que enfermedad tiene y compra de todo lo que se le ocurra para aliviarse. No se debe ir a la deriva a la oración, debe haber un objetivo determinado con anticipación. No aprovecha la oración si no se tiene en cuenta que es lo que se tiene en mayor necesidad.

La oración debe ser constante e insistente, Dios escucha todo y le agrada que recurramos a Ël. El orar ya se convierte en un acto de humildad y de sujeción a Dios. La oración lo puede conseguir todo si es que nos conviene.

La oración es la elevación del alma a Dios o la petición a Dios de bienes convenientes” (San Juan Damasceno). La humildad es la base de la oración. Y El que se humilla es ensalzado (Lc 18, 9-14) “Nosotros no sabemos pedir como conviene” (Rm 8, 26). La humildad es una disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración, porque “el hombre es un mendigo de Dios” (San Agustín).

El esfuerzo de orar diariamente es parte muy importante de la vida cristiana. La oración es un privilegio.  Orar es hablar con Dios:  decirle y escucharle.  ¿Nos damos cuenta, entonces, el privilegio que significa que nosotros -simples creaturas- podamos dirigirnos a nuestro Creador para pedirle, para rogarle, para decirle cosas … y que Él nos escuche?

Preguntas de reflexion

1. ¿Cuánto tiempo al día le dedicas a la oración?

2. ¿Preparas los objetivos de tu oración?

3. ¿Crees que en tu vida espiritual te hace falta orar más?

Bibliografía

P. Alonso Rodríguez “Virtudes Cristianas”

Catecismo de la Iglesia Católica

Catholic.net

LA HUMILDAD

 LA HUMILDAD

Virtudes cristianas, P. Alonso Rodríguez

“Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón., y hallaréis descanso para vuestras almas». Jesucristo, maestro de todas las virtudes lo fue también de la humildad, que nos enseñó con su ejemplo y doctrina. 

Toda su santísima vida fue un continuo ejercicio de esta virtud: descendió de los cielos abatiendo su infinita grandeza, nació en un pesebre y murió humillado de una cruz, para enseñar al hombre á no ensoberbecerse. 

Y si el Hijo de Dios, igual al Padre, toma la forma de siervo y quiere ser humillado, ¿será razón que el hombre, que es polvo y ceniza, busque la grandeza, la estimación y la gloria? 

El Señor nos dijo que aprendiésemos de Él, no a fabricar los cielos y la tierra, ni a sanar los enfermos y resucitar los muertos, sino a imitar la mansedumbre y humildad de su divino corazón. 

No sólo es muy excelente la humildad, sino también muy necesaria, pues todas nuestras obras deben ir precedidas y acompañadas de esta virtud; de otra suerte, la vana complacencia y la soberbia las arruinarán del todo: querer reunir virtudes sin humildad, es como levantar un montón de polvo, que se lleva el aire. 

La humildad es la raíz y el fundamento de todas las virtudes; y así como la raíz sustenta a la flor, y cortada aquélla ésta se marchita, así las otras virtudes reciben su savia de la humildad, y si ésta se corta, aquéllas se secan muy rápido.

La raíz está debajo de la tierra, y no descubre su hermosura. Para que el árbol crezca y dure mucho tiempo, es necesario que la raíz entre en la tierra más profundamente, y así también, para que la virtud se levante a mayor elevación y sea más duradera, el hombre tiene que ir descendiendo a cada paso hasta llegar al abismo de su propia nada. 

La humildad es el cimiento de todas las virtudes. Dos cosas se necesitan para fundar bien una casa: abrir los cimientos y echar fuera todo lo movedizo, hasta llegar a la firmeza; después de esto se asientan las piedras del cimiento. Ahora bien: «en el edificio espiritual, —dice Santo Tomás, — la humildad abre los cimientos y echa fuera la arena y la tierra; su oficio es ahondar más y más, hasta llegar a terreno firme, que es Jesucristo, verdadero cimiento, fuera del cual nadie puede poner otro.  

De aquí que no son verdaderas virtudes, sino aparentes, las que no se fundan en la humildad; por esto decía Santo Tomás: «Quien anda con deseo de honra, quien huye de ser tenido en poco y le pesa si lo es, aunque haga maravillas está lejos de la perfección, porque eso es virtud sin cimiento.» 

La humildad es el fundamento de la fe, la cual pide un entendimiento humilde y rendido y que esté cautivo en obsequio de Jesucristo. 

La humildad es necesaria para conservar la fe, pues el principio de todas las herejías es la soberbia, que nos hace anteponer nuestro propio sentir al de la Iglesia. 

La esperanza se sostiene con la humildad, porque el humilde siente sus necesidades y conoce que por sí mismo no las puede remediar; por eso acude a Dios y todo lo espera de su gran bondad. 

El amor de Dios se enciende y aviva con la humildad, porque esta virtud nos enseña que todos los bienes descienden de Dios, que no los merecemos y que somos muy indignos de ellos, y esto enciende y aviva en nuestros corazones la llama de la caridad, pues vemos que a pesar de todo somos objeto de los cuidados y del afecto de nuestro Dios. Y cuanto más conozcamos la grandeza de nuestras miserias brillara más y más à nuestros ojos la bondad de Dios, y le alabaremos y le amaremos con más tierno y ardiente amor. ti. 

La humildad nos es muy necesaria para conservar el amor del prójimo, pues lo que suele enfriar este amor es juzgar las faltas de nuestros hermanos y tenerlos por imperfectos; más el humilde está bien lejos de hacerlo: ve en sí mismo sus propias faltas, y en los otros las virtudes que los adornan, y los tiene por mejores que a sí mismo. 

De aquí se sigue su estima, respeto y amor a los demás, y por esto no siente que le sean preferidos ni tiene envidia de su bien.

De la humildad nace la paciencia, porque el humilde conoce sus pecados y ve que es digno de humillación y desprecio, y cualquier trabajo lo juzga por menor del que merece. Y al revés del soberbio, que de todo se queja y juzga que en todo le faltan» aunque no sea así, el humilde a nadie resiste, y aunque le hagan injuria la humildad se la oculta, y por esto recibe con dulzura todos los trabajos e incomprensiones que le vienen de los hombres. 

De la humildad nace también la paz: entre los humildes no hay disensiones ni porfías, sino solamente deferencia y mutuo rendimiento.

La humildad es muy amiga de la pobreza evangélica, y ésta sin aquélla corre muchos peligros; pues muy fácilmente puede originarse espíritu de vanagloria y soberbia; por ser cristiano, por pertenecer a un grupo de la parroquia, por ir a misa, o por tener mayor conocimiento de las cosas., y de ahí suele venir el despreciar a los demás. 

A la castidad le es necesaria la humildad. Muchos ejemplos tenemos en la historia de tristísimas caídas en hombres que habían pasado muchos años en la penitencia y el retiro, naciendo todas ellas de falta de humildad. 

Respecto a la obediencia, quien no fuere humilde no será buen obediente, ni dejará de serlo si tuviese humildad, porque el humilde acepta lo bueno del quién es su superior o de aquel que la hace una buena observación sin ninguna resistencia ni contradicción. 

Finalmente, respecto a la oración, si no va acompañada de humildad no tiene valor, y con la humildad penetra los cielos. «La oración del que se humilla, —dice el Sabio, pasará las nubes y no descansará hasta alcanzar de Dios lo que desea.» El publicano humillándose fue justificado, y el soberbio fariseo no alcanzó perdón.

PREGUNTAS DE REFLEXIÓN

1. ¿Cuál es la frase que más te ha llamado la atención? ¿Porqué?

2. ¿Puedes poner un ejemplo en el mundo actual de falta de humildad?

3. Examínate unos segundos y responde: ¿Qué te hace caer en la soberbia más seguido?



LA VOCACIÓN Y MISIÓN DE LOS LAICOS EN LA IGLESIA CATOLICA

LA VOCACIÓN Y MISIÓN DE LOS LAICOS  EN LA IGLESIA CATOLICA

Por Pavlusha K. Luyando Joo


 Por laico se entiende a todo cristiano, excepto los miembros del orden sagrado y del estado religioso reconocido en la Iglesia. Lo laicos somos cristianos que estamos incorporados a Cristo por el bautismo, que forman el Pueblo de Dios y que participamos de las funciones de Cristo: Sacerdote, Profeta y Rey. Los laicos realizamos, según nuestra condición particular, la misión de todo el Pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo.

Los laicos tenemos como vocación propia el buscar el Reino de Dios ocupándonos de las realidades temporales y ordenándolas según Dios. De modo especial nos corresponde iluminar y ordenar toda la realidad cotidiana, de tal manera que éstas lleguen a ser según Cristo, se desarrollen y sean para alabanza de Dios.

Los laicos participamos en la misión sacerdotal de Cristo a través de todas sus obras, oraciones, tareas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo diario, el descanso espiritual y corporal, las cuales, si se realizan en el espíritu, incluso las molestias de la vida, asumidas con paciencia; todo ello se convierte en sacrificios espirituales, agradables a Dios.

De modo muy especial si somos padres participan de la misión de santificación impregnando de espíritu cristiano la vida conyugal y procurando la educación cristiana de nuestros hijos.

Los laicos, con las condiciones requeridas, podemos ser admitidos en las tareas que concierne a la parroquia. Los laicos también participamos de la misión profética de Cristo, evangelizando con el anuncio de Cristo comunicado con el testimonio de la vida y de la palabra. La evangelización de los laicos tiene una eficacia particular por el hecho de que se realiza en las condiciones generales de nuestro mundo.

Los fieles laicos idóneos y formados para ello podemos colaborar en la formación catequética, en la enseñanza de las ciencias sagrada, en los medios de comunicación social.

Tenemos el deber de manifestar a los pastores nuestra opinión sobre el bien de la Iglesia y de manifestarla a los demás fieles, con el debido respeto y salvando siempre la integridad de la fe y de las costumbres.

Los laicos participamos en la misión real de Cristo y tenemos el deber de sanear las estructuras y las condiciones del mundo, impregnando de valores morales la cultura y las realidades, podemos ser llamados a colaborar con nuestros pastores en tareas propiamente eclesiales

Todo laico es testigo e instrumento vivo de la misión de la Iglesia misma.

PREGUNTAS PARA REFLEXIÓN

1.       ¿Colaboras con alguna tarea de la parroquia?

        ¿Te comprometes en algún apostolado concreto?

2.       ¿Percibes que te falta mayor compromiso en la parroquia?

Bibliografía

Catecismo de la Iglesia Católica

 

 

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