"Haces compromisos de 3 años y puedes seguir renovándolos", explica Carmen. Desde hace año y medio su misión está en un vicariato de la selva amazónica de Perú, donde no hay carreteras, solo se puede viajar por río y la población vive muy dispersa.
"No es solo estar con Cristo crucificado, sino predicar a Cristo resucitado, ver la crudeza del mundo, mirar a los ojos ese dolor y poder transmitir un mensaje de esperanza", resume su tarea entrevistada en Obras Misionales Pontificias.
"El primer día no teníamos casa. Hay que construir una casa. La comunidad allí llevaba 13 años sin misionero: mucha alegría, pero también mucha incertidumbre. Y nos quedamos sin agua", habla de su llegada a la misión amazónica.
"Son 16 puestos de misión donde vivimos 2 o tres misioneros en cada puesto de misión, a lo largo de los tres o cuatro ríos que forman parte del vicariato. No hay presencia de nada del Estado ni de empresas". El territorio, equivalente a un tercio de España.
Algún misionero veterano les explicaba: "La situación está tan mal que con un poquito que hagas ya va a marcar la diferencia". Pero en el día a día lo más valioso es la amistad fraterna, el trato con la gente. "Ven que estás disponible, vas improvisando y confiando, intentando acoplarnos a su ritmo".
Intentan visitar cada comunidad al menos 2 veces al año, pero la gasolina para el bote es muy cara y los viajes hay que planearlos bien.
"Duermes donde te dan ellos de dormir, en su casa, comes con las familias que te reciben, a veces hacen comidas en la comunidad todos juntos. Es de las cosas que más te refuerzan la vocación misionera", explica.
"Me adapto a todo, he comido cocodrilo, mono, rata de monte, un roedor que se llama cerdo salvaje, una garza...", va enumerando.
En un lugar lleno de pobreza, pero con una naturaleza hermosa, el trato entre los hombres y con la naturaleza es una forma de acercarse a Dios y de mostrar a Jesús, explica. [duracion del video 8 min 33s]
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