Las seis monjas italianas que dieron su vida ante el ébola para no dejar solos a los enfermos
Seis misioneras murieron en apenas un mes por atender enfermos que nadie más quería tocar; para la Iglesia, ya son Venerables.

Sor Dinarosa Belleri murió de ébola como misionera en el Congo en 1995, hoy es Venerable
En 1995, en un hospital de Kikwit (entonces Zaire), seis religiosas de las Hermanas Misioneras de los Pobres murieron una tras otra por cuidar a los pacientes que nadie más quería tocar. Treinta años después, el virus que las mató —el ébola Bundibugyo— ha vuelto a golpear el mismo país en verano de 2026. Roma las tiene camino de los altares.
La República Democrática del Congo lucha contra uno de los peores brotes de ébola de su historia. De nuevo, es la cepa Bundibugyo, la misma de hace treinta años. Muchos recuerdan, entre ellos el diario Avvenire, la historia de estas seis mujeres que hace veinte años dieron la vida en Kikwit haciendo exactamente lo que su fundador les había pedido: no soltarse de la mano del enfermo, "incluso en tiempos de enfermedades contagiosas".
Un virus sin nombre y seis mujeres valientes
Las seis religiosas pertenecían al Instituto Palazzolo, conocidas también como Hermanas Misioneras de los Pobres. Fundadas en 1869 en Bérgamo por san Luigi Maria Palazzolo, cuyo carisma resumía el fundador en “estar allí donde nadie más se atreve a estar”.
Sor Floralba Rondi, la pionera nacida en Pedrengo en 1924, llevaba en el Congo desde 1952: cuarenta y tres años entregados, veinticinco de ellos en Kikwit. Precisamente con ella empezó la infección en la comunidad. Como tenía conocimientos médicos, participó en una intervención quirúrgica de un enfermo que tenía una infección desconocida. A los pocos días ya presentaba síntomas de fiebre hemorrágica.

Las seis Hermanas de los Pobres que murieron de ébola en 1995 en Congo ya son reconocidas como Venerables
Cuando cayó, las demás religiosas no se movieron de su comunidad. Sor Clarangela Ghilardi, enfermera y comadrona de Trescore Balneario (1931), era "la hermana de la motocicleta" en la zona, ya que recorría Kikwit en su moto para atender partos cuando el camino se hacía imposible.
Junto a ella, sor Danielangela Sorti (Bérgamo, 1947) había llegado en 1978 sin haber elegido el camino: quería la quietud contemplativa, pero aprendió que en misiones el verdadero claustro es la habitación del enfermo. Fue ella la que cuidó de sus hermanas contagiadas.
Sor Dinarosa Belleri, nacida en Brescia en 1936, llevaba instalada en el Congo desde 1966. En cada permiso en el que viajaba a Italia, volvía cargada de medicinas y dinero para llevar hasta la misión.
Cuando supo lo que estaba pasando, sor Annelvira Ossoli (Brescia, 1936) no consultó con nadie. Era enfermera y comadrona y desde 1992 superiora provincial de toda la provincia africana del Instituto. Viajó desde Kinshasa a Kikwit sabiendo exactamente lo que se encontraría al llegar.
Lejos, en Kingasani, un barrio de la capital, sor Vitarosa Zorza (Bérgamo, 1943) estaba a salvo cuando recibió las noticias. Cantaba en lingala; la lengua del pueblo que atendía pero que había hecho suya. Podría haberse quedado pero en su lugar, viajó conscientemente hacia Kikwit, hacia el virus, como quien responde sin condiciones a una llamada que ya conocía. Sor Vitarosa dijo, al ponerse en marcha: “¿Por qué debo tener miedo? Las demás están ahí y en este momento me necesitan”. Fue la última en morir.
Solo 33 días después del primer contagio, del 25 de abril al 28 de mayo de 1995, las seis habían muerto.
Sor Floralba fue la primera, el 25 de abril. Clarangela, el 6 de mayo. Danielangela, entre el 7 y el 21. Dinarosa, entre el 21 y el 28. Annelvira y Vitarosa, ambas el 28 de mayo. El Congo declaró oficialmente el brote el 15 de mayo; la OMS lo elevó a emergencia internacional dos días después, cuando cinco de ellas ya estaban contagiadas o muertas.

Floralba Rondi, misionera de las Hermanas de los Pobres, con niños en el Congo; está en proceso de beatificación
Fieles a su vocación hasta el final
Todas las hermanas eran conscientes de los riesgos a los que se exponían y aun así eligieron ser fieles a su vocación.
Sor Vitarosa no tenía por qué ir a Kikwit; trabajaba lejos, en Kingasani, y sin embargo fue a atender a sus hermanas. Sor Annelvira, como superiora, podría haber gestionado la crisis desde Kinshasa y eligió viajar al foco del brote para acompañarlas. Cada una de ellas, al entrar en contacto con sus hermanas ya enfermas, sabía —o intuía— exactamente a qué se exponía. A pesar de ello, ninguna se echó atrás.
La Iglesia no ha querido que esta historia caiga en el olvido. El 20 de febrero de 2021 el Vaticano promulgó el decreto sobre las virtudes heroicas de sor Floralba, sor Clarangela y sor Dinarosa; el 17 de marzo del mismo año, el de sor Danielangela, sor Annelvira y sor Vitarosa. Las seis son, desde entonces, Venerables: el primer paso formal hacia una beatificación, que la postuladora general del instituto, sor Linadele Canclini, sigue impulsando.
Curiosamente, el proceso no se apoyó en la "vía de la ofrenda de la vida" que el Papa Francisco introdujo en 2017 precisamente para casos como este —morir por amor al prójimo en un acto libre y heroico—, sino en la vía clásica de las virtudes heroicas. Un detalle técnico que no le resta ni un gramo de fuerza al gesto: seis mujeres entraron por su propia voluntad en la habitación donde estaba el virus fieles a lo que su fundador decía: no soltar la mano del enfermo y estar allí donde nadie más quiere estar.
Hoy, con la misma enfermedad otra vez extendiéndose por el Congo —la peor epidemia de ébola que ha vivido el país, según las autoridades sanitarias—, el nombre de Kikwit vuelve a sonar en los boletines médicos.
Y también, aunque en voz más baja, en las capillas del Instituto Palazzolo, donde nadie ha olvidado a las seis mujeres que, hace treinta años, decidieron que el amor al enfermo pesaba más que el miedo al contagio.

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