DIOS QUIERE LAS OBRAS Y LA VIDA INTERIOR

 DIOS QUIERE LAS OBRAS Y LA VIDA INTERIOR

¡Qué admirable designio de la Providencia! Por medio de la iglesia debe co­nocer el hombre el camino de la salvación.

Sólo Jesús derramó su sangre por la Redención del mundo, pero ha querido servirse de cooperadores para distribuir sus beneficios. ¡Admirable condescendencia de Dios Padre! A nosotros, pobres criaturas, nos ha querido asociar a sus trabajos y a su gloria.

 

La Iglesia ha tenido en todas sus épocas, una legión de colaboradores entre los seglares, verdaderos apóstoles con su ejemplo y su palabra, que incluso han llegado a veces hasta derramar su sangre por Jesucristo.

Es realmente asombrosa esta eflorescencia de obras de apostolado que nacen, en el momento más oportuno, para dar respuesta a las nuevas necesidades y peligros que surgen en cada época. En todas ellas hay que constatar el mismo espíritu que animaba a San Pablo: Yo muy gustosamente me gastaré y desgastaré por vuestras almas (2 Cor 12,15).

 Los soldados de Cristo, que llenos de ardor apostólico, se exponen, precisamente a causa de la enorme actividad que despliegan, al peligro de no ser, ante que todo, hombres de vida interior, que pueden sentir la tentación, ya sea por los fracasos o por el cansancio del apostolado, de abandonar la lucha desalentados y desertar del campo de batalla.

Ay de mí, si no evangelizare (1 Cor 9,16) no nos puede hacer olvidar la advertencia de Jesús: ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo en­tero, si pierde su alma? (Mat 16,25).

 

Los apóstoles, llamados a colaborar con el Salvador para transmitir en las almas el evangelio, son sólo los canales que toman sus aguas de esta única fuente. El apóstol que se olvida de esto y piensa que puede transmitir vida sobrenatural prescindiendo de la fuente que es Jesucristo, manifiesta una gran ignorancia teo­lógica y una necia autosuficiencia.

 

Pero no basta reconocer que Jesucristo Reden­tor es la fuente de vida divina, hay que reconocerlo en la práctica, desconfiando de las propias fuerzas y poniendo toda la confianza en El. Cuando el apóstol olvida este principio, en la teoría o en la práctica, y cegado por su presunción, intenta hacer apostolado sin contar con Jesús, el único principio de la vida, comete una auténtica «herejía de las obras». Es una aberración olvidar nuestro papel secundario y subordinado, poniendo toda la confianza en la propia actividad y talentos personales, y no en Jesucristo.

 

¡Herejía de las obras! Porque la actividad febril toma el lugar de la acción di­vina, no se recurre a la gracia, y el único protagonista es el orgullo del hombre. La vida sobrenatural, el poder de la oración y la economía de la Redención son relegados, al menos en la práctica, a la categoría de abstracciones.

 

Es un caso, por desgracia, bastante frecuente en nuestros días. Es el apóstol que juzga según las apariencias y trabaja como si los resultados dependieran principalmente de su propia actividad.

 

A la simple luz de la razón, prescindiendo de la Revelación, no puede menos de inspirar compasión el hombre de grandes cualidades, que rehúsa reconocer que las ha recibido de Dios. Con mucha mayor razón, mayor compasión nos debe inspirar el apóstol que prescinde de Dios en su tarea comu­nicar vida divina a las almas. Y si a nosotros nos da compasión y nos parece una insensatez, ¡qué será a los ojos de Dios!

 

¡Cuánta presunción y orgullo manifiesta el hombre que sólo confía en sí mismo!

Por esto, Dios Padre hace justicia a los méritos que nos ganó Jesucristo, su Hijo, confundiendo a esos falsos apóstoles, permitiendo que fracasen sus obras nacidas del orgullo, para que no produzcan otra cosa que triunfos efímeros. Sin embargo, bendice con fruto a los sarmientos que humildemente reconocen que no reciben su savia sino de la cepa que es Jesucristo.

 

La vida interior es el estado de actividad de un alma que reacciona para poner en regla sus inclinaciones naturales y se esfuerza en adquirir el hábito de juzgar y de dirigirse en todo por las luces del evangelio y los ejemplos de nuestro Señor.

 

Quedaré privado de uno de los medios más poderosos de adquirir esa vida interior, si no me esfuerzo en tener una fe precisa y cierta de esa presencia activa de Jesús en mí y, sobre todo, en conseguir que esa presencia sea para mí una realidad viviente, muy viviente, que penetre en el campo de mis facultades. de ese modo Jesús será para mí, la luz, el ideal, consejo, apoyo, recurso, fuerza, médico, consuelo, alegría, amor; en una palabra, mi vida, y así adquiriré todas las virtudes.

 

En la medida en que intensifique mi amor para con Dios, crecerá mi vida sobrenatural por momentos, en virtud de una nueva infusión que se me hará de la gracia de presencia activa de Jesús en mí. esta infusión se produce: 1. por los actos meritorios que realice. como son la virtud, el trabajo, las diversas formas de sufrimiento, la privación de las criaturas, el dolor físico o moral, la humillación, la abnegación, la oración, la misa, los actos de devoción a nuestra señora, etcétera. 2. por los sacramentos, sobre todo por la eucaristía.

 

Sin el fiel empleo de determinados medios, se cegará mi inteligencia y mi voluntad carecerá de la fuerza necesaria para cooperar con Jesús en aumentar y aun en mantener su vida en mí. y así comenzará la disminución progresiva de esa vida y el peligro de la tibieza de voluntad. con mis disipaciones, cobardías, ilusiones y cegueras abriré el corazón al pecado venial, lo que originará la incertidumbre de mi salvación, ya que el pecado venial es una disposición fácil para el pecado mortal.

 

Yo debo temer con razón que carezco del grado de vida interior que Jesús exige de mí: 1. ° Si no procuro aumentar mi sed de vivir de Jesús, la cual me da el deseo de agradar a Dios en todas las cosas, y el temor de desagradarle aun en las más mínimas. Esa sed cesará en absoluto en mí, si abandono los medios de sostenerla, en especial la oración, la misa, los sacramentos, los exámenes particular y general y las lecturas piadosas, o si, por mi culpa, esos ejercicios no me aprovechan.

 

Si no cuido de tener un mínimum de recogimiento que me permita, en medio de mis ocupaciones, guardar el corazón en tal pureza y generosidad que no quede ahogada la voz de Jesús que me señala los elementos de muerte que se me presentan y me anima a combatirlos.

 

Mi vida interior será lo que sea la Guarda de mi corazón. “Guarda tu corazón con toda vigilancia, porque de él mana la vida.” (Pro. 4, 2) Esta guarda del corazón es la solicitud habitual o al menos frecuente, con que preservo todos mis actos, a medida que aparecen, de cuanto pudiera viciar su móvil o su realización.

 

el alma, como un centinela, vigila todos los movimientos del corazón y en especial lo que ocurre en su interior, es decir, las impresiones, intenciones, pasiones, inclinaciones, en una palabra, todos sus actos internos y externos, pensamientos, palabras y actos. la guarda del corazón exige un determinado recogimiento; las almas disipadas no la logran. practicando este ejercicio con frecuencia, se llega a adquirir la costumbre del mismo.

 

PREGUNTAS DE REFLEXIÓN

¿En que medida el éxito o el fracaso de un apostolado depende de la vida interior de los que lo realizan?

¿Cómo está tu vida interior en la actualidad?

¿Qué debemos reforzar en nuestra vida espiritual para crecer en vida interior?

 

Bibliografía

J. Chataurd “EL alma de todo apostolado”

 

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