45 años del atentado contra Juan Pablo II, una de las historias de perdón y redención más grandes del siglo XX
El Papa polaco atribuyó su salvación a la Virgen de Fátima, convicción que León XIV ha reafirmado hoy. El terrorista fue visitado, perdonado e indultado gracias al Santo Padre, y en 2009 abandonó el islam para convertirse al catolicismo
Se cumplen 45 años del intento de asesinato contra el papa Juan Pablo II en la Plaza de San Pedro del Vaticano por parte de Mehmet Ali Ağca. Aquel miércoles 13 de mayo de 1981 —celebración de la Virgen de Fátima—, el sol de la primavera caía sobre Roma con una serenidad que no presagiaba que, ese día y en ese lugar, se iba a registrar un estruendoso pliegue de la historia. A las 17:17 horas, mientras el papamóvil —abierto— serpenteaba entre la habitual multitud de fieles, una ráfaga de pólvora detuvo el tiempo en seco. Las imágenes retrotraían inevitablemente al asesinato de John Fitzgerald Kennedy en 1963: cuatro disparos de una pistola semiautomática Browning Hi-Power y calibre de 9 milímetros rasgaron el aire, hiriendo gravemente al Pontífice en la mano, el brazo y el abdomen. El terrorista fue capturado inmediatamente por el jefe de la seguridad vaticana y varios testigos, entre ellos una heroica monja, e identificado como Mehmet Ali Ağca, un joven turco de 23 años.
Las escenas posteriores resultaron en una mezcla de caos litúrgico y emergencias sanitarias. Juan Pablo II perdió casi el 75 % de su sangre y sufrió un shock por desangramiento debido a una perforación intestinal, teniendo que ser intervenido de urgencia en el Policlínico Gemelli. Mientras el mundo entero contenía el aliento durante las interminables seis horas de operación, el Santo Padre atribuía su supervivencia a una mano invisible: «Una mano disparó y otra guió la bala», diría más tarde, vinculando este trance vital a la intercesión de Nuestra Señora de Fátima en relación con el tercer misterio revelado a los pastorcillos, el del «obispo de blanco». Con ocasión de uno de los primeros aniversarios del atentado, el Papa polaco hizo engarzar una de las balas en la corona de la Virgen de Fátima en Portugal.
León XIV, en su audiencia general de esta mañana, ha hecho una importante referencia al atentado: «Hoy recordamos la memoria de la Virgen de Fátima. En este día hace 45 años se atentó contra la vida del papa Juan Pablo II y por esta razón he dedicado mi catequesis de hoy a la Virgen María», ha explicado. Antes de la audiencia, el Pontífice se ha acercado a la placa colocada en la plaza que lleva el escudo de san Juan Pablo II y que indica el punto exacto donde recibió las tres balas. Allí, ha permanecido algunos minutos en oración y después se ha arrodillado para tocar el suelo.
Las razones de Ağca para atentar contra Juan Pablo II han sido un caleidoscopio de contradicciones durante décadas. Miembro del grupo paramilitar de extrema derecha turco Lobos Grises, ya había asesinado previamente al director de un periódico en su país, si bien las teorías sobre la autoría intelectual del magnicidio han oscilado entre la «pista búlgara» —presuntamente orquestada por el KGB— y las confesiones más recientes del terrorista, quien señaló directa y expresamente al ayatolá Jomeini. A lo largo de los años, Ağca nunca ha revelado una motivación clara y coherente, cambiando sus declaraciones múltiples veces a lo largo de los años, lo que lo llevó a ser llamado «el hombre de las cien verdades». La justicia italiana nunca pudo establecer una prueba definitiva de estas conspiraciones y el acusado fue condenado a cadena perpetua.
Para los católicos, sin embargo, el clímax de esta historia no sucedió en la Plaza de San Pedro ni en la mesa de operaciones del Gemelli, sino dos años después, en la prisión de Rebibbia, que acogía al agresor. En diciembre de 1983, el Santo Padre visitó al terrorista en su celda y, en una imagen que dio la vuelta al mundo, se inclinó para conversar en privado con el hombre que había intentado quitarle la vida. Con anterioridad, y apenas recobrada la conciencia tras el atentado, el Pontífice había instado a los fieles a «rezar por mi hermano (Ağca), al cual he perdonado sinceramente». Esta misericordia, otorgada antes de que el sicario hubiera dado muestra alguna de arrepentimiento, sentó las bases de lo que sería uno de los encuentros más simbólicos de todo el siglo XX. Aquel gesto no fue solo un acto de piedad personal, sino una lección magistral de perdón evangélico: pese a que la justicia humana seguía su curso —el terrorista cumpliría casi 29 años de cárcel—, la reconciliación en espíritu había librado al preso de su carga. Durante su estancia en prisión, de hecho, su relación con el Papa se transformó en amistad epistolar, y Ağca llegó a declarar que Juan Pablo II era su «hermano espiritual».
Durante aquel diálogo privado, cuya fecha exacta —el 27 de diciembre— Ağca recordaría décadas después al visitar la tumba del santo, se produjo un gesto de una potencia litúrgica inesperada: el asesino profesional, el hombre que había disparado a sangre fría en la Plaza de San Pedro, terminó besando el anillo del Papa. Según han detallado las crónicas, Ağca, perplejo por la supervivencia de su víctima, le preguntó cómo había logrado salvarse, a lo que Juan Pablo II respondió con su convicción en la intercesión de la Virgen de Fátima. Aquella visita no fue un evento aislado, pues el Papa mantuvo contacto con la familia de su agresor, conociendo a su madre en 1987 y a su hermano diez años después, consolidando una relación de fraternidad espiritual que el propio turco reconocería tras la muerte del Papa polaco.
En el año 2000, Juan Pablo II solicitó formalmente el indulto para su agresor y el presidente de la República Italiana, Carlo Azeglio Ciampi, concedería la medida de gracia a Mehmet Ali Ağca atendiendo a la petición expresa del Pontífice. Tras recibir el indulto en Italia por el intento de magnicidio, el preso fue extraditado a Turquía, donde tuvo que seguir en prisión, cumpliendo condena por otros crímenes cometidos anteriormente, como el asesinato del periodista Abdi İpekçi o el robo de un taxi.
Como no podía ser de otra manera, el camino espiritual de Mehmet Ali Ağca transita por una vereda ambigua y tortuosa, y es que, en 2009, a través de cartas enviadas desde su reclusión en Turquía, proclamó su conversión al catolicismo y su renuncia al islam. A pesar de este anuncio, un cierto escepticismo ha marcado la recepción de su fe, tanto por parte de las autoridades eclesiásticas como de su propio entorno legal, debido a su historial de inestabilidad mental. Aun así, la imagen del sicario depositando rosas blancas en la tumba de su «hermano espiritual» en 2014 permanece como el epílogo luminoso de toda esta historia.
Hoy, 45 años después, Mehmet Ali Ağca permanece como un testigo vivo de una época de ideologías criminales, mientras que san Juan Pablo II ha pasado a los altares. Más allá de las intrigas de la Guerra Fría que rodearon los disparos, el legado que perdura en esta efeméride es el de aquel «obispo de blanco» que, tras mirar a la muerte a los ojos, decidió que la respuesta más contundente al odio no era el castigo, sino la misericordia.
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