LA CONVERSIÓN DE GEOVANIS - segunda parte, testimonio de un hecho real

  LA CONVERSIÓN DE GEOVANIS - segunda parte, testimonio de un hecho real

Sabía que algo había pasado, ya no podía seguir igual. Jesús me había hablado a través del sacerdote. Recuerdo la sonrisa de mi corazón y de mi rostro como si yo mismo me viera. También recuerdo que, saliendo de allí, entré en un salón y vi la manifestación de Jesús a santa Faustina Kowalska y era la misma que se me aparecía a mí, con la excepción del color azul, que a mí siempre se me aparecía y aún me sigue apareciendo. Esto termina de culminar mi entrega a Jesús. A partir de aquel instante nunca más he orado en nada que no sea Jesús y su palabra.


La Palabra que Jesús puso en boca del sacerdote fue justamente para hacerme entender el Génesis, el principio de todo lo que yo no podía creer. No podía aceptar que Dios hiciera al hombre de barro y él me lo hizo entender. Pasó el verano y Geovanis fue creciendo en su nueva fe. Se apuntó a un retiro espiritual de la parroquia. 

Yo sabía un poco de su historia. Que era budista, sin bautizar y en proceso de conversión. Durante el retiro se ponía en la primera fila en las meditaciones de la capilla. Le tenía enfrente, escuchando, con cara seria. Yo pensaba que estaba enfadado por la cara que ponía. Me decía interiormente: «Vaya, estoy perdiendo al budista». Estuvo todo el fin de semana gélido, impenetrable, con esa mirada acusadora. Me temía que en cualquier momento se levantara y me agarrase por el cuello. 

Yo desviaba la miraba para no verle. A la semana siguiente pidió hablar conmigo. Me temía lo peor. Tengo el defecto de ponerme en el peor escenario cuando alguien me pide una entrevista. Me equivoqué. Me dijo que ahora sí comprendía el cristianismo y quería bautizarse. Menudo alivio.

Se incorporó a unas catequesis de adultos. Desde entonces, su relación con Jesús ya no se limitaba a sus encuentros meditativos en la habitación de su casa. Se abría a la presencia del Señor, contemplando su acción en toda su existencia. Comenzaba a salir del ego en que le había sumido el budismo. Descubría el cuidado amoroso de Dios hasta en su precaria situación. Yo mismo fui testigo de cómo rezaba para poder salir del domicilio familiar donde las humedades hacían enfermar a su hija pequeña.

“En mi casa anterior, por ejemplo, malvivíamos porque era muy pequeña, incómoda, poco espaciosa, mal distribuida y llena de humedades. Era un bajo con puerta a la calle y allí vivíamos con nuestras dos niñas, una de doce y otra recién nacida. Y sin una entrada de dinero estable ni abundante. Estuvimos cerca de un año buscando piso y sucedió que después de mi conversión en agosto, al mes siguiente, el Señor y la Virgen María nos encontraron una casa en alquiler, cuando era imposible encontrar alquiler sin nóminas, ni movimientos bancarios que demostraran solvencia económica, ya que, efectivamente, no la teníamos. 

Y, aun así, sin tener nosotros más dinero que el necesario para pagar un alquiler de quinientos euros al mes, sin poder dar fianza ni nada, nos apareció un alquiler por gracia de la Virgen, en una casa de setenta metros cuadrados, con tres habitaciones, salón, patio y un primero, sin vecinos debajo. Allí vivimos hasta hoy con un casero muy bueno”.

En el interior de su alma, el Señor seguía trabajando con él y, de vez en cuando, le hacía regalos previos a su bautizo. Un día estaba orando en el templo. El silencio era espléndido. Su concentración le permitía acariciar la paz, hasta que, de repente, escuchó de manera audible la voz del Señor que le dice: «Hijo mío». Esa presencia viva y directa de Jesús le llevó a comprometerse junto con su pareja a vivir como hermano y hermana, hasta que se casasen. Y así lo cumplieron. La vida de Jesús llegaba hasta los detalles más íntimos, sin quedarse en la superficie.

Finalmente, el 25 de noviembre de 2017 recibió los tres sacramentos de iniciación cristiana. Vestido de blanco, con las manos juntas, rezando como un niño, se acercó a recibir a Jesús que le había rescatado de las tinieblas y le había concedido una familia en la Iglesia. Actualmente toda la familia colabora en la preparación y desarrollo del retiro espiritual de la parroquia. Él selecciona los vídeos y ofrece su testimonio. Ella adorna el comedor y junto con su hija mayor cuidan a los niños y les preparan teatros y oraciones infantiles para que también hagan su pequeño retiro. Una familia evangelizadora.


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