UNIDAD DE VIDA EN LA PROFESIÓN
«Todo trabajo honrado puede ser
oración; y todo trabajo, que es oración, es apostolado. De este modo el alma se
enrecia en una unidad de vida sencilla y fuerte»
. Trabajo, oración, apostolado: tres términos que, para
quien se sabe hijo de Dios no resultan ámbitos diversos, porque se van
fundiendo en la vida como notas de un acorde hasta componer una partitura
armónica.
En la actividad profesional hay
tres aspectos que conviene examinar con atención para alcanzar la armonía de la
unidad de vida: la intención, el criterio y la conducta coherente con ambos.
Rectitud de intención: La unidad
de vida en el trabajo profesional depende, en primer lugar, de la rectitud de
intención: de la clara y firme decisión de trabajar por amor a Dios, no por
ambición u otra forma de egoísmo; de cara a Dios y buscando su gloria, no de
cara a los hombres y buscando la propia gloria, la satisfacción personal o la
admiración de los demás.
«Nadie puede servir a dos
señores». No podemos admitir componendas, no pueden convivir en el corazón «una
vela encendida a San Miguel, y otra al diablo». La intención debe ser
transparente. Sin embargo, es posible experimentar que, aun queriendo vivir para
la gloria de Dios, la rectitud de la voluntad fácilmente se tuerce en las
acciones concretas, en las que junto a motivos santos se pueden encontrar
muchas veces aspiraciones menos claras.
Por eso, se aconseja purificar la
voluntad, rectificando constantemente la intención. «Rectificar. —Cada día un
poco. —Esta es tu labor constante si de veras quieres hacerte santo» (San J.
María Escrivá)
Quien trabaja con rectitud de
intención procura realizar bien su tarea siempre. No trabaja de un modo cuando
los demás le ven y de otro cuando nadie le ve. Sabe que le mira Dios y por eso
trata de cumplir su deber con perfección, como a Él le agrada.
Cuida detalles de orden, de
laboriosidad, de espíritu de pobreza…, también si nadie lo advierte o si se
encuentra sin ganas. En los días grises de labor corriente, cuando la monotonía
amenaza, un hijo de Dios se esfuerza en poner las últimas piedras por amor, y
su trabajo se convierte así en oración.
Los momentos de éxito o de
fracaso ponen a prueba la calidad de nuestra intención, ante la tentación del
envanecimiento o ante el desánimo. San Josemaría enseña a prepararse para esas
circunstancias, que podrían conducir al repliegue sobre uno mismo, torciendo el
querer de la voluntad. «Has de permanecer vigilante, para que tus éxitos
profesionales o tus fracasos —¡que vendrán!— no te hagan olvidar, aunque sólo
sea momentáneamente, cuál es el verdadero fin de tu trabajo: ¡la gloria de
Dios!
Para fortalecer la rectitud de
intención, verdadero pilar de la unidad de vida, es necesario buscar la
presencia de Dios en el trabajo —ofrecerlo al comenzar, renovar ese
ofrecimiento cuando sea posible, dar gracias al terminar…— y procurar que las
prácticas de piedad, sobre todo la Santa Misa si nos es posible asistir, se
dilaten a lo largo de la jornada en un trato continuo con el Señor. Olvidarse
de Dios en la profesión indica poca unidad de vida y no simplemente un carácter
distraído: quien ama de veras no se olvida del amado.
Cuando hay unidad de vida es
lógico que se note, con naturalidad, a nuestro alrededor. Quien ocultase su
condición de cristiano por miedo a que le encasillen, o por timidez o por
vergüenza, quebraría la unidad de vida, no podría ser sal y luz, sus obras serían
estériles en orden a la vida sobrenatural.
Es natural que los demás, en el
ambiente en que se mueve un cristiano, conozcan su fe viva y operante. Con
mayor razón ha de resultar fácilmente reconocible, por contraste, en una
sociedad en la que predominan el materialismo y el hedonismo. Si pasara largo
tiempo inadvertida, no sería por naturalidad sino por doble vida. Esto es lo
que sucede tristemente en quienes relegan la fe a la vida “privada”. Esta
actitud, si no es simple cobardía, si responde a la idea de que la fe no debe
influir en la conducta profesional, refleja una mentalidad no laical sino
laicista, que pretende arrojar a Dios de la vida social, y muchas veces
prescindir también de la ley moral.
Es justamente lo opuesto al ideal
de poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas. A esto estamos
llamados los cristianos, y es bueno que muchos a nuestro alrededor lo sepan.
Más aún, ciertamente el apostolado del cristiano que vive en medio del mundo
debe ser de «amistad y confidencia» con los colegas de profesión, uno a uno,
pero esto no excluye que a veces sea conveniente o necesario —exigencia de la
unidad de vida— hablar en público y explicar las razones de una conducta moral,
humana y cristiana. Las dificultades pueden ser muchas, pero la fe asiste al
cristiano y le da la fortaleza que necesita para defender la verdad y ayudar a
todos a descubrirla.
Preguntas de
reflexión
1. ¿Eres coherente en la unidad de vida en tu oficio o profesión?
¿Qué
aspectos de verías mejorar para una mejor
unidad de vida
Díaz Javier López, TRABAJAR BIEN, TRABAJAR POR AMOR, EDUSC, Oficina de Información del Opus Dei, 2016

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