LA HUMILDAD

 LA HUMILDAD

Virtudes cristianas, P. Alonso Rodríguez

“Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón., y hallaréis descanso para vuestras almas». Jesucristo, maestro de todas las virtudes lo fue también de la humildad, que nos enseñó con su ejemplo y doctrina. 

Toda su santísima vida fue un continuo ejercicio de esta virtud: descendió de los cielos abatiendo su infinita grandeza, nació en un pesebre y murió humillado de una cruz, para enseñar al hombre á no ensoberbecerse. 

Y si el Hijo de Dios, igual al Padre, toma la forma de siervo y quiere ser humillado, ¿será razón que el hombre, que es polvo y ceniza, busque la grandeza, la estimación y la gloria? 

El Señor nos dijo que aprendiésemos de Él, no a fabricar los cielos y la tierra, ni a sanar los enfermos y resucitar los muertos, sino a imitar la mansedumbre y humildad de su divino corazón. 

No sólo es muy excelente la humildad, sino también muy necesaria, pues todas nuestras obras deben ir precedidas y acompañadas de esta virtud; de otra suerte, la vana complacencia y la soberbia las arruinarán del todo: querer reunir virtudes sin humildad, es como levantar un montón de polvo, que se lleva el aire. 

La humildad es la raíz y el fundamento de todas las virtudes; y así como la raíz sustenta a la flor, y cortada aquélla ésta se marchita, así las otras virtudes reciben su savia de la humildad, y si ésta se corta, aquéllas se secan muy rápido.

La raíz está debajo de la tierra, y no descubre su hermosura. Para que el árbol crezca y dure mucho tiempo, es necesario que la raíz entre en la tierra más profundamente, y así también, para que la virtud se levante a mayor elevación y sea más duradera, el hombre tiene que ir descendiendo a cada paso hasta llegar al abismo de su propia nada. 

La humildad es el cimiento de todas las virtudes. Dos cosas se necesitan para fundar bien una casa: abrir los cimientos y echar fuera todo lo movedizo, hasta llegar a la firmeza; después de esto se asientan las piedras del cimiento. Ahora bien: «en el edificio espiritual, —dice Santo Tomás, — la humildad abre los cimientos y echa fuera la arena y la tierra; su oficio es ahondar más y más, hasta llegar a terreno firme, que es Jesucristo, verdadero cimiento, fuera del cual nadie puede poner otro.  

De aquí que no son verdaderas virtudes, sino aparentes, las que no se fundan en la humildad; por esto decía Santo Tomás: «Quien anda con deseo de honra, quien huye de ser tenido en poco y le pesa si lo es, aunque haga maravillas está lejos de la perfección, porque eso es virtud sin cimiento.» 

La humildad es el fundamento de la fe, la cual pide un entendimiento humilde y rendido y que esté cautivo en obsequio de Jesucristo. 

La humildad es necesaria para conservar la fe, pues el principio de todas las herejías es la soberbia, que nos hace anteponer nuestro propio sentir al de la Iglesia. 

La esperanza se sostiene con la humildad, porque el humilde siente sus necesidades y conoce que por sí mismo no las puede remediar; por eso acude a Dios y todo lo espera de su gran bondad. 

El amor de Dios se enciende y aviva con la humildad, porque esta virtud nos enseña que todos los bienes descienden de Dios, que no los merecemos y que somos muy indignos de ellos, y esto enciende y aviva en nuestros corazones la llama de la caridad, pues vemos que a pesar de todo somos objeto de los cuidados y del afecto de nuestro Dios. Y cuanto más conozcamos la grandeza de nuestras miserias brillara más y más à nuestros ojos la bondad de Dios, y le alabaremos y le amaremos con más tierno y ardiente amor. ti. 

La humildad nos es muy necesaria para conservar el amor del prójimo, pues lo que suele enfriar este amor es juzgar las faltas de nuestros hermanos y tenerlos por imperfectos; más el humilde está bien lejos de hacerlo: ve en sí mismo sus propias faltas, y en los otros las virtudes que los adornan, y los tiene por mejores que a sí mismo. 

De aquí se sigue su estima, respeto y amor a los demás, y por esto no siente que le sean preferidos ni tiene envidia de su bien.

De la humildad nace la paciencia, porque el humilde conoce sus pecados y ve que es digno de humillación y desprecio, y cualquier trabajo lo juzga por menor del que merece. Y al revés del soberbio, que de todo se queja y juzga que en todo le faltan» aunque no sea así, el humilde a nadie resiste, y aunque le hagan injuria la humildad se la oculta, y por esto recibe con dulzura todos los trabajos e incomprensiones que le vienen de los hombres. 

De la humildad nace también la paz: entre los humildes no hay disensiones ni porfías, sino solamente deferencia y mutuo rendimiento.

La humildad es muy amiga de la pobreza evangélica, y ésta sin aquélla corre muchos peligros; pues muy fácilmente puede originarse espíritu de vanagloria y soberbia; por ser cristiano, por pertenecer a un grupo de la parroquia, por ir a misa, o por tener mayor conocimiento de las cosas., y de ahí suele venir el despreciar a los demás. 

A la castidad le es necesaria la humildad. Muchos ejemplos tenemos en la historia de tristísimas caídas en hombres que habían pasado muchos años en la penitencia y el retiro, naciendo todas ellas de falta de humildad. 

Respecto a la obediencia, quien no fuere humilde no será buen obediente, ni dejará de serlo si tuviese humildad, porque el humilde acepta lo bueno del quién es su superior o de aquel que la hace una buena observación sin ninguna resistencia ni contradicción. 

Finalmente, respecto a la oración, si no va acompañada de humildad no tiene valor, y con la humildad penetra los cielos. «La oración del que se humilla, —dice el Sabio, pasará las nubes y no descansará hasta alcanzar de Dios lo que desea.» El publicano humillándose fue justificado, y el soberbio fariseo no alcanzó perdón.

PREGUNTAS DE REFLEXIÓN

1. ¿Cuál es la frase que más te ha llamado la atención? ¿Porqué?

2. ¿Puedes poner un ejemplo en el mundo actual de falta de humildad?

3. Examínate unos segundos y responde: ¿Qué te hace caer en la soberbia más seguido?


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