Dice San Francisco de Sales que, para avanzar
por los caminos de los cielos, nosotros que estamos pegados a la tierra tenemos
que practicar ciertas “virtudes pequeñas”: la paciencia, el aguantar al
prójimo, el servicio, la humildad, la dulzura, la afabilidad, la tolerancia de
nuestra imperfección.
Tenemos que ejercitarnos en ser pacientes para
conservar la paz en medio de la multitud de nuestros quehaceres cotidianos. Es
un continuo martirio la multitud de ocupaciones, la diversidad de asuntos son
mas molestos que los mismos asuntos que tenemos que resolver.
Tenemos mucha necesidad de paciencia, por ellos
es necesario pedir con constancia a Dios para que nos la conceda y esforzarnos
para practicarla fielmente en el momento que sea oportuno. Por ello nuestra
oración y meditación debe tener como punto especial recordar esa necesidad a lo
largo del día.
No perdamos la menor ocasión de ejercitar la
dulzura con todos. La dulzura del corazón tiene que impregnar nuestra paciencia
y es una de las recomendaciones de San Francisco de Sales. Esforcémonos en
siempre contestar amablemente incluso al que no agobia o en circunstancias en
donde estamos resolviendo múltiples tareas, ya que siempre se ese momento donde
nos agobiamos y perdemos el control de sí.
Hay que dominar el carácter, para conseguir, al
precio de un largo esfuerzo, la dulzura serena y apacible. El dominio de sí y
la devoción no es algo que se consigue únicamente por la fuerza de la voluntad
sino en mucho de la nuestra confianza en Dios, Él nos da la gracia para obtener
el espíritu de dulzura, suavidad y paz.
La multitud de tareas que nos proporcionan los
quehaceres de nuestros hogares, sirven muchísimo para hacer virtuosa nuestra
alma, si os esforzáis para sobrellevar todo con espíritu de dulzura, paciencia
y mansedumbre.
Dios no está mirando con amor cuando estamos
acosados de dificultades y preocupaciones, para ver si hacemos las cosas según
su voluntad. Hay que aprovechar estas ocasiones para ejercitarnos, para
ejercitar su amor; y si en algún momento nos impacientamos, no hay que
desanimarnos, sino mas bien volvamos a mirar el rostro de Cristo con humildad,
la paz vendrá al momento.
El esfuerzo debe ser constante, nada se logra
de la noche a la mañana. Los grandes proyectos se llevan a cabo a fuerza de
paciencia y de tiempo. Lo que un día crece, al siguiente perece. Dios siempre
estará con nosotros.
La convivencia familiar es el lugar donde se
requiere más virtud y perpetua mortificación. Vale más la paz que una fortuna.
Lo que se pueda hacer con cariño debemos procurarlo; lo que sea ocasión de
disputas, mejor evitarlo. Debemos hacer el bien, aunque sea sin el menor gusto.
Ciertamente, aunque es casi imposible conservar
este equilibrio en la vida, tenemos al menos que procurarlo. Es preciso, ante
todo, cambiar de humor haciendo lo contrario, humillándonos ante el Espíritu
Santo, pidiéndole su auxilio, o impidiendo al menos que se escape la pasión por
la lengua.
Conservar el equilibrio no es sencillo,
fallaremos muchas veces, pero siempre hay que reintentarlo con humildad y
perseverancia, evitando las ocasiones en la que la turbación nos impida
controlar la variedad de nuestros estados de ánimo.
Así como las abejas huyen de los lugares donde
hay ruido o gritos; el Espíritu Santo no entra en una casa donde hay
discusiones, reprensiones, gritos y altercados.
Las tentaciones son muy provechosas para
ejercitar nuestra voluntad, pero no es únicamente de una cuestión de la propia
voluntad, sino de la participación de la gracia de Dios.
La tentación turba el corazón, pero nunca podrá
derribarlo si se está en gracia y decidido, siempre vigilante y desconfiado de
nosotros mismos. Humillémonos sin asombrarnos de nuestra bajeza.
A veces creemos que los hemos logrado vencer
todas nuestras debilidades, pero no es así. Recordemos a Salomón, el hombre más
sabio del mundo, estaba tan seguro de su virtud y tan confiado de su vida
pasada, que cuando menos lo esperaba, le sorprendió el enemigo, como suele
ocurrir a menudo.
Los
enemigos que creemos que están vencidos, cuando menos se espera pueden
sorprendernos por las rendijas de nuestra debilidad. Nunca nos sintamos
completamente seguros si es que no estamos ante el amparo de la gracia.
Nunca debemos dudar en apoyarnos en Dios cuando
tengamos dificultades para librarnos del pecado, o cuando en las ocasiones y
tentaciones desconfiemos de poder resistirlas.
1.
¿Alguna
vez te has sentido cansado de caer en el mismo defecto que te hace caer en
pecado?
2.
¿En
qué circunstancia te es más difícil tener más paciencia?
3.
¿Qué
crees que deberíamos hacer para tener más equilibro y ser mas dulce con nuestro
prójimo?
Bibliografía
En las fuentes de la Alegría
San Francisco de Sales
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