SANTIFICAR EL TRABAJO

 SANTIFICAR EL TRABAJO

Desde el comienzo de la Sagrada Escritura, en el libro del Génesis, se nos revela el sentido del trabajo. Dios, que hizo buenas todas las cosas, «quiso libremente crear un mundo “en estado de vía” hacia su perfección última», y creó al hombre ut operaretur, para que con su trabajo «prolongase en cierto modo la obra creadora y alcanzase su propia perfección». El trabajo es vocación del hombre. «Estamos llamados al trabajo desde nuestra creación»

Benedicto XVI ha hecho notar que «el mundo greco-romano no conocía ningún Dios Creador;, según su manera de pensar, no podía, por así decir, ensuciarse las manos con la creación de la materia. “Construir” el mundo quedaba reservado al demiurgo, una deidad subordinada. Muy distinto es el Dios cristiano: Él, el Uno, el verdadero y único Dios, es también el Creador. Dios trabaja; continúa trabajando en y sobre la historia de los hombres.

Así el trabajo de los hombres tenía que aparecer como una expresión especial de su semejanza con Dios y el hombre, de esta manera, tiene capacidad y puede participar en la obra de Dios en la creación del mundo».

Como consecuencia del pecado, el trabajo está ahora acompañado de fatiga y muchas veces de dolor. Pero al asumir nuestra naturaleza para salvarnos, Jesucristo ha transformado el cansancio y las dificultades en medios para manifestar el amor y la obediencia a la Voluntad divina y reparar la desobediencia del pecado.

Santificar la actividad de trabajar

San Josemaría Escrivá, nos adentra en el espléndido panorama de la santidad y del apostolado en el ejercicio de un trabajo profesional: «para la gran mayoría de los hombres, ser santo supone santificar el propio trabajo, santificarse en su trabajo, y santificar a los demás con el trabajo»

Son tres aspectos de una misma realidad, inseparables y ordenados entre sí. Lo primero es santificar —hacer santo— el trabajo, la actividad de trabajar. Santificar el trabajo es hacer santa esa actividad, hacer santo el acto de la persona que trabaja. De esto dependen los otros dos aspectos, porque el trabajo santificado es también santificador: nos santifica a nosotros mismos, y es medio para la santificación de los demás y para empapar la sociedad con el espíritu cristiano. Conviene, por tanto, que nos detengamos a considerar el primer punto: qué significa hacer santo el trabajo profesional.

En el caso del trabajo profesional, hay que tener en cuenta que la actividad de trabajar tiene por objeto las realidades de este mundo —cultivar un campo, investigar una ciencia, proporcionar unos servicios…— y que, para ser humanamente buena y santificable, ha de ser ejercicio de las virtudes humanas. Pero esto no basta para que la actividad sea santa.

El trabajo se santifica cuando se realiza por amor a Dios, para darle gloria —y, en consecuencia, como Dios quiere, cumpliendo su Voluntad: practicando las virtudes cristianas informadas por la caridad—, para ofrecerlo a Dios en unión con Cristo, ya que «por Él, con Él y en Él, a Ti, Dios Padre Omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria»

«Pon un motivo sobrenatural a tu ordinaria labor profesional, y habrás santificado el trabajo». Con estas breves San José María muestra la clave de la santificación del trabajo.

La actividad humana de trabajar se santifica cuando se lleva a cabo por un motivo sobrenatural: por amor a Dios Lo decisivo no es, por tanto, que salga bien, sino que trabajemos por amor a Dios, ya que esto es lo que busca en nosotros: Dios mira el corazón.

Lo definitivo es el motivo sobrenatural, la finalidad última, la rectitud de intención , el realizar el trabajo por amor a Dios y para servir a los demás por Dios. «Se eleva así el trabajo al orden de la gracia, se santifica, se convierte en obra de Dios.

Cualidades del motivo sobrenatural

El motivo sobrenatural es sincero si influye eficaz y radicalmente en el modo de trabajar, llevando a cumplir nuestra tarea con perfección, como Dios quiere, dentro de las limitaciones personales con las que Él cuenta.

El motivo sobrenatural que hace santo el trabajo, no es algo que simplemente se yuxtapone a la actividad profesional, sino un amor a Dios y a los demás por Dios que influye radicalmente en la misma actividad, impulsando a realizarla bien, con competencia y perfección porque «no podemos ofrecer al Señor algo que, dentro de las pobres limitaciones humanas, no sea perfecto, sin tacha, efectuado atentamente también en los mínimos detalles: Dios no acepta cualquier cosa.

No presentes nada defectuoso, nos amonesta la Santa Escritura, pues no sería digno de El (Lv 22, 20). Por eso, el trabajo de cada uno, esa labor que ocupa nuestras jornadas y energías, ha de ser una ofrenda digna para el Creador, trabajo de Dios y para Dios: en una palabra, un quehacer cumplido, impecable»

Una “buena intención” que no impulsara a trabajar bien, no sería una intención buena, no sería amor a Dios. Sería una intención ineficaz y hueca, un débil deseo, que no alcanza a superar el obstáculo de la pereza o de la comodidad.

El verdadero amor se plasma en el trabajo bien hecho. Poner un motivo sobrenatural no es tampoco añadir algo santo a una actividad de trabajar bien hecha. Para santificar el trabajo no es suficiente rezar mientras se trabaja, aunque —cuando es posible hacerlo— es una señal de que se trabaja por amor a Dios, y un medio para crecer en ese amor.

Más aún, para santificar el trabajo poniendo un motivo sobrenatural, es imprescindible buscar la presencia de Dios, y muchas veces esto se concreta en actos de amor, en oraciones y en jaculatorias, ya sea con ocasión de una pausa.

La dignidad del trabajo depende de quién lo realiza

Otra consecuencia importante de que la raíz de la santificación del trabajo se encuentra en el motivo sobrenatural, es que todo trabajo profesional es santificable, desde el más brillante ante los ojos humanos hasta el más humilde, pues la santificación no depende del tipo de trabajo sino del amor a Dios con que se realiza. Basta pensar en los trabajos de Jesús, María y José en Nazaret: tareas corrientes, ordinarias, semejantes a las de millones de personas, pero realizadas con el amor más pleno y más grande.

El amor a Dios hace grandes las cosas pequeñas: los detalles de orden, de puntualidad, de servicio o de amabilidad, que contribuyen a la perfección del trabajo. «Hacedlo todo por Amor. —Así no hay cosas pequeñas: todo es grande. —La perseverancia en las cosas pequeñas, por Amor, es heroísmo».

Quien comprenda que el valor santificador del trabajo depende esencialmente del amor a Dios con que se lleva a cabo, y no de su relieve social y humano, apreciará en mucho esos detalles, especialmente los que pasan inadvertidos a los ojos de los demás, porque sólo los ve Dios.

PREGUNTAS DE REFLEXION

1.       ¿Ofreces tu trabajo a Dios y lo haces con diligencia, procurando hacerlo bien?

2.       ¿Qué harías para hacer mejor tu trabajo y ofrecerlo a Dios adecuadamente?

3.       ¿En qué momentos de tu trabajo puedes estar en presencia de Dios?

Bibliografía

TRABAJAR BIEN, TRABAJAR POR AMOR (Enseñanzas de san Josemaría Escrivá de Balaguer), Javier López Díaz

¿QUÉ OCURRE CUANDO DESCUIDAS LA ORACIÓN?

Por: Claudio de Castro - publicado el 26/08/22, Aleteia

La presencia de Dios en nuestras vidas es un misterio en el que a menudo reflexiono. Las Sagradas Escrituras, a las que acudo últimamente, nos aseguran que: «en Dios vivimos, nos movemos y existimos« (Hechos 17, 28) Esto significa que Él está siempre pendiente de nosotros, nos conoce bien, escucha nuestras oraciones. Pero lo olvidamos y nos alejamos de Dios, fuente de todo bien. Y las cosas empiezan a ir de mal en peor.


No es algo común en mí. El buen Dios, mi Dios, nuestro Dios, suele ser un gran consentidor y sentía que algo me estaba diciendo y no le escuchaba.

Había leído tiempo atrás estas palabras que se quedaron clavadas en mi corazón y me advierten cuando trabajo demasiado y comienzo a alejarme de Dios. «A veces olvidamos a Jesús por hacer las cosas de Jesús». Inmediatamente comprendí. Debía orar.

Si descuidas tu oración pierdes tu cercanía con Dios y eso es terrible, de espanto.

Me tomé un tiempo para retomar mi oración diaria. Volví a visitar a Jesús en el Sagrario y a rezar el Rosario en el patio interior de mi casa. Y todo volvió a ser como antes, retornó la normalidad, la presencia amorosa de Dios, la serenidad, esa paz interior que sabes que no es de este mundo.

Suelo decirte en mis escritos esta frase que una vez escuché a un sacerdote: «Sin la oración estamos perdidos».  Es fundamental para nuestra salud espiritual y nuestra cercanía con Dios «orar siempre sin desfallecer», como nos pedía Jesús.

El demonio sabe que si no rezas podrás caer con facilidad en sus múltiples tentaciones de la carne, los malos deseos, la pornografía, los vicios, el robo, el orgullo, la codicia; por eso hace todo lo que puede para desanimarte y que no reces.


 ¿Qué es la oración?

¿Te has preguntado alguna vez por qué es tan importante rezar y fortalecer con los sacramentos nuestras almas? Primero veamos lo que es la oración. Debes saberlo y estar consciente de ello para comprender su urgente necesidad.

Decía santa Teresita del Niño Jesús en su maravillosa obra Historia de un Alma: «Para mí, la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como en la alegría».

 Y, ¿qué nos indica el Catecismo de la Iglesia Católica?

2559 «La oración es la elevación del alma a Dios o la petición a Dios de bienes convenientes» (San Juan Damasceno) ¿Desde dónde hablamos cuando oramos? ¿Desde la altura de nuestro orgullo y de nuestra propia voluntad, o desde «lo más profundo» (Sal 130, 1) de un corazón humilde y contrito? El que se humilla es ensalzado (cf Lc 18, 9-14)».

La humildad es la base de la oración. «Nosotros no sabemos pedir como conviene» (Rm 8, 26). La humildad es una disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración: el hombre es un mendigo de Dios (San Agustín).

El Papa Francisco en uno de sus tuits )oct 30, 2021) ha dicho sabiamente: «Cuando rezamos, nunca lo hacemos solos: aunque no lo pensemos, estamos inmersos en un majestuoso río de invocaciones que nos precede y continúa después de nosotros».

¿Cómo va tu oración cotidiana? Tal vez descuidaste la oración o no rezas como debes o piensas que no vale la pena porque Dios no te escucha.

Haz la prueba retorna a la oración fervorosa, esa que te permite experimentar la presencia de Dios y luego me cuentas. He visto cómo la oración nos ayuda a salir adelante y a encontrar respuestas a muchas inquietudes.

LAS PRÁCTICAS DE DEVOCIÓN EXTERIOR DE NADA SIRVEN SI NO SE ARROJA DEL ALMA EL PECADO

      LAS PRÁCTICAS DE DEVOCIÓN EXTERIOR DE NADA SIRVEN SI NO SE ARROJA DEL ALMA EL PECADO


Dios manda a Jonás que vaya a predicar a Nínive; el profeta desobedece al Señor, y se embarca para ir a Tarsis. Se levanta súbitamente una furiosa tormenta, que amenaza sumergir el navío. Advirtiendo Jonás que la tempestad no había sobrevenido sino para castigarle, dice a los marineros: arrojadme al mar. Los marineros echaron al profeta al mar, y se calmó la tempestad.

 Si Jonás no hubiese sido arrojado al mar, la tempestad no hubiera cesado. Induzcamos con este ejemplo que, si no expulsamos el pecado de nuestros corazones, no cesará la tormenta, esto es, la calamidad. Nuestros pecados son los vientos funestos que excitan las tempestades, y que nos hacen naufragar (Is 64, 6).

Mientras nos afligen las calamidades hacemos penitencias exteriores, novenas, procesiones, exposiciones del Santísimo Sacramento; más, si no nos corregimos, todo esto ¿de qué sirve? Todas vuestras devociones son poco menos que inútiles cuando no abandonamos el pecado, porque estas devociones no aplacan a Dios. Si queremos aplacar al Señor, preciso es que alejemos la causa de su cólera; debernos alejar el pecado.

El paralítico pedía a Jesucristo la salud; más el Salvador, antes de curarle de la enfermedad del cuerpo, le curó de la del alma: le concedió el dolor de sus pecados, y le dijo en seguida que ya estaban perdonados. El Señor aleja ante todo la causa de la enfermedad, dice Santo Tomás; es decir, los pecados, y luego después cura la enfermedad. La raíz del mal es el pecado: así el Señor, después que hubo curado aquel paralítico, le dijo: Guárdate, hijo mío, de pecar de nuevo; porque, si pecas, volverás a caer enfermo más de lo que estabas. Esta es la advertencia que da el Eclesiástico (Eccl 39, 9).

Es menester primeramente dirigirse al médico del alma a fin de que os libre del pecado, y en seguida recurrir al médico del cuerpo a fin de que os libre de la enfermedad. En una palabra, el pecado, o mejor nuestra obstinación en el pecado, es el origen de todos nuestros castigos, dice San Basilio (In c. IX, Is.) Nosotros hemos ofendido al Señor, y no queremos de ello arrepentirnos. Preciso es escucharle cuando nos llama con la voz de las calamidades, pues de lo contrario se verá precisado a lanzar contra nosotros sus castigos (Deut 28, 15).

Cuando ofendemos a Dios, provocamos a todas las criaturas a que se vuelvan contra nosotros. Cuando un esclavo se rebela contra su amo, dice San Anselmo, excita contra sí no solamente la cólera de su amo, sino también la de toda su familia; así, cuando ofendemos a Dios, llamamos a todas las criaturas para que nos aflijan. Irritamos sobre todo contra nosotros —dice San Gregorio- las criaturas de que nos servimos para ofender a Dios.

La misericordia de Dios impide que estas criaturas no nos destruyan; más, cuando ve que despreciamos sus amenazas y que continuamos pecando, se sirve de estas criaturas para que cesen los insultos que le hacemos (Sab 5,20). Si no aplacamos al Señor corrigiéndonos, no podremos substraernos del castigo. ¿Hay locura mayor, dice San Gregorio, que figurarse que Dios cesará de castigarnos en tanto que no queremos cesar de ofenderte?

Se asiste a la iglesia, se va al sermón; mas no nos acercamos a la confesión, no queremos mudar de vida. ¿Cómo queremos ser librados de las calamidades, si no alejamos la causa de ellas? No cesando de irritar al Señor, ¿a qué admirarse de que el Señor no cese de afligiros? ¿Creéis que el Señor se aplaca viéndoos practicar alguna obra exterior de piedad, sin pensar por otra parte en arrepentiros de vuestras faltas, sin restablecer el honor que habéis mancillado, sin restituir lo que habéis robado, sin alejaros, en fin, de estas ocasiones que os alejan del Señor? No os burléis del Señor, dice el profeta Isaías (Is 28, 27), pues esto sería redoblar las cadenas que os arrastran al Infierno.

Preciso es cambiar el odio en dulzura, y la intemperancia en sobriedad: menester es observar los ayunos mandados por la Iglesia; menester es abstenerse de esta cantidad de vino que abate al hombre hasta el nivel del bruto; menester es huir las ocasiones. Si queréis producir frutos dignos de penitencia, debéis aplicaros a servir a Dios con tanto mayor fervor, cuanto más le habréis ofendido (Rom 6, 19) Esto es lo que hicieron Santa María Magdalena, San Agustín, y otros Santos.

Se dice normalmente: María nos ayudará, nuestros santos patronos nos librarán; imposible es que los santos nos ayuden cuando no queremos librarnos del pecado. Los santos son los amigos de Dios, y por esto mismo están muy distantes de inclinarse a proteger los pecadores obstinados.

Temblemos, pues: el Señor ha publicado ya la sentencia que condena al fuego todos los árboles sin fruto. ¿Cuántos años hace que estáis en el mundo? ¿Qué frutos de buenas obras habéis producido hasta ahora? ¿Qué honor habéis dado a Dios con vuestra conducta? Vos no habéis cesado de amontonar pecados a pecados, desprecios a desprecios, insultos a insultos; éste es todo el fruto que habéis dado; éste es todo el honor que habéis tributado al Señor. A pesar de todo, Dios quiere concederos aún el tiempo para corregiros, para llorar vuestros pecados, para amarle durante el resto de vuestra vida.

TAREA A REALIZAR

1.   Haz un examen de conciencia

      Pide perdón de corazón por los pecados cometidos


Bibliografía

Avisos de la providencia en las calamidades públicas (San Alfonso María de Ligorio)


DIOS NOS AMENAZA PARA SUBSTRAERNOS DEL CASTIGO

 DIOS NOS AMENAZA PARA SUBSTRAERNOS DEL CASTIGO

Así se explica Dios cuando habla de castigos y de venganzas; dice que su justicia le obliga a responder a sus enemigos. Mas observadlo atentamente y repararéis que, aun amenazándonos, parece dar muestras de su dolor en verse forzado a castigar criaturas que Él ha amado hasta rescatarlas al precio de su vida.
Este Dios, que es el Padre de las misericordias y que tanto nos ama, lejos de complacerse en atormentarnos, está, muy al contrario, mucho más dispuesto a perdonarnos y a consolarnos (Jerem 29, 11).

Si así es, se dirá, ¿por qué nos castiga Dios? O, a lo menos, ¿por qué parece que quiere castigarnos? ¿Por qué, decís? No por otra razón, sino porque quiere usar de misericordia con nosotros. Su cólera actual no es sino paciencia y misericordia.
Si el Señor se muestra irritado, no es para castigarnos, sino para que renunciemos al pecado y pueda El entonces perdonarnos: Dios amenaza castigarnos para substraernos del castigo.

No nos amenaza ciertamente porque se halle en la impotencia de castigarnos, pues puede todo lo que quiere, sino que tiene paciencia para que nos arrepintamos y evitemos el castigo (Sab 9, 11).
No nos amenaza por odio que nos tenga, ni para que nos atormente el temor. Dios amenaza por amor, a fin de que nos convirtamos y escapemos del castigo; amenaza porque no nos quiere perdidos; en una palabra, porque ama nuestras almas (II Pedro 3, 9).

Dios amenaza, es verdad; pero, sin embargo, espera, suspende el castigo, porque no quiere que nos condenemos, pero sí que nos corrijamos (Sab 9, 27)

Las amenazas del Señor, pues, no son sino efecto de la bondad y de la ternura; hácenos percibir la voz de su amor para librarnos de las penas que hemos merecido. Cuarenta días pasarán aún, exclamó Jonás, y Nínive será destruida (Juan 5, 4) ¡Desventurada Nínive! Llegó ya el tiempo de tu castigo, yo te lo anuncio de parte del Señor. Dentro de cuarenta días, tu ciudad quedará aniquilada y no existirá ya más en el mundo. Nínive hizo penitencia, y no fue castigada (Juan III, 10).

La desgracia que el Señor hacía anunciar a Nínive no era, según San Basilio, una profecía, sino una simple amenaza, por cuyo medio quería convertir aquella ciudad. Dios se manifiesta con frecuencia irritado, porque quiere ser misericordioso con nosotros; nos amenaza, no para castigarnos, sino para hacernos evitar el castigo. Cuando alguno nos clama ¡guardaos!, añade San Agustín, no tiene intención de dañarnos. Así es precisamente como Dios se porta con nosotros.

Él amenaza, dice San Jerónimo, no para infligirnos la pena, sino para librarnos de ella si el aviso basta para corregirnos. ¡Oh Dios mío! Cuanto más dispuesto estáis a salvarnos, entonces es cuando parece que os enconáis contra nosotros; más vuestras amenazas no tienen otro objeto que hacernos arrepentirnos de nuestros pecados. Podría el Señor castigarnos de improviso, haciéndonos morir súbitamente, sin concedernos el tiempo de hacer penitencia; pero nos muestra anticipadamente su enojo, para que nos arrepintamos y evitemos el castigo.

Observa San Jerónimo que Dios no aborrece el hombre, sino su pecado; y añade San Crisóstomo que Dios llega hasta olvidar nuestros pecados, cuando nosotros nos acordamos de ellos; es decir, que cuando, después de habernos humillado, nos corregimos y le pedimos perdón, nos lo concede según su promesa. Mas, para corregirnos, es menester que temamos el castigo; pues sin esto no mudaremos de vida.

Verdad es que Dios protege al que espera en su misericordia (Salmo 17, 51); más esta esperanza no debe ser destituida de temor; porque la esperanza que no va acompañada de temor degenera en presunción y en temeridad (Salmo 113, 19).

Se halla muy a menudo en la Escritura que el Señor habla de la severidad de los juicios, del Infierno y del gran número de desgraciados que se precipitan en él (Lc 12, 4; Mat 7, 13) Y ¿por qué? Porque quiere que el temor nos arranque a los vicios, a las pasiones y a las ocasiones peligrosas, y que podamos por este medio esperar la salud.

Un piadoso temor de Dios santifica al hombre; así David pedía al Señor la gracia de temer, a fin de que el temor destruyese en él las afecciones de la carne (Salmo 108, 120) Debemos temer, pues, con motivo de nuestras faltas; más este temor, en vez de abatirnos, debe excitarnos a la confianza en la misericordia de Dios.

David decía a Dios: «Socorredme en mis tribulaciones»; así es cómo debemos rogar también nosotros. Señor, haced que la calamidad que actualmente nos aflige nos abra los ojos, para que abandonemos el pecado; pues, si no lo dejamos, el pecado nos arrastrará a un castigo sin fin, a una eterna condenación.
 
PREGUNTA DE REFLEXIÓN
1.       ¿Percibes que Dios te esta llamando la atención por alguna conducta anticristiana?
2.       ¿Algo te impide cambiar? ¿Qué?
 
10 MINUTOS DE MEDITACIÓN
 
Bibliografía
Avisos de la providencia en las calamidades públicas (San Alfonso María de Ligorio)
 
 
 

EL PECADO COLECTIVO Y LAS CATÁSTROFES NATURALES

       EL PECADO COLECTIVO Y LAS CATÁSTROFES NATURALES
  Desde un tiempo a esta parte, vivimos sobresaltados por el creciente número de catástrofes naturales -huracanes, terremotos, inundaciones, sequías, etc.- que rondan el mundo de hoy, y que en cualquier momento pueden golpearnos más de cerca. El hombre moderno que conquistó la luna, inventó la bomba atómica y progresó tanto del punto de vista material, se siente impotente ante aquellos hechos y se pregunta: ¿cuál es la raíz de fondo de todo ello?

El espectáculo de la desolación de los desastres naturales y la confrontación con la muerte a gran escala puede generar en el ser humano reacciones muy diferentes, dependiendo del punto de vista que se adopte. Tres son las actitudes más corrientes al abordar la cuestión: la impía, la naturalista y la sobrenatural.

Muestra típica de la primera (la impía) fue la que adoptó Voltaire, filósofo francés en su novela Cándido, escrita después del terremoto de Lisboa de 1755, en la cual satiriza la Fe católica, presentando impíamente una falsa alternativa: Si Dios existe, cuando ocurre una nueva catástrofe causando treinta mil muertos, o Dios no es bueno (porque lo quiso) o no es todopoderoso (porque no consiguió impedirla) o no existe.

¿Cuántos imitadores de Voltaire no hemos visto aparecer en la prensa, radio televisión, internet, tras el lamentable terremoto que asoló la ciudad de Pisco en el 2007?
En cuanto a la actitud naturalista de las catástrofes, lo han dado casi todos los medios de comunicación social, los organismos asistenciales, muchas personalidades de la política e incluso algunos eclesiásticos a raíz de este mismo terremoto que asolo Piso, Chincha y Cañete, y a numerosos poblados del interior.

En cuanto a la actitud sobrenatural fue, por ejemplo, la reacción del arzobispo emérito de Nueva Orleans (EEUU), Monseñor Philip Hannan quien a propósito de la catástrofe inédita que sufrió su ciudad por el paso del huracán Katrina, no dudó en declarar: “Hemos llegado a tal grado de inmoralidad nunca visto, y el castigo fue Katrina. Debemos contar a nuestra posteridad lo terrible que fue, para que ella entienda que se trató de un castigo, el cual debe mejorar nuestra moralidad.

“Como ciudadanos, somos responsables por la actitud de la nación en cuestiones sexuales, por la falta de respeto a los derechos de la familia, por el uso de drogas, por la muerte de 45 millones de niños abortados, por el comportamiento escandaloso de algunos sacerdotes. Por lo tanto, debemos comprender que ciertamente Dios tiene el derecho de castigar.

“SI me preguntasen si Dios tenía conocimiento de esto, que fue la mayor tempestad en nuestro país, diere que ciertamente. El lo permitió. Negarlo, sería una necedad tan grande como afirmar que Henry Ford no conocía el automóvil”.

Las palabras del Valeroso Arzobispo norteamericano coinciden por lo demás con las advertencias hechas por la Santísima Virgen María a los tres pastorcitos en Fátima, a respecto de los terribles castigos que vendrían sobre el mundo en caso de que la humanidad continuara ofendiendo a Dios y no atendiera sus avisos.

“Cuando veías una noche iluminada por una luz desconocida -dijo la Madre de Dios en la tercera aparición-, sabed que es la señal que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes, por medio de la guerra, el hambre y de persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre. Para impedirlo, vendrá a pedir la consagración de Rusia a mi inmaculado Corazón y la Comunión reparadora de los primeros sábados” (13-VII-1917).

En la última aparición, poco antes de producirse el milagro del sol, ella insistió una vez más: “No ofendan más a Dios Nuestro Señor ya está muy ofendido”.
Y la pequeña Jacinta Marto, en su lecho de muerte, declaró “Nuestra Señora ya no puede sostener el brazo de su amado hijo sobre el mundo. Es preciso hacer penitencia. Si la gente se enmienda, nuestro Señor perdonará al mundo; pero si no se enmienda, vendrá el castigo”.

Una explicación para este divino proceder nos lo explica San Agustín en su celebre Ciudad de Dios. El gran Doctor de Hipona afirma que, en los individuos, la felicidad en esta vida no está necesariamente vinculada a la virtud. Y esto por dos razones: primero, para que las personas no sean “virtuosas” por mero interés; y segundo, porque siendo el premio y castigo eternos en la otra vida, Dios retribuye a los buenos y a los malos el poco bien que obraron, y hace pagar a los buenos el mal que hicieron, para no tener que pagarlo en el purgatorio.

Pero, prosigue San Agustín, eso no vale para los pueblos, por que ellos no existirán en la eternidad. Entonces, las naciones solo pueden ser premiadas o castigadas aquí en la tierra por sus actos de virtud o sus actos colectivos. Y muestra cómo, tanto en la historia Sagrada como en la historia profana, la paz y la prosperidad fueron el premio de las naciones en sus periodos virtuosos; mientras que la discordia, la guerra y la miseria fueron la suerte de los pueblos en sus facetas de decadencia moral.
De ahí los Katrinas, terremotos, tsunamis y otras calamidades públicas como afirma el lúcido arzobispo emérito de Nueva Orleans.

¿Cuál es el mejor antídoto contra los pecados colectivos? La conversión de los corazones, la penitencia y la devoción sal Sagrado Corazón de María. Precisamente lo que la Santísima Virgen vino a pedir en Fátima.

PREGUNTAS DE REFLEXIÓN
1.       Analiza que pecados colectivos se cometen en nuestra nación
2.       ¿Cuál crees que es la ofensa a Dios más frecuente en los tiempos modernos?
3.       ¿Qué propones en tu comunidad para reparar las ofensas colectivas
 
Bibliografía
Del prefacio de “Sermones de esperanza para tiempos de calamidad” (San Alfonso María de Ligorio)

CONSECUENCIAS DE LA FALTA DE PERSEVERANCIA EN LOS CATÓLICOS

CONSECUENCIAS DE LA FALTA DE PERSEVERANCIA EN LOS CATÓLICOS

Por Paulo Tarsis

Para sostener la Fe es necesaria la constante perseverancia y procurar la presencia de Dios en los quehaceres cotidianos. Muchos católicos por algún motivo específico se quedan con los conocimientos básicos del catecismo escolar, no profundizan su fe, y no buscan un encuentro personal con Dios a través de los sacramentos, la oración y de las obras, lo que conlleva a estar expuestos a adquirir una fe raquítica, a caer en las tentaciones, a la confusión moral propiciada por el mundo, a la apostasía de la Fe u optar vivir sin sentido trascendente por la vida.

Sin católicos perseverantes y débiles en la Fe es imposible impregnar la tierra con la sal de Cristo. Sin la presencia del ideal católico en los distintos estamentos influyentes en la sociedad como la familia, educación, política, medios de comunicación, arte o simplemente en las relaciones humanas, esta se pervierte por la decadencia moral a todo nivel.

Sin católicos perseverantes y débiles en la Fe no se produce el trasvase de la Fe a las nuevas generaciones, las cuales quedan expuestas a la falacia de la felicidad si Dios, con las consecuencias que acarrea tener una generación sin valores, sin fundamentos sólidos ni puntos de referencia claros para poder construir un mundo mejor.

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