¿ES FUNDAMENTAL DAR LIMOSNA A LOS POBRES?
Extraído del Libro: “Bajo el puente” de José Manuel Horcajo
Extraído del Libro: “Bajo el puente” de José Manuel Horcajo
A los hombres nos gusta más «hacer» que «amar». Porque se controla mejor, porque se ven los efectos externos, porque nos sentimos orgullosos y poderosos. La técnica domina, ya que implica control y nos hace todopoderosos.
El amor nos hace vulnerables, nos expone y nos convierte en niños. La gran tentación es pensar que lo que cambia el mundo es la eficacia, el poder y, sin embargo, Jesús nos ha prometido que será el amor lo que transforme el mundo. Así se puede entender la insistencia del papa Francisco en proponer el capítulo 25 de Mateo como el centro del evangelio de Jesús. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40). Porque la visión de Cristo va más allá de las propuestas humanas.
La visión de Cristo llega a lo íntimo del espíritu de cada uno. Por eso su propuesta es universal —católica— porque comprende la profundidad del hombre. La visión técnica o de justicia solamente contempla las condiciones materiales y temporales, pero nunca las auténticamente humanas.
Solo Cristo revela al hombre lo que es el ser humano. Y ver en los pobres al mismo Cristo, tal como nos propone el evangelio, es necesario para poder atenderles, para darles una respuesta integral, total, y no reducirles a un problema social o laboral.
Con esto no queremos decir que hay que omitir o despreciar las ayudas sociales y formativas. Al contrario, estas ayudas encuentran su verdadero sentido y grandeza desde la visión de la caridad de Cristo. Hay que dar el pez, la caña y… al Pescador de hombres. Así lo hacía Jesús con los pobres apóstoles, cuando se pasaban la noche sin pescar nada: les enseñaba dónde pescar, les preparaba el almuerzo con un pez asado y les daba su amistad para convertirles en pescadores de hombres (cfr. Jn 21, 1-17).
Precisamente, desde la caridad, como amistad con los pobres, se pueden construir la responsabilidad y el autodominio para realizar completamente su dignidad. A veces podemos pensar que no hay que ayudar a algunas personas por ser irresponsables, o por no tener la capacidad de guiar su propia vida. Pero sería un error porque sería poner como condición de la ayuda el que fueran buenos.
En ocasiones los pobres son egoístas e irresponsables, pero por eso precisamente hay que ayudarles, para salir de esa miseria del corazón. La caridad corrige esa ruptura interna, liberando al hombre de su egoísmo, de su postración interna, de su picaresca.
Si una persona me engaña cuando pide ayuda económica, no puedo darle lo que me pide —dinero—, sino lo que necesita: amor. Es el amor de Cristo el que transforma al pecador «mentiroso» en responsable «sincero».
El objetivo de la Iglesia no puede ser acabar con la pobreza. Ya dijo Jesús que siempre tendríamos con nosotros a los pobres (cfr. Mt 26, 11), sino acompañar a los pobres para hacerles sinceros, responsables, buenos y santos.

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