Texto escogido por: Richard Jesús
En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: «ld
al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se
bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean,
les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas
nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les
hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos.»
Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se
sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas
partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los
acompañaban.
Palabra del Señor
REFLEXIÓN:
Hermanos, el evangelio de hoy nos dice que Cristo es nuestra
salvación; pero para aceptarla debemos tener fe en su palabra, en su ejemplo de
vida y sobre todo en su voluntad. Tener verdadera fe no solo significa decirlo
como si fuera parte de una actividad diaria o una exigencia de la sociedad,
sino una fe que venga de lo más profundo de nuestro corazón y que nos lleve a
cambiar nuestras vidas y desear y motivar a través de nuestro cambio a que
otros también puedan cambiar, para ello debemos difundir su palabra para todos
los que elijan encontrar esa salvación y ese camino de felicidad.
En el pasaje del evangelio de hoy Jesús se dirige a los 11 discípulos porque obviamente ya no estaba Judas y les dice que proclamen el evangelio dándoles poderes sobrenaturales, y justamente después del tiempo de Pentecostés les llega el espíritu santo a través de lenguas de fuego transformándose prácticamente cada uno de ellos para luego dirigirse a diferentes confines de la tierra a proclamar el evangelio empoderados con los dones que habían recibido del poder de Dios.
Actualmente en el tiempo que nos tocó vivir el Señor nos ha dado dones a
cada uno de nosotros según nuestra necesidad, pero creo que aún lo tenemos
dormido en nuestro interior y hoy justamente con la proclamación de este
evangelio le pedimos que despierte ese don para ejecutar lo que Dios nos pide.
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