LA VOLUNTAD DE DIOS

 LA VOLUNTAD DE DIOS

«La perfección de la vida cristiana consiste en la conformidad de nuestra voluntad con la de Dios, que es la soberana regla y ley de todas las acciones»

«La virtud de la devoción no es más que una general inclinación y prontitud del alma para hacer lo que se sabe agradable a Dios”

Cumplir los mandamientos es el primer deber de un alma deseosa de hacer la voluntad de Dios. Escribe san Francisco de Sales: «Antes que nada, es necesario observar los mandamientos generales de la ley de Dios y de la Iglesia, que obligan a todo fiel cristiano; y sin ello -añade- no puede haber ninguna devoción.

'«Por eso, siempre debemos procurar cumplir lo que Dios manda a todos los cristianos... y quien esto no observe cuidadosamente, sólo tendrá una devoción falsa». Y aún hay más: quien aspire a una vida fervorosa, tiene que observar los mandamientos «con prontitud y con gusto»

«Muchos cumplen los mandamientos como quien traga una medicina, más por miedo a condenarse que por el placer de vivir según la voluntad del Salvador”. Y es ésa una peculiaridad de la condición humana, que siente horror a todo lo que le es impuesto. «Y así como hay personas que, por agradable que sea un medicamento, lo toman de mala gana, sólo porque es medicamento, así hay almas que tienen horror a lo que se les manda por el hecho mismo de ser mandado.

«Eva, de cien mil frutos deliciosos, escogió el que se le había prohibido, y seguro que, si se le hubiera permitido probarlo, no se lo habría comido». "Gusto por la independencia, ciertamente, pero también debilidad de nuestra naturaleza, que se asusta a veces de las exigencias de los mandamientos. Si tuviéramos verdadero amor de Dios, las dificultades, en vez de echarnos para atrás, aumentarían nuestro ánimo y convertirían en dulce y agradable lo que nos parece áspero y molesto.

«Además de los mandamientos generales -escribe san Francisco de Sales-, hay que cumplir exactamente los mandamientos particulares que nuestra vocación nos impone», porque también ellos son expresión de la voluntad divina.

Si yo permaneciera toda la semana en oración, si ayunara toda mi vida, pero no visitase a las mías, me perdería. Si una persona casada hiciera milagros, pero no cumpliese sus deberes matrimoniales para con su cónyuge, o no cuidase de sus hijos, sería peor que un infiel, dice san Pablo».

Esta es una verdad que es necesario profundizar: nuestra vocación y sus deberes son queridos por Dios. Pero ¿nos consagramos verdaderamente a los deberes de nuestro estado de vida para agradar a Dios?

«Todos los días pedimos a Dios que se haga su voluntad, y, cuando llega el momento de cumplirla, ¡cuánto trabajo nos cuesta!

Nos ofrecemos al Señor, le repetimos: Señor, soy todo vuestro, aquí tenéis mi corazón. Pero cuando quiere servirse de él, ¡somos tan cobardes! ¿Cómo podemos decirle que somos suyos, si no queremos acomodar nuestra voluntad a la de Él?»

''Tengamos en cuenta, además, que esos «mandamientos particulares de nuestra vocación», son, al igual que los generales, «dulces, agradables y suaves». «¿Qué es, pues, lo que nos los hace molestos? En realidad, solamente nuestra propia voluntad, que quiere reinar en nosotros al precio que sea... Queremos servir a Dios, pero haciendo nuestra voluntad y no la suya. No nos corresponde a nosotros escoger a nuestro gusto; tenemos que ver lo que Dios quiere, y si Él quiere que yo le sirva en una cosa, no debo servirle en otra». Pero eso no hasta. Una persona fervorosa, «devota», como dice San Francisco de Sales, debe cumplir sus deberes, todos sus deberes, con amor y con gozo.

«Esto no es todo -continúa san Francisco de Sales-, sino que, para ser devoto, no sólo hay que querer cumplir la voluntad de Dios, sino hacerlo con alegría. Si yo no fuera obispo, quizá no querría serlo, por saber lo que sé; pero, puesto que lo soy, no solamente estoy obligado a hacer todo lo que esa penosa vocación exige, sino que debo hacerlo con gozo, y complacerme en ello y sentir agrado.

Es lo que dice san Pablo: que cada uno permanezca en su vocación ante Dios. No tenemos que llevar la cruz de los demás, sino la nuestra, y para poderla llevar, quiere nuestro Señor que cada uno se renuncie a sí mismo, es decir, a su propia voluntad. Es una tentación decir: Yo quisiera esto y lo otro, yo preferiría estar aquí o allá. Nuestro Señor sabe bien lo que hace; hagamos lo que Él quiere y quedémonos donde Él nos ha puesto»."

Y es que, efectivamente, nos sucede que no queremos aceptar nuestra vocación e intentamos huir de ella. ¿Es quizá la prosaica monotonía de la vida cotidiana, para la que tanta paciencia necesitamos; o el gris descolorido de nuestras jornadas, que exaspera nuestros nervios y nos hace soñar con otra situación más fácil que podría darnos la sensación de que estábamos en nuestro lugar y, libres de irritantes servidumbres, podríamos, por fin, ¿lograr la felicidad?

Todo eso es un vano sueño que corre el riesgo de ser peligroso, porque nos hace imaginar un estado de vida que no es el que Dios ha querido para nosotros. «Es cierto -escribía san Francisco de Sales- que nada nos impide tanto perfeccionarnos en nuestra vocación como aspirar a otra; porque, en vez de trabajar en el campo propio, enviamos nuestros bueyes y nuestro arado al campo del vecino, donde ciertamente no cosecharemos este año. Y todo eso es una pérdida de tiempo, pues es imposible que, teniendo puestos nuestros pensamientos y esperanzas en otra parte, podamos aplicarnos a conseguir las virtudes requeridas para el lugar en que nos encontramos».

La dispersión del corazón es siempre peligrosa: tener el corazón en un lugar y el deber en otro»

“Os ruego encarecidamente que seáis fiel en practicar la aceptación y dependencia de vuestro estado”

PREGUNTAS PARA COMPARTIR Y REFLEXIONAR:

1.     ¿Haces la voluntad de Dios en tu vida cotidiana?

¿Cómo Dios te hace saber su voluntad

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