EL PECADO COLECTIVO Y LAS CATÁSTROFES NATURALES

       EL PECADO COLECTIVO Y LAS CATÁSTROFES NATURALES
  Desde un tiempo a esta parte, vivimos sobresaltados por el creciente número de catástrofes naturales -huracanes, terremotos, inundaciones, sequías, etc.- que rondan el mundo de hoy, y que en cualquier momento pueden golpearnos más de cerca. El hombre moderno que conquistó la luna, inventó la bomba atómica y progresó tanto del punto de vista material, se siente impotente ante aquellos hechos y se pregunta: ¿cuál es la raíz de fondo de todo ello?

El espectáculo de la desolación de los desastres naturales y la confrontación con la muerte a gran escala puede generar en el ser humano reacciones muy diferentes, dependiendo del punto de vista que se adopte. Tres son las actitudes más corrientes al abordar la cuestión: la impía, la naturalista y la sobrenatural.

Muestra típica de la primera (la impía) fue la que adoptó Voltaire, filósofo francés en su novela Cándido, escrita después del terremoto de Lisboa de 1755, en la cual satiriza la Fe católica, presentando impíamente una falsa alternativa: Si Dios existe, cuando ocurre una nueva catástrofe causando treinta mil muertos, o Dios no es bueno (porque lo quiso) o no es todopoderoso (porque no consiguió impedirla) o no existe.

¿Cuántos imitadores de Voltaire no hemos visto aparecer en la prensa, radio televisión, internet, tras el lamentable terremoto que asoló la ciudad de Pisco en el 2007?
En cuanto a la actitud naturalista de las catástrofes, lo han dado casi todos los medios de comunicación social, los organismos asistenciales, muchas personalidades de la política e incluso algunos eclesiásticos a raíz de este mismo terremoto que asolo Piso, Chincha y Cañete, y a numerosos poblados del interior.

En cuanto a la actitud sobrenatural fue, por ejemplo, la reacción del arzobispo emérito de Nueva Orleans (EEUU), Monseñor Philip Hannan quien a propósito de la catástrofe inédita que sufrió su ciudad por el paso del huracán Katrina, no dudó en declarar: “Hemos llegado a tal grado de inmoralidad nunca visto, y el castigo fue Katrina. Debemos contar a nuestra posteridad lo terrible que fue, para que ella entienda que se trató de un castigo, el cual debe mejorar nuestra moralidad.

“Como ciudadanos, somos responsables por la actitud de la nación en cuestiones sexuales, por la falta de respeto a los derechos de la familia, por el uso de drogas, por la muerte de 45 millones de niños abortados, por el comportamiento escandaloso de algunos sacerdotes. Por lo tanto, debemos comprender que ciertamente Dios tiene el derecho de castigar.

“SI me preguntasen si Dios tenía conocimiento de esto, que fue la mayor tempestad en nuestro país, diere que ciertamente. El lo permitió. Negarlo, sería una necedad tan grande como afirmar que Henry Ford no conocía el automóvil”.

Las palabras del Valeroso Arzobispo norteamericano coinciden por lo demás con las advertencias hechas por la Santísima Virgen María a los tres pastorcitos en Fátima, a respecto de los terribles castigos que vendrían sobre el mundo en caso de que la humanidad continuara ofendiendo a Dios y no atendiera sus avisos.

“Cuando veías una noche iluminada por una luz desconocida -dijo la Madre de Dios en la tercera aparición-, sabed que es la señal que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes, por medio de la guerra, el hambre y de persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre. Para impedirlo, vendrá a pedir la consagración de Rusia a mi inmaculado Corazón y la Comunión reparadora de los primeros sábados” (13-VII-1917).

En la última aparición, poco antes de producirse el milagro del sol, ella insistió una vez más: “No ofendan más a Dios Nuestro Señor ya está muy ofendido”.
Y la pequeña Jacinta Marto, en su lecho de muerte, declaró “Nuestra Señora ya no puede sostener el brazo de su amado hijo sobre el mundo. Es preciso hacer penitencia. Si la gente se enmienda, nuestro Señor perdonará al mundo; pero si no se enmienda, vendrá el castigo”.

Una explicación para este divino proceder nos lo explica San Agustín en su celebre Ciudad de Dios. El gran Doctor de Hipona afirma que, en los individuos, la felicidad en esta vida no está necesariamente vinculada a la virtud. Y esto por dos razones: primero, para que las personas no sean “virtuosas” por mero interés; y segundo, porque siendo el premio y castigo eternos en la otra vida, Dios retribuye a los buenos y a los malos el poco bien que obraron, y hace pagar a los buenos el mal que hicieron, para no tener que pagarlo en el purgatorio.

Pero, prosigue San Agustín, eso no vale para los pueblos, por que ellos no existirán en la eternidad. Entonces, las naciones solo pueden ser premiadas o castigadas aquí en la tierra por sus actos de virtud o sus actos colectivos. Y muestra cómo, tanto en la historia Sagrada como en la historia profana, la paz y la prosperidad fueron el premio de las naciones en sus periodos virtuosos; mientras que la discordia, la guerra y la miseria fueron la suerte de los pueblos en sus facetas de decadencia moral.
De ahí los Katrinas, terremotos, tsunamis y otras calamidades públicas como afirma el lúcido arzobispo emérito de Nueva Orleans.

¿Cuál es el mejor antídoto contra los pecados colectivos? La conversión de los corazones, la penitencia y la devoción sal Sagrado Corazón de María. Precisamente lo que la Santísima Virgen vino a pedir en Fátima.

PREGUNTAS DE REFLEXIÓN
1.       Analiza que pecados colectivos se cometen en nuestra nación
2.       ¿Cuál crees que es la ofensa a Dios más frecuente en los tiempos modernos?
3.       ¿Qué propones en tu comunidad para reparar las ofensas colectivas
 
Bibliografía
Del prefacio de “Sermones de esperanza para tiempos de calamidad” (San Alfonso María de Ligorio)

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