LA CULTURA WOKE, ¿POR QUÉ DEBERÍA IMPORTARNOS?

 LA CULTURA WOKE, ¿POR QUÉ DEBERÍA IMPORTARNOS?

Universidad de Navarra

Castellanos D., Gil A., Organero C., Pleite de Jesús M., Requejo B.

INTRODUCCIÓN

 La Declaración Universal de los Derechos Humanos marcó un hito en la historia de la humanidad. En el Artículo 19 queda recogido el derecho a la libertad de expresión: Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión. (art. XIX DUDH).

2. LA CULTURA WOKE, UNA NUEVA CULTURA

La cultura woke es una ideología reciente que critica un sistema que, a su parecer, otorga una serie de privilegios a las personas por el mero hecho de ser blancas (“privilegio blanco”) y al mismo tiempo discrimina al resto de las minorías raciales. Para justificar este pensamiento, aluden a la historia de la humanidad, especialmente a la esclavitud estadounidense. Defienden la idea de que hemos de mantenernos despiertos (de ahí el término woke) para poder hacer frente a las injusticias.

2.2 Características y objetivos del pensamiento woke

El neomarxismo cultural es el sustrato teórico sobre el que se fundamenta la cultura woke. Se podría definir como: “el principio del seguimiento de las nociones y pensamientos de Karl Marx, apartándolo del aspecto económico para enfocarse en los aspectos psicológicos, sociológicos y culturales” (Rincon, 2021). Es decir, se reemplaza la lucha entre clases por la lucha entre minorías culturales. El objetivo de esta cultura es la transformación de la sociedad.

Se persigue una visión catártica de la realidad en la que hayan sido erradicadas todas las desigualdades. Buscan el paso de una sociedad opresiva a una inclusiva en la que todos, independientemente de su sexo, raza, identidad sexual, tengan igualdad de derechos. Para alcanzarlo, consideran lícito censurar al sector privilegiado de la sociedad. Así surge una nueva cultura asociada a esta, la denominada “cultura de la cancelación”.

Es tal la implantación de esta cultura que ha habido personas que han perdido su trabajo al ser considerada homófoba o racista, sin posibilidad de defenderse. Una característica principal de esta cultura es el simbolismo. De hecho, en palabras de David Brooks, periodista especializado en política, “a estos activistas se les da mejor producir eslóganes (“defund the police”) y gestos simbólicos (hincar la rodilla como protesta) que presentar medidas de mejora concretas” (Brooks, 2020). Tanto es así, que, para evitar confusiones, a menudo invalidan símbolos que no siguen los patrones de sus principios, por ejemplo, en EEUU se ha derribado por cuestiones antirracistas la estatua de Cristóbal Colón. De hecho, el espacio donde mejor se mueven es en el de los símbolos  culturales (el lenguaje, las estatuas, los nombres…).

Se pretende que estos símbolos vayan calando poco a poco y por ello los propagan por todos los medios de comunicación, en especial por las redes sociales.

2. 3 Las redes sociales, un factor determinante

Resulta evidente que la cultura woke no se habría extendido con tanta rapidez si hubiera nacido en otro momento histórico.

Hay ciertas características de la sociedad actual que han favorecido su crecimiento exponencial, y de entre ellas, destaca el poder de las redes sociales. Estas han aumentado enormemente la influencia de la opinión pública: todo el mundo puede opinar sobre cualquier tema de forma anónima, generando un gran impacto y una gran polarización. Cada vez con más frecuencia, nos encontramos con casos de la “humillación online” que consiste en hacer uso de plataformas como Instagram, Twitter o TikTok para criticar a una persona y ponerla en el punto de mira. Esto puede tener graves consecuencias, ya que puede inducir a la gente a pensar de alguien de una forma determinada, sin que esta esté fundamentada en algo sólido. Además, como tienden a mostrarnos opiniones afines a las nuestras, las redes sociales alimentan el fenómeno de la polarización, mediante el cual dos opiniones adoptan posturas radicalmente opuestas.

El problema de las redes es que uno puede sentirse libre participando en diferentes temáticas, pero la red funciona de una manera colectiva, como una red de masas, descontextualizando el discurso y tomando las opiniones como cifras que se van sumando a una causa o sobre un objetivo.

Después se hace imposible la rectificación del que participa o la defensa ante la masa del que es interpelado en las redes. En resumen, las redes sociales han provocado un cambio cultural que ha resultado ser el caldo de cultivo idóneo para la cultura wok.

3. ¿POR QUÉ DEBERÍA IMPORTARNOS?

En este contexto, una de las razones por las que debe importarnos la cultura woke es su omnipresencia. Podemos encontrar manifestaciones de esta en prácticamente todos los ámbitos de la sociedad, tanto en el mundo de la empresa y de la publicidad, como en el mundo de la cultura. En la empresa, se da un fenómeno conocido como el capitalismo woke.

Se trata de una estrategia que siguen algunas empresas para llegar a los jóvenes sin necesidad de cambiar su modelo de negocio, a través de gestos y símbolos como slogans, logos, o patrocinadores que representan a algunas minorías culturales. Hay muchas empresas que emplean esta táctica.

Dentro de la cultura, observamos que se manifiesta en las redes sociales (utilizando el simbolismo previamente mencionado); en el mundo de la universidad, en el que una persona, al ser tachada como homófoba o racista, no solo pierde el trabajo sino que se sume en un hoyo de humillación pública del que solo se puede salir con un acto que enmiende la ofensa; y en el entretenimiento: cada vez son más las series cuya trama se basa en cómo alguien perteneciente a una minoría oprimida consigue superar las dificultades, “ir a contracorriente” y ser feliz, a pesar de la sociedad opresiva en la que vive.

3.1 En el ámbito de la comunicación: de la censura a la cultura de la cancelación

El fenómeno de lo que hoy en día llamamos “cultura de la cancelación” es  una forma de disfrazar lo que siempre ha sido conocido como censura, es decir, una forma de omitir o variar un planteamiento que no se ajuste a lo socialmente aceptado.

El término se remonta a la época romana, donde ya existía la figura del censor que se encargaba de actualizar y publicar periódicamente el census, con la capacidad de eliminar del mismo a aquellos que hubieran cometido un crimen, delito de traición o tuvieran una conducta dañina para la sociedad, de lo que se puede concluir que es el Estado quien decide lo que mostrar al pueblo y lo que este puede recibir.

Con el paso de los siglos, podemos presenciar cómo la censura abarca diversos ámbitos, no sólo lo estrictamente político, ya que “en la mayoría de las sociedades, especialmente en las sociedades occidentales modernas, incluso en las más liberales, las fuerzas políticas tienden a coordinar la vida pública, también en los ámbitos aparentemente no políticos (lengua, matrimonio, religión, etc.)” (J. Lambert en M. Iglesias Santos 1999:260). De esta manera, en toda sociedad, ya sea más o menos desarrollada, a lo largo de los años numerosas instituciones se han ido pasando el relevo para difundir y ajustar el lenguaje al contexto en el que se vive, generando así un pensamiento único. Y al igual que la sociedad, las formas de censura han ido evolucionando con el tiempo, adecuándose a las circunstancias del momento y a los propios medios de comunicación.

Gracias a Internet se tiene acceso instantáneo a gran cantidad de información, la censura, que “es 11 ante todo eficaz cuando logra invisibilizarse a los ojos de la mayoría” (Kern et al., 2017), adquiere la forma del discurso políticamente correcto.

Se podría establecer como definición operativa de lenguaje políticamente correcto la de “aquel tipo de lenguaje que, consciente o inconscientemente, es usado por un grupo social determinado en función de qué términos son percibidos como los que reflejan mejor las creencias del grupo de que se trate” (Chamizo Domínguez & Reutner, 2018).

Como tal, el término “corrección política” fue utilizado por primera vez por los miembros del maoísmo para referirse al estricto cumplimiento de sus principios. Todo aquello que entraba dentro de su doctrina era políticamente correcto, y todo lo que se alejara de esta, desviacionismo o revisionismo (Hughes, 2009).

Este concepto nació y se popularizó en los EEUU durante la década de los ochenta, principalmente en el ámbito universitario, haciendo referencia a una postura ideológica progresista, que defendía ante todo una actitud de tolerancia, sensibilidad y respeto. En la difusión de este fenómeno tuvieron especial importancia los medios de comunicación, y en concreto, la televisión: frecuentemente, se abría el debate relatando los casos de racismo o sexismo.

Esta nueva cultura propone la creación de un “léxico reformado no discriminatorio”, ya que por definición el objetivo de la corrección política es rebautizar ciertas realidades cuyo nombre original se ha visto cargado de connotaciones discriminatorias (Hughes, 2009). En definitiva, “la tendencia es siempre a utilizar un vocabulario neutro, impersonal, "desinfectado", carente de elementos expresivos y de las posibles connotaciones negativas que los términos tradicionales han ido adquiriendo con el uso” (Hughes, 2009).

En la evolución de este fenómeno nos encontramos cómo, paradójicamente, una corriente que se presentaba como defensora de la tolerancia se ha convertido por su propia radicalidad, en un movimiento intimidador, que anula toda opinión distinta a la suya (Hughes, 2009). Su manifestación más reciente es la cultura de la cancelación, “una práctica popular que consiste en retirar el apoyo a personajes públicos y compañías tras haber hecho o dicho algo considerado objetable u ofensivo” (Lemoine, 2020), que se apoya en la corrección política sin tener en cuenta los contextos o las épocas, amparándose en un lenguaje ideológico.

Se puede decir que la cultura de la cancelación se asienta sobre una flaqueza deontológica que, al nacer en un contexto de revolución tecnológica, se da con mayor fuerza en las redes sociales. De ahí que se tienda por ejemplo a omitir información, a crear falsas noticias, a boicotear cualquier comentario sospechoso en diferentes plataformas.

Cualquiera (incluso famosos) que publique material susceptible de “incitar” al odio, resentimiento y que sea calificado como intolerante será rechazado por esta cultura. Paradójicamente, el “cancelador” se ampara en la democracia y la libertad de expresión.

3.2 La generación Z

Se conoce como generación Z a las personas nacidas entre 1994 y 2010. De entre sus muchas características, se les denomina “guerreros de la justicia social”, ya que poseen fuertes emociones que los impulsan a involucrarse totalmente en campañas importantes, a las que contribuyen expresando solidaridad hacia causas necesitadas y luchando contra las situaciones injustas, todo gracias al poder de las redes sociales (Lukianoff & Haidt, 2015).

La generación del Baby Boom (1946- 1964) y la generación X (1965-1981) se convirtieron en unas generaciones más protectoras que sus predecesoras, debido al aumento de crímenes y peligros a los que podían enfrentarse sus hijos. Luego, la generación de los Millennials (1981- 1994) recibió de sus padres la idea de que el mundo era un lugar peligroso del que había que protegerse, al mismo tiempo que crecían en una sociedad que comenzaba a estar fuertemente politizada. Por todo ello, la Generación Z (1994-2010), se caracteriza por buscar desesperadamente la protección y es más hostil hacia ideologías contrarias

3.3 Hipersensibilidad

Cada vez son más los estudiantes que reclaman “advertencias de contenido” acerca de cualquier tipo de material que pueda herir la sensibilidad de ciertos colectivos.

Hoy, al generar argumentos para las conclusiones o ideas que queremos defender, si el interlocutor experimenta algo como desagradable, es fácil argumentar que podría traumatizar a otras personas, lo que fomenta la creación de una atmósfera en la que se cree que hay algo dañino en la mera discusión de “materias sensibles” como pueden ser diferentes aspectos de la historia (Lukianoff & Haidt, 2015).

Otra característica de esta generación es el predominio del “razonamiento emocional”, un tipo de razonamiento en el que se entiende que nuestras emociones negativas necesariamente reflejan nuestra realidad (Lukianoff & Haidt, 2015). El problema de dicho razonamiento es que de tiende a desterrar los planteamientos objetivos eliminando el razonamiento crítico, dando prioridad a lo subjetivo. Reconocer que el punto de vista ajeno puede ser veraz y lógico es considerado “traición”, pues cuestionar la credibilidad, sinceridad o estado emocional de aquel que se ha visto ofendido resulta inconcebible (Lukianoff & Haidt, 2015).

Por otro lado, nos encontramos con el crecimiento de las denuncias de las llamadas “microagresiones”. El término se originó en los años setenta en relación con el racismo, pero en los últimos años se ha extendido a todo aquello que pueda ser considerado discriminatorio. Por ejemplo, un grupo de estudiantes de UCLA se enfrentó a su profesor, Val Rust, acusándolo de racismo. El motivo fue que había corregido a un alumno que había escrito la palabra indigenous con “i” mayúscula, lo que había sido considerado un insulto al estudiante y su ideología. (Lukianoff & Haidt, 2015). Asimismo, un estudiante llamado Omar Mahmood escribió una columna satirizando la tendencia que había en el campus a percibir microagresiones en prácticamente todo. Como consecuencia, no solo fue despedido del periódico en el que trabajaba, sino además física y verbalmente agredido por sus compañeros. Es decir, cuando tu discurso es percibido como una forma de violencia, eso justifica una respuesta violenta. (Lukianoff & Haidt, 2015). En definitiva, se trata de buscar el bienestar emocional a toda costa, tratando de proteger al individuo de cualquier daño psicológico.

Las universidades se convierten por tanto en “espacios seguros” donde las ideas y las palabras que puedan resultar ofensivas o incómodas son suprimidas.  Esta nueva concepción de la sociedad, no está preparando a los jóvenes para la realidad a la que tendrán que hacer frente. El mercado laboral, y la vida en sí misma que requiere un compromiso intelectual tanto hacia personas como a las ideas contrarias a las propias que puedan ser consideradas erróneas (Lukianoff & Haidt, 2015).

PREGUNTAS DE REFLEXION

¿Puedes definir en pocas palabras que se entiende cultura woke?

2.       En nuestro país ¿has visto expresiones de la cultura woke?

3.       ¿Puede influenciar de alguna manera en nuestras creencias religiosas?

4.       ¿Qué podemos hacer para hacer frente a esta forma de pensamiento?

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Las monjas anglicanas que se hicieron católicas: la inspiradora perseverancia de 12 mujeres

 Las monjas anglicanas que se hicieron católicas: la inspiradora perseverancia de 12 mujeres Fuente: Religion en Libertad . Percibían que la...