LAS PRÁCTICAS DE DEVOCIÓN EXTERIOR DE NADA
SIRVEN SI NO SE ARROJA DEL ALMA EL PECADO
Si Jonás no hubiese sido arrojado al mar, la tempestad no hubiera cesado. Induzcamos con este ejemplo que, si no expulsamos el pecado de nuestros corazones, no cesará la tormenta, esto es, la calamidad. Nuestros pecados son los vientos funestos que excitan las tempestades, y que nos hacen naufragar (Is 64, 6).
Mientras nos afligen las calamidades hacemos penitencias exteriores, novenas, procesiones, exposiciones del Santísimo Sacramento; más, si no nos corregimos, todo esto ¿de qué sirve? Todas vuestras devociones son poco menos que inútiles cuando no abandonamos el pecado, porque estas devociones no aplacan a Dios. Si queremos aplacar al Señor, preciso es que alejemos la causa de su cólera; debernos alejar el pecado.
El paralítico pedía a Jesucristo la salud; más el Salvador, antes de curarle de la enfermedad del cuerpo, le curó de la del alma: le concedió el dolor de sus pecados, y le dijo en seguida que ya estaban perdonados. El Señor aleja ante todo la causa de la enfermedad, dice Santo Tomás; es decir, los pecados, y luego después cura la enfermedad. La raíz del mal es el pecado: así el Señor, después que hubo curado aquel paralítico, le dijo: Guárdate, hijo mío, de pecar de nuevo; porque, si pecas, volverás a caer enfermo más de lo que estabas. Esta es la advertencia que da el Eclesiástico (Eccl 39, 9).
Es menester primeramente dirigirse al médico del alma a fin de que os libre del pecado, y en seguida recurrir al médico del cuerpo a fin de que os libre de la enfermedad. En una palabra, el pecado, o mejor nuestra obstinación en el pecado, es el origen de todos nuestros castigos, dice San Basilio (In c. IX, Is.) Nosotros hemos ofendido al Señor, y no queremos de ello arrepentirnos. Preciso es escucharle cuando nos llama con la voz de las calamidades, pues de lo contrario se verá precisado a lanzar contra nosotros sus castigos (Deut 28, 15).
Cuando ofendemos a Dios, provocamos a todas las criaturas a que se vuelvan contra nosotros. Cuando un esclavo se rebela contra su amo, dice San Anselmo, excita contra sí no solamente la cólera de su amo, sino también la de toda su familia; así, cuando ofendemos a Dios, llamamos a todas las criaturas para que nos aflijan. Irritamos sobre todo contra nosotros —dice San Gregorio- las criaturas de que nos servimos para ofender a Dios.
La misericordia de Dios impide que estas criaturas no nos destruyan; más, cuando ve que despreciamos sus amenazas y que continuamos pecando, se sirve de estas criaturas para que cesen los insultos que le hacemos (Sab 5,20). Si no aplacamos al Señor corrigiéndonos, no podremos substraernos del castigo. ¿Hay locura mayor, dice San Gregorio, que figurarse que Dios cesará de castigarnos en tanto que no queremos cesar de ofenderte?
Se asiste a la iglesia, se va al sermón; mas no nos acercamos a la confesión, no queremos mudar de vida. ¿Cómo queremos ser librados de las calamidades, si no alejamos la causa de ellas? No cesando de irritar al Señor, ¿a qué admirarse de que el Señor no cese de afligiros? ¿Creéis que el Señor se aplaca viéndoos practicar alguna obra exterior de piedad, sin pensar por otra parte en arrepentiros de vuestras faltas, sin restablecer el honor que habéis mancillado, sin restituir lo que habéis robado, sin alejaros, en fin, de estas ocasiones que os alejan del Señor? No os burléis del Señor, dice el profeta Isaías (Is 28, 27), pues esto sería redoblar las cadenas que os arrastran al Infierno.
Preciso es cambiar el odio en dulzura, y la intemperancia en sobriedad: menester es observar los ayunos mandados por la Iglesia; menester es abstenerse de esta cantidad de vino que abate al hombre hasta el nivel del bruto; menester es huir las ocasiones. Si queréis producir frutos dignos de penitencia, debéis aplicaros a servir a Dios con tanto mayor fervor, cuanto más le habréis ofendido (Rom 6, 19) Esto es lo que hicieron Santa María Magdalena, San Agustín, y otros Santos.
Se dice normalmente: María nos ayudará, nuestros santos patronos nos librarán; imposible es que los santos nos ayuden cuando no queremos librarnos del pecado. Los santos son los amigos de Dios, y por esto mismo están muy distantes de inclinarse a proteger los pecadores obstinados.
Temblemos, pues: el Señor ha publicado ya la sentencia que condena al fuego todos los árboles sin fruto. ¿Cuántos años hace que estáis en el mundo? ¿Qué frutos de buenas obras habéis producido hasta ahora? ¿Qué honor habéis dado a Dios con vuestra conducta? Vos no habéis cesado de amontonar pecados a pecados, desprecios a desprecios, insultos a insultos; éste es todo el fruto que habéis dado; éste es todo el honor que habéis tributado al Señor. A pesar de todo, Dios quiere concederos aún el tiempo para corregiros, para llorar vuestros pecados, para amarle durante el resto de vuestra vida.
TAREA A REALIZAR
1. Haz un examen de conciencia
Pide perdón de corazón por los pecados cometidos
Bibliografía
Avisos
de la providencia en las calamidades públicas (San Alfonso María de Ligorio)

No hay comentarios.:
Publicar un comentario