LA CONVERSIÓN DE GEOVANIS - primera parte . (testimonio de un hecho real)
Del Libro: "Al cruzar el puente" de Manuel Horcajo
Nació en Guantánamo, Cuba, pero a los seis años de edad su
madre se mudó a La Habana llevando consigo a sus dos hijos: Geovanis y su
hermana menor. En La Habana vivían los tres, metidos en un cuchitril de unos
pocos metros cuadrados, en un solar, que es como denominan allí a los suburbios
o despojos de la sociedad, en Nuevo Vedado, La Habana. En el solar vivían
delincuentes, expresidiarios, drogadictos, traficantes, brujos, espiritistas,
santeros y todo desperdicio de la sociedad, aunque también había personas
normales sin apenas recursos. Y en esa selva humana tuvo que abrirse paso como
pudo. Los peligros estaban al otro lado de la puerta; sin embargo, el Señor
guardó su corazón de malas costumbres y le regaló el don del estudio.
Era un chico listo y le gustaba ir a la escuela. También le
protegió el Señor con el don de la soledad y, así, sus mejores recuerdos de la
infancia eran de su soledad. No tenía ningún amigo entrañable, como le sucede a
la mayoría de las personas y, por eso, se mantenía alejado de la brujería y de
la religión en general. Por aquel entonces, ya se había hecho comunista
convencido, despreciando la religión y desconfiando de las personas creyentes.
Sin embargo, su madre le inculcó un mínimo de respeto por todos, aunque
estuviesen equivocados. De modo que no se metía en peleas ni en debates. Pero
llegó el terremoto de la adolescencia donde se busca experimentar hasta el
límite.
A los quince años se introdujo en el mundo oscuro de la
brujería que le rodeaba asfixiantemente. Estaba por todas partes: cualquier
vecino, en el colegio, en la tienda de enfrente. Empezó a aprender de ese mundo
hasta que quedó atrapado en sus redes: ritos, gallinas, navajas, mejunjes,
invocaciones, espíritus, etc. Todo bailaba macabramente ante su atónita
curiosidad juvenil.
Un día se sintió tan mal que pensaba que se iba a morir. Su madre, desesperada, fue a buscar a un brujo para que le hiciera una limpieza del mal que le atenazaba. El nigromante, un vecino suyo, preguntó si estaba bautizado. La madre lo negó porque nunca habían ido a la iglesia. Entonces el brujo explicó que no se podía hacer nada hasta que estuviera bautizado cristiano. La madre no sabía de esas cosas y le preguntó qué podían hacer porque aquello era nuevo para ellos. El hechicero se ofreció para traer un sacerdote que le bautizase. Pero eso incrementaba un poco las tasas del asunto. Le pagó. Llegó un individuo estrafalario, vestido de mil colores. El joven se negaba a ser bautizado mientras aquel tipo extravagante le echaba agua diciendo unas palabras extrañas. Todos sujetaban a Geovanis para que no se escapase. Después se procedió a la limpieza del brujo. Así pasaban los días, envuelto en engaño.
Tanto aprendió que fue iniciado en la maestría de los sortilegios. Se convirtió en brujo e incluso hacía maleficios que los hermanos más viejos no sabían hacer. Dominó esa lengua en poco tiempo —era un chico listo— y aprendió mucho de esas tinieblas. Ya era conocido en su solar como un brujo de renombre y venían a consultarle a pesar de ser muy joven. Le llamaban padrino. Aquel niño tímido y retraído ahora daba consejos y solucionaba problemas a los mayores. Así comenzó una loca carrera sin frenos por una pendiente viscosa.
Fue cogiendo más poder y practicando todos los tipos de
brujería de Cuba: santería, espiritismo, abakua y palo, que era la brujería más
fuerte y donde Geovanis era ya todo un experto. El aprendiz de brujo había
superado a sus maestros. Pero sucedía que, en vez de ser más feliz y tener más
paz, era todo lo contrario. Cuanto más conocimiento adquiría, más espíritus
vivían con él. Cuando cerraba la puerta de su cuarto en la noche para
descansar, era terrible. Cada noche veía espíritus, muertos, demonios. Un horrible
aquelarre de figuras tenebrosas se paseaba delante de su cama y se burlaba de
su miedo. Buscó la ayuda de otros hechiceros para acabar con esas visiones.
Quería comentar con su maestro brujo lo que sucedía, atajarlo, acabar con
aquello. Pero su padrino nunca tenía tiempo para él. Cuando lograba
encontrarle, estaba borracho, con su botella inseparable, con una mueca de
burla y la mirada perdida. Otros nigromantes pasaban el tiempo con mujeres y
prostitutas. Se daba cuenta de que seguía solo. A nadie le interesaban sus
problemas.
En realidad se sentía, una vez más, perdido. La brujería le dejó más solo y triste. En esta época también se hizo masón y, más tarde, maestro masón. Al no encontrar respuestas para sus inquietudes y sus terribles noches sudando de miedo, se refugió en círculos de intelectuales más preparados y con apariencia de sabiduría. Sentía su alma putrefacta y necesitaba liberación. No sabía rezar, de modo que no tenía a nadie a quien acudir. Sin dejar su vida de brujo, se metió en otro peligro más, aumentando así su dolor. Entró en la Universidad para estudiar Ingeniería Informática. Allí conoció técnicas budistas de respiración y meditación. Por medio de un libro que cayó en sus manos, iba practicando todo lo que leía. Solo, en su cuarto, se relajaba y procuraba mantener su espíritu en paz, para superar el mal que le oprimía. Al terminar el segundo año de carrera se metió a budista.
Con el budismo, felizmente, podía dormir bien y, poco a poco,
dejó de ver muertos y espíritus por las noches. Se deshizo de la brujería,
aunque no del todo. Todavía no veía que era mala, sino que era temible por las
energías muy dañinas. El budismo tiene un punto de egocentrista. A pesar de que
quiere eliminar el ego, lo hacen a través del ego. Pero aún no se daba cuenta
de eso y se sentía orgulloso de ser muy espiritual. Se había elevado a una
altura espiritual frente a lo rastrero de la brujería. Creía que había superado
todo y, por fin, había alcanzado la perfección que tanto anhelaba.
Estaba lleno de sí mismo y de soberbia. Sin embargo, fue una
época interesantísima porque aprendió sobre Yoga, New Age, Neuro Emoción, un
curso de milagros y todo tipo de teorías sobre la espiritualidad y el mundo más
allá de lo material. Esto le ayudó a desechar el materialismo que le habían
inoculado desde niño en el comunismo.
Comprendía que la vida del espíritu es la vida real del
cuerpo. Cualquier explicación del mundo humano que ignorase el espíritu era
falsa y mentirosa. En esta época igualmente seguía aprendiendo solo y seguía su
propio camino. Meditaba mucho. No encontraba a nadie con quien compartir sus
dudas, sus miedos, sus deseos. Pero la meditación le ayudaba cada vez más. En
el silencio encontraba una verdad que le guiaba.
Todavía no tenía respuestas, pero ya había algo de luz. Uno
de sus maestros budistas, no sabiendo ya qué consejos darle a este joven
inquieto, le sugirió que meditase palabras del evangelio, palabras de Jesús.
Geovanis no sabía nada del Señor, pero consiguió una pequeña biblia y buscó las
palabras del maestro Jesús. Por entonces viajó a España. Allí conoció a Mayka.
Al cabo de unos años, vivían los dos con su hija de diez años. Y, entonces,
sucedió una gran sorpresa. Llevaba ya diez años de budista.
Estaba en su cuarto, sentado a la manera budista, haciendo su
meditación habitual. La biblia abierta delante de él. Silencio en la casa…
Escuchemos su propio relato:
“Se me aparece Jesús. Yo no
interrumpo mi meditación y me quedo observándolo. Él me baña con tres luces:
blanca, roja y azul. Y me quedo con Él por largo tiempo. Y así me sucedió cada
vez más frecuente durante algún tiempo. Pero ya en ese tiempo mi meditación no
era tan regular, así que no meditaba todos los días “
En aquellos días, la familia tenía que ir regularmente a la
parroquia de San Ramón para la catequesis de su hija. Él era budista pero ya no
meditaba con budas, sino con Jesús. Cuando yo hablaba con Mayka sobre la
catequesis de su hija y le preguntaba por su novio, me decía que no quería
venir a la parroquia porque era budista. Yo me temía lo peor sobre la fe de la
niña, hija de una católica nada practicante y un budista. Menudo panorama. Así
será difícil sacar algo en claro. La niña hizo la Comunión. Aquel día, Geovanis
asistió a la ceremonia, pero nada más. Entró y salió. Todavía no conectaba al
Jesús que veía en su meditación, con Jesucristo presente en la Iglesia.
Tuvieron otra hija en 2014, pero él seguía sin poner un pie en la iglesia.
Asistió a algunas charlas necesarias para la catequesis de su
hija, pero nada más. Sorprendentemente, la hija del budista y una mujer
enfriada en la fe, seguía asistiendo a la parroquia para confirmarse. La fe
familiar se sostenía por la pequeña. En las vacaciones de agosto de 2016 fueron
invitados a pasar unos días con las otras familias de la parroquia. Mayka
insistió mucho porque a la niña le hacía mucha ilusión.
Geovanis intentó retrasar el día de partida. Al final fue
unos días más tarde porque tenía que trabajar. Pero su pequeña bebé enfermó
estando en Mataelpino y tuvieron que regresar a Madrid el mismo día que
terminaba de trabajar y que se suponía que iba a subir para estar toda la
familia unida. Todo se torcía. Así que cambia de rumbo y, en vez de salir para
Mataelpino, se dirige al hospital. Allí se encuentra toda la familia.
Finalmente, todo está bien con la bebé. Un susto más de los niños.
Todo se había complicado. Entonces dudaban si volver de nuevo
a las vacaciones familiares o quedarse en casa. Mayka llamó a la hermana María
Sara, que organizaba el encuentro. «No sabemos si subir o quedarnos en Madrid»,
le planteó. La hermana María Sara organizó un coche que pudiera recogerlos
desde la parroquia y llevarlos a la sierra de Madrid. Así, después de varias
zancadillas, partieron rumbo a las vacaciones. El demonio no había conseguido
desanimarlos. El conductor que les llevó se llamaba Ángel. Llegaron de noche,
cansados e incómodos con todo el lío.



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