Desde el comienzo de la Sagrada
Escritura, en el libro del Génesis, se nos revela el sentido del trabajo. Dios,
que hizo buenas todas las cosas, «quiso libremente crear un mundo “en estado de
vía” hacia su perfección última», y creó al hombre ut operaretur, para que con
su trabajo «prolongase en cierto modo la obra creadora y alcanzase su propia
perfección». El trabajo es vocación del hombre. «Estamos llamados al trabajo
desde nuestra creación»
Benedicto XVI ha hecho notar que
«el mundo greco-romano no conocía ningún Dios Creador;, según su manera de
pensar, no podía, por así decir, ensuciarse las manos con la creación de la
materia. “Construir” el mundo quedaba reservado al demiurgo, una deidad
subordinada. Muy distinto es el Dios cristiano: Él, el Uno, el verdadero y
único Dios, es también el Creador. Dios trabaja; continúa trabajando en y sobre
la historia de los hombres.
Así el trabajo de los hombres
tenía que aparecer como una expresión especial de su semejanza con Dios y el
hombre, de esta manera, tiene capacidad y puede participar en la obra de Dios
en la creación del mundo».
Como consecuencia del pecado, el
trabajo está ahora acompañado de fatiga y muchas veces de dolor. Pero al asumir
nuestra naturaleza para salvarnos, Jesucristo ha transformado el cansancio y
las dificultades en medios para manifestar el amor y la obediencia a la
Voluntad divina y reparar la desobediencia del pecado.
Santificar la actividad de trabajar
San Josemaría Escrivá, nos
adentra en el espléndido panorama de la santidad y del apostolado en el
ejercicio de un trabajo profesional: «para la gran mayoría de los hombres, ser
santo supone santificar el propio trabajo, santificarse en su trabajo, y
santificar a los demás con el trabajo»
Son tres aspectos de una misma
realidad, inseparables y ordenados entre sí. Lo primero es santificar —hacer
santo— el trabajo, la actividad de trabajar. Santificar el trabajo es hacer
santa esa actividad, hacer santo el acto de la persona que trabaja. De esto
dependen los otros dos aspectos, porque el trabajo santificado es también
santificador: nos santifica a nosotros mismos, y es medio para la santificación
de los demás y para empapar la sociedad con el espíritu cristiano. Conviene,
por tanto, que nos detengamos a considerar el primer punto: qué significa hacer
santo el trabajo profesional.
En el caso del trabajo
profesional, hay que tener en cuenta que la actividad de trabajar tiene por
objeto las realidades de este mundo —cultivar un campo, investigar una ciencia,
proporcionar unos servicios…— y que, para ser humanamente buena y santificable,
ha de ser ejercicio de las virtudes humanas. Pero esto no basta para que la
actividad sea santa.
El trabajo se santifica cuando se
realiza por amor a Dios, para darle gloria —y, en consecuencia, como Dios
quiere, cumpliendo su Voluntad: practicando las virtudes cristianas informadas
por la caridad—, para ofrecerlo a Dios en unión con Cristo, ya que «por Él, con
Él y en Él, a Ti, Dios Padre Omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo
honor y toda gloria»
«Pon un motivo sobrenatural a tu
ordinaria labor profesional, y habrás santificado el trabajo». Con estas breves
San José María muestra la clave de la santificación del trabajo.
La actividad humana de trabajar
se santifica cuando se lleva a cabo por un motivo sobrenatural: por amor a Dios
Lo decisivo no es, por tanto, que salga bien, sino que trabajemos por amor a
Dios, ya que esto es lo que busca en nosotros: Dios mira el corazón.
Lo definitivo es el motivo
sobrenatural, la finalidad última, la rectitud de intención , el realizar el
trabajo por amor a Dios y para servir a los demás por Dios. «Se eleva así el
trabajo al orden de la gracia, se santifica, se convierte en obra de Dios.
Cualidades del motivo
sobrenatural
El motivo sobrenatural es sincero
si influye eficaz y radicalmente en el modo de trabajar, llevando a cumplir
nuestra tarea con perfección, como Dios quiere, dentro de las limitaciones
personales con las que Él cuenta.
El motivo sobrenatural que hace
santo el trabajo, no es algo que simplemente se yuxtapone a la actividad
profesional, sino un amor a Dios y a los demás por Dios que influye
radicalmente en la misma actividad, impulsando a realizarla bien, con
competencia y perfección porque «no podemos ofrecer al Señor algo que, dentro
de las pobres limitaciones humanas, no sea perfecto, sin tacha, efectuado
atentamente también en los mínimos detalles: Dios no acepta cualquier cosa.
No presentes nada defectuoso, nos
amonesta la Santa Escritura, pues no sería digno de El (Lv 22, 20). Por eso, el
trabajo de cada uno, esa labor que ocupa nuestras jornadas y energías, ha de
ser una ofrenda digna para el Creador, trabajo de Dios y para Dios: en una
palabra, un quehacer cumplido, impecable»
Una “buena intención” que no
impulsara a trabajar bien, no sería una intención buena, no sería amor a Dios.
Sería una intención ineficaz y hueca, un débil deseo, que no alcanza a superar
el obstáculo de la pereza o de la comodidad.
El verdadero amor se plasma en el
trabajo bien hecho. Poner un motivo sobrenatural no es tampoco añadir algo
santo a una actividad de trabajar bien hecha. Para santificar el trabajo no es
suficiente rezar mientras se trabaja, aunque —cuando es posible hacerlo— es una
señal de que se trabaja por amor a Dios, y un medio para crecer en ese amor.
Más aún, para santificar el
trabajo poniendo un motivo sobrenatural, es imprescindible buscar la presencia
de Dios, y muchas veces esto se concreta en actos de amor, en oraciones y en
jaculatorias, ya sea con ocasión de una pausa.
La dignidad del trabajo
depende de quién lo realiza
Otra consecuencia importante de
que la raíz de la santificación del trabajo se encuentra en el motivo
sobrenatural, es que todo trabajo profesional es santificable, desde el más
brillante ante los ojos humanos hasta el más humilde, pues la santificación no
depende del tipo de trabajo sino del amor a Dios con que se realiza. Basta
pensar en los trabajos de Jesús, María y José en Nazaret: tareas corrientes,
ordinarias, semejantes a las de millones de personas, pero realizadas con el
amor más pleno y más grande.
El amor a Dios hace grandes las
cosas pequeñas: los detalles de orden, de puntualidad, de servicio o de
amabilidad, que contribuyen a la perfección del trabajo. «Hacedlo todo por
Amor. —Así no hay cosas pequeñas: todo es grande. —La perseverancia en las cosas
pequeñas, por Amor, es heroísmo».
Quien comprenda que el valor
santificador del trabajo depende esencialmente del amor a Dios con que se lleva
a cabo, y no de su relieve social y humano, apreciará en mucho esos detalles,
especialmente los que pasan inadvertidos a los ojos de los demás, porque sólo
los ve Dios.
PREGUNTAS DE REFLEXION
1.
¿Ofreces tu trabajo a Dios y lo haces con
diligencia, procurando hacerlo bien?
2.
¿Qué harías para hacer mejor tu trabajo y
ofrecerlo a Dios adecuadamente?
3.
¿En qué momentos de tu trabajo puedes estar en
presencia de Dios?
Bibliografía
TRABAJAR BIEN, TRABAJAR POR AMOR (Enseñanzas de san
Josemaría Escrivá de Balaguer), Javier López Díaz

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