SANTIFICACIÓN DEL TRABAJO Y CRISTIANIZACIÓN DE LA SOCIEDAD

 SANTIFICACIÓN DEL TRABAJO Y CRISTIANIZACIÓN DE LA SOCIEDAD


Aunque todos estamos llamados a transformar la sociedad según el querer de Dios, muchos no saben cómo hacerlo. Piensan que esa tarea depende casi exclusivamente de quienes gobiernan o tienen capacidad de influir por su posición social o económica y que ellos sólo pueden hacer de espectadores: aplaudir o silbar, pero sin entrar en el terreno de juego, sin intervenir en el partido. No ha de ser esa la actitud del cristiano, porque no responde a la realidad de su vocación. 

«Quiere el Señor que seamos nosotros, los cristianos —porque tenemos la responsabilidad sobrenatural de cooperar con el poder de Dios, ya que El así lo ha dispuesto en su misericordia infinita—, quienes procuremos restablecer el orden quebrantado y devolver a las estructuras temporales, en todas las naciones, su función natural de instrumento para el progreso de la humanidad, y su función sobrenatural de medio para llegar a Dios, para la Redención». 

No somos espectadores. Al contrario, es misión específica de los laicos santificar el mundo «desde dentro»: «orientar con sentido cristiano las profesiones, las instituciones y las estructuras humanas». Como enseña el Concilio Vaticano II, los laicos han de «iluminar y ordenar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen constantemente según Cristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y del Redentor». 

En una palabra: «cristianizar desde dentro el mundo entero, mostrando que Jesucristo ha redimido a toda la humanidad: ésa es la misión del cristiano». Y para esto los cristianos tenemos el poder necesario, aunque no tengamos poder humano. 

Nuestra fuerza es la oración y las obras convertidas en oración.  «La oración es el arma más poderosa del cristiano. La oración nos hace eficaces. La oración nos hace felices. La oración nos da toda la fuerza necesaria, para cumplir los mandatos de Dios». Concretamente, el arma específica que poseen la mayoría de cristianos para transformar la sociedad es el trabajo convertido en oración. No simplemente el trabajo, sino el trabajo santificado.

Cristianizar la sociedad no es otra cosa que liberarla de, por una parte, de las estructuras de pecado —por ejemplo, de las leyes injustas y de las costumbres contrarias a la ley moral—, y por otra, más a fondo, procurar que las relaciones humanas estén presididas por el amor de Cristo, y no viciadas por el egoísmo de la concupiscencia, la violencia y la injusticia. «Esta es tu tarea de ciudadano cristiano: contribuir a que el amor y la libertad de Cristo presidan todas las manifestaciones de la vida moderna: la cultura y la economía, el trabajo y el descanso, la vida de familia y la convivencia social».

«Esfuérzate para que las instituciones y las estructuras humanas, en las que trabajas y te mueves con pleno derecho de ciudadano, se conformen con los principios que rigen una concepción cristiana de la vida. Así, no lo dudes, aseguras a los hombres los medios para vivir de acuerdo con su dignidad, y facilitarás a muchas almas que, con la gracia de Dios, puedan responder personalmente a la vocación cristiana». Se trata de «sanear las estructuras y los ambientes del mundo (…) de modo que favorezcan la práctica de las virtudes en vez de impedirla» (San J. María Escrivá)

Preguntas de reflexión

1. ¿Qué haces de forma concreta para cristianizar la sociedad?

2. ¿De que forma podrías contribuir a cristianizarla más la sociedad?

Bibliografía

Díaz Javier López, TRABAJAR BIEN, TRABAJAR POR AMOR, EDUSC, Oficina de Información 

del Opus Dei, 2016


UNIDAD DE VIDA EN LA PROFESIÓN

UNIDAD DE VIDA EN LA PROFESIÓN

«Todo trabajo honrado puede ser oración; y todo trabajo, que es oración, es apostolado. De este modo el alma se enrecia en una unidad de vida sencilla y fuerte»

. Trabajo, oración, apostolado: tres términos que, para quien se sabe hijo de Dios no resultan ámbitos diversos, porque se van fundiendo en la vida como notas de un acorde hasta componer una partitura armónica.

En la actividad profesional hay tres aspectos que conviene examinar con atención para alcanzar la armonía de la unidad de vida: la intención, el criterio y la conducta coherente con ambos.

Rectitud de intención: La unidad de vida en el trabajo profesional depende, en primer lugar, de la rectitud de intención: de la clara y firme decisión de trabajar por amor a Dios, no por ambición u otra forma de egoísmo; de cara a Dios y buscando su gloria, no de cara a los hombres y buscando la propia gloria, la satisfacción personal o la admiración de los demás.

«Nadie puede servir a dos señores». No podemos admitir componendas, no pueden convivir en el corazón «una vela encendida a San Miguel, y otra al diablo». La intención debe ser transparente. Sin embargo, es posible experimentar que, aun queriendo vivir para la gloria de Dios, la rectitud de la voluntad fácilmente se tuerce en las acciones concretas, en las que junto a motivos santos se pueden encontrar muchas veces aspiraciones menos claras.

Por eso, se aconseja purificar la voluntad, rectificando constantemente la intención. «Rectificar. —Cada día un poco. —Esta es tu labor constante si de veras quieres hacerte santo» (San J. María Escrivá)

Quien trabaja con rectitud de intención procura realizar bien su tarea siempre. No trabaja de un modo cuando los demás le ven y de otro cuando nadie le ve. Sabe que le mira Dios y por eso trata de cumplir su deber con perfección, como a Él le agrada.

Cuida detalles de orden, de laboriosidad, de espíritu de pobreza…, también si nadie lo advierte o si se encuentra sin ganas. En los días grises de labor corriente, cuando la monotonía amenaza, un hijo de Dios se esfuerza en poner las últimas piedras por amor, y su trabajo se convierte así en oración.

Los momentos de éxito o de fracaso ponen a prueba la calidad de nuestra intención, ante la tentación del envanecimiento o ante el desánimo. San Josemaría enseña a prepararse para esas circunstancias, que podrían conducir al repliegue sobre uno mismo, torciendo el querer de la voluntad. «Has de permanecer vigilante, para que tus éxitos profesionales o tus fracasos —¡que vendrán!— no te hagan olvidar, aunque sólo sea momentáneamente, cuál es el verdadero fin de tu trabajo: ¡la gloria de Dios!

Para fortalecer la rectitud de intención, verdadero pilar de la unidad de vida, es necesario buscar la presencia de Dios en el trabajo —ofrecerlo al comenzar, renovar ese ofrecimiento cuando sea posible, dar gracias al terminar…— y procurar que las prácticas de piedad, sobre todo la Santa Misa si nos es posible asistir, se dilaten a lo largo de la jornada en un trato continuo con el Señor. Olvidarse de Dios en la profesión indica poca unidad de vida y no simplemente un carácter distraído: quien ama de veras no se olvida del amado.

Cuando hay unidad de vida es lógico que se note, con naturalidad, a nuestro alrededor. Quien ocultase su condición de cristiano por miedo a que le encasillen, o por timidez o por vergüenza, quebraría la unidad de vida, no podría ser sal y luz, sus obras serían estériles en orden a la vida sobrenatural.

Es natural que los demás, en el ambiente en que se mueve un cristiano, conozcan su fe viva y operante. Con mayor razón ha de resultar fácilmente reconocible, por contraste, en una sociedad en la que predominan el materialismo y el hedonismo. Si pasara largo tiempo inadvertida, no sería por naturalidad sino por doble vida. Esto es lo que sucede tristemente en quienes relegan la fe a la vida “privada”. Esta actitud, si no es simple cobardía, si responde a la idea de que la fe no debe influir en la conducta profesional, refleja una mentalidad no laical sino laicista, que pretende arrojar a Dios de la vida social, y muchas veces prescindir también de la ley moral.

Es justamente lo opuesto al ideal de poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas. A esto estamos llamados los cristianos, y es bueno que muchos a nuestro alrededor lo sepan. Más aún, ciertamente el apostolado del cristiano que vive en medio del mundo debe ser de «amistad y confidencia» con los colegas de profesión, uno a uno, pero esto no excluye que a veces sea conveniente o necesario —exigencia de la unidad de vida— hablar en público y explicar las razones de una conducta moral, humana y cristiana. Las dificultades pueden ser muchas, pero la fe asiste al cristiano y le da la fortaleza que necesita para defender la verdad y ayudar a todos a descubrirla.

Preguntas de reflexión

1.       ¿Eres coherente en la unidad de vida en tu oficio o profesión?

       ¿Qué
aspectos de verías mejorar para una mejor unidad de vida

 Bibliografía

Díaz Javier López, TRABAJAR BIEN, TRABAJAR POR AMOR, EDUSC, Oficina de Información del Opus Dei, 2016

 

 

 

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