DIOS NOS AMENAZA PARA SUBSTRAERNOS DEL CASTIGO

 DIOS NOS AMENAZA PARA SUBSTRAERNOS DEL CASTIGO

Así se explica Dios cuando habla de castigos y de venganzas; dice que su justicia le obliga a responder a sus enemigos. Mas observadlo atentamente y repararéis que, aun amenazándonos, parece dar muestras de su dolor en verse forzado a castigar criaturas que Él ha amado hasta rescatarlas al precio de su vida.
Este Dios, que es el Padre de las misericordias y que tanto nos ama, lejos de complacerse en atormentarnos, está, muy al contrario, mucho más dispuesto a perdonarnos y a consolarnos (Jerem 29, 11).

Si así es, se dirá, ¿por qué nos castiga Dios? O, a lo menos, ¿por qué parece que quiere castigarnos? ¿Por qué, decís? No por otra razón, sino porque quiere usar de misericordia con nosotros. Su cólera actual no es sino paciencia y misericordia.
Si el Señor se muestra irritado, no es para castigarnos, sino para que renunciemos al pecado y pueda El entonces perdonarnos: Dios amenaza castigarnos para substraernos del castigo.

No nos amenaza ciertamente porque se halle en la impotencia de castigarnos, pues puede todo lo que quiere, sino que tiene paciencia para que nos arrepintamos y evitemos el castigo (Sab 9, 11).
No nos amenaza por odio que nos tenga, ni para que nos atormente el temor. Dios amenaza por amor, a fin de que nos convirtamos y escapemos del castigo; amenaza porque no nos quiere perdidos; en una palabra, porque ama nuestras almas (II Pedro 3, 9).

Dios amenaza, es verdad; pero, sin embargo, espera, suspende el castigo, porque no quiere que nos condenemos, pero sí que nos corrijamos (Sab 9, 27)

Las amenazas del Señor, pues, no son sino efecto de la bondad y de la ternura; hácenos percibir la voz de su amor para librarnos de las penas que hemos merecido. Cuarenta días pasarán aún, exclamó Jonás, y Nínive será destruida (Juan 5, 4) ¡Desventurada Nínive! Llegó ya el tiempo de tu castigo, yo te lo anuncio de parte del Señor. Dentro de cuarenta días, tu ciudad quedará aniquilada y no existirá ya más en el mundo. Nínive hizo penitencia, y no fue castigada (Juan III, 10).

La desgracia que el Señor hacía anunciar a Nínive no era, según San Basilio, una profecía, sino una simple amenaza, por cuyo medio quería convertir aquella ciudad. Dios se manifiesta con frecuencia irritado, porque quiere ser misericordioso con nosotros; nos amenaza, no para castigarnos, sino para hacernos evitar el castigo. Cuando alguno nos clama ¡guardaos!, añade San Agustín, no tiene intención de dañarnos. Así es precisamente como Dios se porta con nosotros.

Él amenaza, dice San Jerónimo, no para infligirnos la pena, sino para librarnos de ella si el aviso basta para corregirnos. ¡Oh Dios mío! Cuanto más dispuesto estáis a salvarnos, entonces es cuando parece que os enconáis contra nosotros; más vuestras amenazas no tienen otro objeto que hacernos arrepentirnos de nuestros pecados. Podría el Señor castigarnos de improviso, haciéndonos morir súbitamente, sin concedernos el tiempo de hacer penitencia; pero nos muestra anticipadamente su enojo, para que nos arrepintamos y evitemos el castigo.

Observa San Jerónimo que Dios no aborrece el hombre, sino su pecado; y añade San Crisóstomo que Dios llega hasta olvidar nuestros pecados, cuando nosotros nos acordamos de ellos; es decir, que cuando, después de habernos humillado, nos corregimos y le pedimos perdón, nos lo concede según su promesa. Mas, para corregirnos, es menester que temamos el castigo; pues sin esto no mudaremos de vida.

Verdad es que Dios protege al que espera en su misericordia (Salmo 17, 51); más esta esperanza no debe ser destituida de temor; porque la esperanza que no va acompañada de temor degenera en presunción y en temeridad (Salmo 113, 19).

Se halla muy a menudo en la Escritura que el Señor habla de la severidad de los juicios, del Infierno y del gran número de desgraciados que se precipitan en él (Lc 12, 4; Mat 7, 13) Y ¿por qué? Porque quiere que el temor nos arranque a los vicios, a las pasiones y a las ocasiones peligrosas, y que podamos por este medio esperar la salud.

Un piadoso temor de Dios santifica al hombre; así David pedía al Señor la gracia de temer, a fin de que el temor destruyese en él las afecciones de la carne (Salmo 108, 120) Debemos temer, pues, con motivo de nuestras faltas; más este temor, en vez de abatirnos, debe excitarnos a la confianza en la misericordia de Dios.

David decía a Dios: «Socorredme en mis tribulaciones»; así es cómo debemos rogar también nosotros. Señor, haced que la calamidad que actualmente nos aflige nos abra los ojos, para que abandonemos el pecado; pues, si no lo dejamos, el pecado nos arrastrará a un castigo sin fin, a una eterna condenación.
 
PREGUNTA DE REFLEXIÓN
1.       ¿Percibes que Dios te esta llamando la atención por alguna conducta anticristiana?
2.       ¿Algo te impide cambiar? ¿Qué?
 
10 MINUTOS DE MEDITACIÓN
 
Bibliografía
Avisos de la providencia en las calamidades públicas (San Alfonso María de Ligorio)
 
 
 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Las monjas anglicanas que se hicieron católicas: la inspiradora perseverancia de 12 mujeres

 Las monjas anglicanas que se hicieron católicas: la inspiradora perseverancia de 12 mujeres Fuente: Religion en Libertad . Percibían que la...