¿Sabes quién fue el primer santo canonizado por un papa?

 

¿Sabes quién fue el primer santo canonizado por un papa?

Fuente: Aletia
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Cuando el Papa Juan XV canonizó a Ulrico, éste se convirtió en el primer santo canonizado directamente por un papa

San Ulrico fue un príncipe-obispo de Augsburgo del siglo X en el Sacro Imperio Romano Germánico que se distingue por ser el primer santo canonizado por un papa. ¿Cómo fue esto?

San Ulrico, príncipe y obispo

Al igual que muchos santos, Ulrico llevó una vida ejemplar dedicada a la caridad. Pero su caso es verdaderamente especial en la historia católica: cuando el papa Juan XV lo canonizó el 4 de julio de 993, se convirtió en el primer santo canonizado directamente por un papa, en lugar de a través de la veneración local. 

Esto supuso un cambio fundamental en la forma en que la Iglesia abordaba la santidad. Al fin y al cabo, durante casi 1.000 años "la Santa Sede apenas intervino, o no lo hizo en absoluto, en la canonización de nuevos santos".

En los primeros siglos del cristianismo, los fieles conmemoraban a un santo a nivel local sin apenas supervisión, si es que había alguna, por parte de la jerarquía eclesiástica. A estos primeros santos se les conmemoraba en sus días festivos, que solían coincidir con la fecha de su martirio (en aquella época, prácticamente todos los santos morían de forma violenta). 

La canonización de un santo podía implicar la exhumación de los restos y las reliquias del lugar de enterramiento original y su traslado a la iglesia local. O bien, la gente podía decorar el lugar de enterramiento o peregrinar al lugar del martirio. 

Santos que no fueron mártires

A principios de la Edad Media, surgieron santos que no eran mártires, sino que habían dejado un legado de santidad a través de sus vidas, a pesar de haber tenido una muerte relativamente pacífica.

Durante la Edad Media, los obispos locales comenzaron a desempeñar un papel más activo en la canonización de los santos. Algunos de estos santos mantuvieron un carácter muy local, mientras que la veneración de otros se extendió por múltiples localidades. Y algunos santos lograron difundirse por toda la cristiandad. 

A medida que el primer milenio cristiano llegaba a su fin, las autoridades eclesiásticas comenzaron a considerar que debía haber una mayor regulación que dictara quién podía ser declarado santo y cómo conmemorar su santidad.

Incluso después de que tuviera lugar la primera canonización oficial, la de San Ulrico en el año 993, se siguieron proclamando santos a nivel local durante casi otros dos siglos. 

Pero a finales del siglo XII, el papa Alejandro III reprendió a los obispos por haber canonizado a personas que él consideraba indignas. Y en el año 1170, declaró que solo los papas podían designar nuevos santos. 

En los años siguientes se establecieron unas directrices sobre cómo determinar la idoneidad de un candidato para la santidad.

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Se estructura la beatificación y la canonización

La aparición de las beatificaciones en los siglos XVI y XVII aportó una mayor estructura al proceso de canonización. No podía haber canonización sin una beatificación previa, y solo el pontífice podía decidir a quién beatificar y canonizar. 

El proceso de canonización se convirtió en un asunto sumamente complejo —algunos dirían incluso agotador— que podía prolongarse durante siglos sin llegar a buen puerto. Incluso hoy en día, varios beatos permanecen en su estado de beatitud desde hace cientos de años sin haber alcanzado la santidad mediante la canonización. 

[Es importante señalar aquí que la canonización simplemente reconoce que una persona está en el cielo. Todos los que están en el cielo, estén o no canonizados, son santos. A veces, esta designación se indica con una S mayúscula para referirse a los santos canonizados.]

La parte más conocida del proceso es probablemente la del "abogado del diablo" (hoy conocido como "promotor de la fe"), cuya función consiste en llevar a cabo un examen exhaustivo y crítico de cada candidato. El objetivo aquí no es la negatividad por sí misma. Se trata, más bien, de proteger a la Iglesia.

Al fin y al cabo, las canonizaciones son infalibles. No existe un proceso de descanonización. Por lo tanto, si se canoniza a alguien, hay que asegurarse de que no surjan posteriormente detalles que demuestren que esa persona no es apta para la santidad. 

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